A lo largo de la Historia, las naciones han construido su identidad en base a diferentes actores: idioma, religión, lengua, destino, objetivos comunes, etc. En este proceso la creación, consolidación y empoderamiento de los símbolos nacionales es de una importancia capital. Ahora que, por desgracia, sobre todo en nuestra nación, se pone en solfa, cuando no se hace befa y mofa, de la importancia de los símbolos nacionales (demostrando una supina ignorancia ya que esta cuestión trasciende las meras ideologías y nuestras simpatías políticas) conviene hacer una explicación de este fenómeno:

Los símbolos se crearon para articular los pueblos de las emergentes naciones en torno a un proyecto común. Trataré el proceso en cuanto al Occidente Europeo que es lo que, lógicamente, nos afecta (aunque el fenómeno también se da en China, Japón, EEUU, las repúblicas latinoamericanas, Rusia, etc.). Mucha gente supone que la bandera, el escudo, las leyendas, los mitos, el himno, etc., son una cosa apolillada, antigua y de “fachas” por simplificar. Que solo tienen un valor caduco y anticuado y que representan unas ideas igual de obsoletas (aunque en la sociedad de hoy los valores del sano patriotismo, la educación, la cortesía y el honor están desapareciendo, salvo honrosas excepciones, aunque esto ya es objeto de otro debate).

Analizando los mitos de otras naciones: «La canción de Roldan» en Francia, «el Rey Arturo» en Inglaterra, las sagas nórdicas en el mundo escandinavo…, nos damos cuenta de que todos estos mitos pueden tirarse por tierra: a Roldán podemos calificarle de un mercenario a las órdenes de un imperialista (siendo derrotado en Roncesvalles al intentar anexionarse territorios hispánicos); Artorious era un caudillo romano que vagaba con sus huestes por Britania enfrentándose a las distintas facciones bárbaras que asolaban la isla después de la retirada de la última legión romana en el 407 d.C., muy lejos de la leyenda urdida por Chretién de Troyes; y las sagas nórdicas juntan elementos legendarios con datos históricos comprobables (por poner un ejemplo, los monarcas Carlos I a VI de Suecia son personajes legendarios). Claro que para nada estos juicios afectan a la función del mito en sí: unificar, dar un pasado y una historia común a la incipiente nación y articular al pueblo entorno a una empresa colectiva que, según los vaivenes de la Historia, puede ser beneficiosa o nefasta.

En cuanto a España: El Cid Campeador; Santiago Matamoros; La Cava y el rey Don Rodrigo; y un sinfín de leyendas o mitos más, sólo pueden tener una influencia beneficiosa en la vertebración de nuestra nación (amén de su juicio histórico) dado que enriquecen y dan forma a nuestra personalidad nacional e histórica (una herramienta y un destino que, bien interpretados, dirigidos y utilizados sólo pueden ser beneficiosos a la hora de que, como pueblo, podamos lograr grandes empresas).

Ojalá nuestros políticos entiendan la importancia vital de nuestros símbolos y tradiciones para bien y no sigan en la campaña de olvido y desprestigio de los mismos. El tiempo dirá…

 

Vladimir López

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