El P. Javier Olivera es un sacerdote argentino, graduado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires como abogado. Es doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad Lateranense de Roma y doctor en Historia por la Universidad de Cuyo.

Actualmente dirige el sitio web «Que no te la cuenten», donde realiza una labor contra-cultural, en defensa, principalmente, de la verdad histórica.

 

-¿Cómo era usted cuando joven? ¿Es converso o criado en el amor a Dios y a la Patria?

Era un joven normal; criado en un gran amor a la Patria, hijo de militar y psicóloga (¡explosiva dupla!), también ellos formados en un amor a Dios, la Patria y la familia (en ese orden); segundo hijo de cinco hermanos varones (uno fallecido muy pequeño), vivimos en varias provincias de la Argentina a raíz del trabajo de mi padre, un soldado siempre preocupado por servir del mejor modo a nuestro país.

Por mi madre nos llegó la educación católica férrea; de familia de italianos exiliados aprendimos de ella a rezar, a ir a Misa y a respetar las cosas de Dios y del prójimo.

-¿Cómo descubrió su vocación sacerdotal? ¿Lo tuvo claro?

Con 17 años cumplidos terminé el colegio sin saber qué profesión estudiar; me anoté en Economía y luego de un par de meses vi que la cosa no funcionaba. Después vino Psicología y Sociología… y nada… Seguí entonces el famoso proverbio popular que dice <serás lo que debas ser, o serás abogado…» y fue así nomás que me inscribí en la facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Unas vacaciones, durante un viaje al norte de la Argentina, hicieron que me pusiera de novio con la hermana de un gran amigo: casi mi misma edad y estudiante de Derecho, congeniamos rápidamente. Nuestros gustos y quehaceres eran similares: a ambos nos encantaba la lectura, el arte y la música; hasta pudimos, con un grupo de amigos, hacer algunos viajes por Europa que despertaron nuestro interés por la Iglesia y su historia.

El tiempo fue afianzando ese noviazgo que iba creciendo día tras día hasta que, luego de tres años, nos comprometimos en una Misa privada. Estábamos en eso cuando una tarde su hermano nos dio una gran noticia: «me voy al seminario» – nos dijo.

Fue una gran alegría pero al mismo tiempo un baldazo de agua fría; entre nuestros amigos, habían algunos que ya habían abrazado la vida sacerdotal o religiosa pero la suya fue una decisión casi sorpresiva, pues acababa de conseguir su segundo título universitario.

Como para despedir a mi amigo y hermano de la que era mi novia, ambos decidimos llevarlo al seminario (más de 900 kilómetros de viaje), sin saber que con ello estábamos acelerando nuestros propios destinos. Cargamos las valijas y comenzamos a hablar de su decisión, del futuro y de lo que haría en su nueva vida.

Al llegar a la ciudad donde debíamos dejarlo, decidimos visitar un monasterio y hablar con un monje que ya conocíamos. El Cielo, las dudas, la Santa Misa y la Iglesia eran algunos de los temas que salían casi naturalmente durante la charla. De repente, entre conversación y conversación, nos encontramos preguntándonos acerca de nuestras vidas: ¿Qué haríamos cuando nos casáramos? ¿Cómo podríamos ser útiles a la Iglesia, a la Patria, a nuestras familias? ¿Era ese el estado de vida al cual Dios nos llamaba?

El monje simplemente se limitó a decir: «Ese es un problema entre Uds. y Dios; yo no puedo hacer nada». Y ahí nos dejó…

Nos despedimos y emprendimos el retorno a Buenos Aires; durante el viaje de vuelta, como quien no quiere la cosa, salió el tema de la vida religiosa y la posibilidad de que Dios llamase a alguno de nosotros. Con plena libertad consideramos la posibilidad de entregarnos por completo a Dios.

Sabíamos que parecía una locura, pero algo nos empujaba a preguntarnos, al menos, acerca de la posibilidad de ese llamado. Decidimos seguir juntos hasta que Dios dispusiera cuál fuese Su voluntad. Fueron dos años más de hermoso noviazgo pero a la vez de una larga despedida, sin embargo, Dios había custodiado dos vocaciones por medio del noviazgo; porque Él es un gran ironista…

Casi al final de la carrera universitaria, con cinco años y medio de novios, cada uno por su parte decidió entregarse por completo a Dios. Nos graduamos de abogados e ingresamos a este nuevo estado de vida, perseverando hoy, gracias a Dios, en nuestras vocaciones y manteniendo, luego de casi veinte años, una amistad hermosa, como el de un verdadero hermano con su hermana.

 

-¿Cuál fue el autor de referencia en sus años del seminario?

