Hace once años obtuvo Juan Manuel de Prada el Premio Biblioteca Breve con esta obra ambientada en la Francia ocupada por el Tercer Reich, la España de la posguerra civil y la Argentina peronista. Es un trabajo que, a pesar de lo que dijeran por aquel entonces algunos críticos[1], bien puede considerarse a la altura de novelas históricas posteriores del autor como han sido Me hallará la muerte y Morir bajo tu cielo. Todo comienza cuando Julio, el protagonista, descubre a la muerte de su madre que su verdadero padre fue Jules Tillon, un miembro de la Resistencia en París durante la ocupación nazi de Francia. Desde ese momento, Julio inicia una investigación por descubrir quién era ese hombre y atar los cabos sueltos de un pasado que incluso su mismo padre había olvidado por sufrir amnesia a causa de una herida que cerca estuvo de llevarlo a la tumba. En esta regresión hacia el pasado nada será lo que parece y la diferencia entre buenos y malos se hará casi inapreciable en un periodo convulso donde tal vez muy pocos no tuvieran algo que ocultar.

Si algo han tenido los periodos históricos tan convulsos como la Segunda Guerra Mundial ha sido el cambio de chaqueta en un abrir y cerrar de ojos por parte del común de los mortales. Varias veces se alude a las autoridades españolas de la posguerra en la novela, poniendo en boca de algún personaje que el régimen de Franco se había alineado con el bando perdedor. Este mismo bando también había sido aceptado, aunque fuera de forma pasiva, por buena parte de la sociedad francesa. Y al igual que los derrotados en la Guerra Civil Española no dejaban de ser españoles, tampoco los franceses colaboracionistas dejaron de ser franceses. Si algo cambió tras la primera Gran Guerra (si es que el cambio no se produjo antes) fue que los conflictos adquirieron un corte más político que territorial. Un par de ejemplos los encontramos en los rusos opositores al bolchevismo exiliados en Francia, que claramente se posicionan a favor de los invasores por su rechazo al comunismo; o, ya terminada la guerra, los alemanes demasiado implicados con el nacionalsocialismo como para continuar en Europa, marchando a la Argentina peronista previo paso por una España donde las autoridades ya no los miran con tanta simpatía. Ambos figuran en la novela como seres que no olvidan de donde vienen pero necesitan salvar su pellejo a toda costa.

Sin intención de caer en ambigüedades ni en relativismos, la línea que termina delimitando a los buenos de los malos se hace casi indistinguible y prueba de ello es que Jules, en teoría un héroe de la Resistencia que lucha por una buena causa pese a que el comunismo no sea de su agrado, termine cometiendo actos por los que no siente ningún orgullo; y no sólo durante la ocupación alemana, también después en España y en Argentina. Como es de esperar en una novela de Juan Manuel de Prada, en El séptimo velo se habla sin tapujos sobre la misericordia de Dios con los actos de los hombres y cómo hay algo por encima de estos; igual que se habla sin tapujos de que todo hombre esconde un lado que resulta preferible no conocer. Ese séptimo velo que oculta el verdadero yo, inspirado en la danza de la Salomé que pidió la cabeza de Juan el Bautista, es una constante a lo largo de la novela y su retirada puede convertir al héroe en el más repugnante de los villanos.

 

Gabriel García Hernández.

[1] Ayala, J. Ernesto, «Un folletín ingobernable», El País: http://elpais.com/diario/2007/03/17/babelia/1174092618_850215.html [17/03/2007]

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