Uf… Varios. Pero los principales pueden ser nombrados fácilmente. En filosofía y teología: Santo Tomás, naturalmente. Luego, más cerca en el tiempo y citando sin orden preciso estaban Meinvielle, Castellani, Cornelio Fabro, Gilson; luego venían en historia o política Chesterton, Belloc, Genta, Sacheri, Alfredo Sáenz, los clásicos greco-latinos, etc…; me sería muy difícil nombrarlos a todos porque, dado mi pasado como abogado, yo llegué ya al seminario con cierta formación por lo que, en mi formación sacerdotal simplemente fui acrecentando la lectura de los mejores autores.

-¿Siguen siendo referencia hoy día en los seminarios?

Santo Tomás debería ser autor de referencia obligado, o al menos, es la norma de la Iglesia que hasta ahora no ha sido derogada, que yo sepa, pero lamentablemente, le hacen tanto caso como yo a Buda. Es decir, la formación en los seminarios, hoy por hoy (salvando las honrosas excepciones, que las hay) es completamente ecléctica. En varias casas de formación no se sigue una guía segura de pensamiento, sino una diversidad imposturas ajenas a las enseñanzas de la Iglesia.

-¿Cree que los seminarios están en decadencia? ¿Por qué?

Bueno. Habría que distinguir algo en la pregunta o, mejor dicho, podríamos preguntarnos el planteo diversamente. Una pregunta sería «¿están en decadencia los seminarios?» y otra «¿está en decadencia la institución del seminario?».

Tanto la una como la otra considero que merecen una respuesta afirmativa.

Muchos católicos desconocen que, el seminario en cuanto tal, es un invento moderno que no tiene aún quinientos años. Producto del gran Concilio de Trento, se intentó con ello frenar el avance protestante allá por el siglo XVI, buscando la férrea formación de los futuros sacerdotes a través de una institución que se tomara en serio la labor de quien debe ser alter Christus, otro Cristo, especialmente en el altar.

Y esto estaba muy bien; sin embargo si hoy por hoy muchos seminarios padecen de un mal endémico, con formación floja o decadente, con poca o nula disciplina, endeble formación espiritual y doctrinal, e incluso con problemas de moralidad seria (léase, algunos homosexuales que han entrado allí y refugiándose como un zorro en un gallinero), más vale, o bien purificar todo o, de lo contrario, dejar de armar gallineros y volver al pasado.

Castellani decía que los seminarios de su época eran semi-asnarios. Y estamos hablando de cincuenta años atrás… En lo personal, cuando oigo que un seminario malo cierra por «falta de vocaciones», yo canto un Te Deum. Más vale pocos curas pero buenos y sólidos.

Sobre la institución del seminario podría decirse mucho más; sólo planteo que, hasta Trento, los candidatos al sacerdocio se formaban en las parroquias, con otros curas, viviendo lo que, el día de mañana sería su vida, es decir, viendo cómo sería en realidad la vida de parroquial, etc. Eso al menos entre los curas seculares o diocesanos (que los religiosos es otra cosa, claro).

Obviamente, y lo repito, hay aún algunos seminarios buenos.

-¿Actualmente es sacerdote diocesano?

Con el permiso de mi obispo, he podido comenzar una experiencia de vida religiosa con otros sacerdotes (uno conocido por Uds. es el Padre Federico Highton, misionero en el Himalaya) en una pequeña e ínfima congregación religiosa que se llama San Elías. Hemos hecho votos religiosos y estamos muy contentos. Pueden ver más o menos de lo que se trata ingresando aquí[1].

Intentamos dedicarnos a dos cosas concretas: la evangelización en pueblos paganos y el trabajo de la contra-revolución cultural, todo bajo el signo de la parresía, virtud olvidada que implica decir la verdad cueste lo que cueste. Vale decir que no nos interesa ser muchos; es más, ni siquiera hacemos «propaganda».

-¿Cuáles cree que deben ser las virtudes de un buen fundador?

Ufff… La verdad es que, hablar hoy en día de «fundadores» de congregaciones religiosas me da un poco de miedo… Son tantas las malas experiencias y los malos ejemplos que hemos tenido en los últimos años (Maciel, Karadima, Buela, Marie-Dominique Philippe, etc.) eran todos «fundadores» y hasta casi considerados «santos» o «irreprochables» en vida. Y luego sabemos cómo terminó la cosa.

Las virtudes de un buen fundador deberían ser las virtudes de los fundadores santos declarados tales por la Iglesia: San Francisco, Santo Domingo, San Benito, Santa Teresa, etc.

Pero permítame que, para no evadir la respuesta, le dé una opinión: un fundador debe saber que, lo que sea que funde es un medio para que las almas lleguen al Cielo; no un fin. Cuando las congregaciones se convierten en fines en sí mismos que hay que «salvar a costa de todo», estamos en el horno y en el hegelianismo que intenta salvar el Todo…

 

-Es usted conocido en su web «Que no te la cuenten» por no tener pelos en la lengua y ser «políticamente incorrecto», ¿qué opina de esto?

Que, como decía Astérix en los comics que leía cuando era chico, «están todos majaretas». El tema es que hoy decir que dos más dos son cuatro o que una hoja de un árbol es verde en primavera, ya es políticamente incorrecto… Y en mi casa me enseñaron que no hay que tener miedo ni hay que infundir miedo, pero hay que hablar siempre con la verdad, guste o no, sea cómoda o incómoda.

-Ya que estamos en lo políticamente incorrecto, ¿qué piensa de la actual situación de la Iglesia?

Pienso con Benedicto XVI que la «primavera» postconciliar que auguraban los profetas progres del siglo XX para la Iglesia ha sido un invierno de lo más aterrador y ventoso.

Estamos en una situación calamitosa. Basta con leer los diarios para darnos cuenta incluso de las batallas internas que existen entre cardenales y cardenales, obispos y obispos, etc., etc. Entristece, pero no debe quitar el sueño pues todo esto estaba profetizado por el Señor. La cizaña y el trigo siempre han crecido en paralelo; la ciudad de Dios siempre ha tenido a okupas eclesiales dentro de ella.

Puede que alguno se preocupe por la situación, pero a mí me estimula para seguir dando el combate.

-¿Y de la Argentina?

Ups., mejor paso… Carezco de la libertad de expresión necesaria como para decir lo que quisiera. Sólo digo con mi Señor esto: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará Fe en Argentina?». Pues lo dudo…

Andamos mal…, bastante mal. Punto.

-¿Qué supuso la reciente victoria pro-vida en el Senado?

Que hay todavía un grupo de argentinos, incluso no practicantes o hasta protestantes de bien que no quieren someterse al Nuevo Orden Mundial que desean imponer los dueños de la tierra en Hispanoamérica.

Yo no creo en la democracia; en esto opino con Lenin que es meramente un instrumento para llegar al poder, por lo que, esta victoria parcial, seguramente que se va a mantener un tiempo pero, tarde o temprano, van a imponer el aborto como hay impuesto otras barbaridades (puti-monio, «educación» sexual, etc.).

-Y sobre la esperanza, ¿hay núcleos de laicos que tengan potencial para restaurar a la Argentina?

Sí, claro. Toda acción es ocasión de reacción. En mayor o en menor medida pero siempre hay reacciones. Y esto que hemos vivido en nuestro país, como en cualquier otro, ha permitido, al final de cuentas, para que el Buen Dios sacara de los males bienes, como sólo Él sabe hacer.

Hay grupos en casi todas las provincias que no quieren sujetarse a esta impostura que estamos viviendo; se están creando, poco a poco, algunos bolsones de cristiandad que serán futuros semilleros de matrimonios, sacerdotes y religiosas santos. Hay quienes han comenzado a fundar colegios con el sistema «home-schooling» en las mismas ciudades; hay quienes se han ido al campo, hay quienes se desviven para crear grupos de formación, de acción, etc. impregnados del más viril catolicismo.

¿Son muchos? No tantos, pero lo necesario como para combatir espalda con espalda.

 

-Y en España, ¿qué panorama se encuentra?

Vengo viajando a la Madre Patria desde hace veinte años. Lamentablemente encuentro que, de los países de Europa, es España la que más ha sufrido el embate de la masonería y el liberalismo; nunca se le perdonó su gesta en América. Sin embargo, en cada viaje, me encuentro siempre a más «reaccionarios» (¡cómo disfruto con esta palabra!) que siguen teniendo la piel de toro de sus antepasados.

Mientras existan esos españoles de ley, España sigue viva aunque la gobiernen los impresentables «podemitas».

-Y para terminar, ¿qué recomienda al joven católico que vive en una sociedad como ésta?

Pues que se alegre, que sepa que Lot vivió casto en Sodoma y que salió ileso él y su familia. Y que no mire para atrás porque le pasará lo de su mujer. Hoy vivimos en Sodoma y Gomorra; abandonados muchas veces por los mismos pastores que deberían cuidarnos o, más aún, azuzados por ellos. No hay que desesperar; es el mejor momento de la historia en el que podríamos haber nacido, de lo contrario, Dios nos hubiese hecho surgir en otro momento.

¿Qué hacer? Pues resumo: juntarse, agruparse, contar con amigos verdaderamente católicos y crear bolsones de cristiandad, grupos que sean eso que dijo el cardenal Cafarra poco antes de morir cuando le preguntaron cómo sobrevivir católicamente en la actualidad: «yo no veo ningún otro lugar fuera de la familia, donde la fe que hay que creer y vivir pueda ser suficientemente trasmitida. En Europa durante el colapso del Imperio Romano y durante las invasiones bárbaras posteriores, lo que hicieron los monasterios benedictinos entonces, del mismo modo puede ser hecho ahora por las familias de los que creen, en el reinado actual de una nueva barbarie espiritual (que es una) barbarie antropológica».

¡Mientras tanto, a disfrutar, pues la pelea estimula!

[1] Orden San Elías, http://sanelias.net/

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