La Filosofía, como es sabido, se dedica a estudiar lo que le rodea. Así surgió: de la observación de la realidad y de la sorpresa ante ella. Uno de los temas fundamentales con que empezó la Filosofía de mano de los presocráticos, es el problema del cambio. Y así es, a poco que observemos la realidad del mundo, constatamos que las cosas cambian, que un árbol crece, que un pájaro vuela, que un leño se consume o que el hombre muere.

Históricamente hubo dos posturas frente al problema del cambio: aquella que sostenía que todo cambia y nada permanece, cuyo representante es Heráclito, con aquel famoso «panta rei»[1]; y aquella que sostenía que todo permanece y nada cambia, el cambio es pura ilusión, cuyo representante es Parménides. Digamos que a Heráclito le podías robar y afirmar cuando te llevara a juicio que no eras el mismo que le robó, y que las monedas no son las mismas, ya que habrían cambiado ambas cosas. Y a Parménides podías robarle y cuando fueras a juicio argumentar que el cambio es pura ilusión, que él sigue poseyendo las monedas. En ambos casos saldrías absuelto. Qué sería de la Justicia si hubiesen triunfado estas teorías del cambio.

Frente a estas dos posturas hubo una tercera, la de Aristóteles, el gran maestro y padre de la Filosofía. Aristóteles sostuvo que las cosas cambian, por supuesto, pero mientras que las cosas cambian, hay algo en ellas que permanece. Sin esto, no sería posible ningún cambio en las cosas, porque no habría nada que mantuviese una unidad entre lo que era una cosa y lo que será. Por ejemplo, yo crecí desde que nací, pero sigo siendo el mismo, sigo manteniendo una unidad, una identidad en el ser. Tendré más o menos altura, más o menos barba que cuando tenía dos años, pero de lo que estamos seguros es de que soy el mismo: Felipe Orduña.

Esto lo explica Aristóteles distinguiendo tres elementos que componen al cambio: por un lado está el sujeto que cambia; por otro, el término a quo, es decir, desde donde cambia ese sujeto; y, en último lugar, el término ad quem, es decir, hacia donde cambia.

Así, dice Aristóteles, que lo que permanece en el cambio es el sujeto que cambia. Analicemos un ejemplo anterior: un árbol (sujeto que cambia), antes era semilla (término a quo), y creció (cambió) hasta ser árbol maduro (término ad quem). Así se explica el cambio, entonces, sin necesidad de afirmar que todo cambia como Heráclito, o de afirmar que nada cambia, como Parménides.

Ahora bien, el problema no se soluciona tan simplemente, sino que hay más cosas que Aristóteles observó al analizar el cambio.

En primer lugar, que sólo puede cambiar una cosa desde el término a quo hasta el término ad quem si tiene posibilidad real de hacerlo. Por ejemplo, un árbol no tiene la posibilidad real de volar, por tanto nunca cambiará de ese modo; o una piedra no tiene posibilidad real de crecer, por tanto nunca cambiará de ese modo; o un mono no tiene la posibilidad real de pensar, por tanto nunca cambiará de ese modo. En fin, sólo se puede cambiar a aquello hacia lo que se tiene posibilidad de cambiar. Es así que se introducen los conceptos de acto y de potencia. La potencia se define como la capacidad real de realizar o recibir un acto. Y acto se define como cualquier perfección de un sujeto. Entonces, con el nuevo vocabulario en mano, diremos que una semilla es un árbol en potencia, y cuando crezca será un árbol en acto. Que un pájaro es volador en potencia, y cuando vuele lo será en acto. Que un leño tiene la potencia de ser quemado, y cuando se queme, será quemado en acto.

En segundo lugar, aclarado el concepto de acto y potencia, Aristóteles descubrió que hay dos tipos de cambio. Vio que no cambiaba igual un árbol que crecía o un pájaro que volaba que un leño que se quemaba o un perro que moría. Y es que en un árbol que pasa de ser pequeño a ser grande, lo que permanece es claro que es el árbol, o en un pájaro que vuela de un árbol a otro, lo que permanece es el pájaro. Pero, ¿qué es lo que permanece cuando un leño se quema, o cuando muere un perro?

Así, distingue Aristóteles que hay un cambio accidental en el que la substancia es la que permanece, y cambia el accidente. En el árbol que crece, la substancia «árbol» permanece, y cambia la altura (accidente); en el pájaro que vuela de un árbol a otro, la substancia pájaro permanece, y cambia el lugar (accidente). Entonces, ¿qué es la substancia y el accidente? La substancia es aquello a lo que le corresponde existir en sí y no en otro. El accidente es aquello a lo que le corresponde existir en otro. Pensemos en accidentes como la altura, el color, la vestimenta… a esas cosas les compete existir en otro, es decir, no existe la altura sola, ni el color solo. El blanco y la altura no existen, existen las cosas blancas, y las cosas altas. En cambio, pensemos en las substancias, en los árboles, las piedras, los hombres… a ellos les compete existir en sí, por eso decimos que Laura existe, o que esta mesa existe, o que ese árbol existe. Y esas substancias tienen accidentes adheridos a ellas, por eso la mesa tiene una altura y color, que existen en la mesa, y lo mismo con Laura y el árbol.

De esta manera, además del cambio accidental, descubrió Aristóteles que existía un cambio substancial. Así se explica el que un leño se queme o que un perro muera. Lo que cambia ahí no son los accidentes, sino la substancia. Pero, ¿qué permanece? Algo que Aristóteles llamó «materia prima». La materia prima es el sustrato común entre el leño quemándose y la ceniza. Ante la pregunta de por qué no desaparece el leño y sin embargo se transforma en ceniza, la respuesta es porque hay una materia prima detrás, que permite que pueda haber un cambio de la substancia «leño» a la substancia «ceniza». Eso de que la materia ni se crea ni se destruye, sino que se transforma, es falso a medias. La materia se crea, pero es verdad que no se destruye y que se transforma, gracias a la materia prima. Esta es la parte más complicada de toda esta ponencia, el explicar qué es la materia prima. La materia prima se define como la potencia pura completamente indeterminada, es decir, que no te puedes encontrar materia prima por ahí, sino que es una abstracción del entendimiento, que reconoce un substrato común en todas las cosas materiales que cambian substancialmente. La materia prima unida a la forma substancial, da lugar a la materia segunda, que son las cosas que conocemos. Un árbol es materia prima con la forma substancial de árbol, que da lugar al árbol material y concreto, de madera que tocamos y vemos. Pero cuando el árbol se quema, deja la forma substancial de árbol y toma la de ceniza, pero la materia prima permanece. Esta unión entre materia prima y forma substancial es lo que se conoce como la síntesis hilemórfica (hyle es materia, morfos es forma).

Así Aristóteles hizo frente al problema del cambio de una manera tan verdadera y cierta. Entonces, es posible conocer la esencia de las cosas (porque hay algo en ellas que permanece), pero a la vez reconocer que las cosas cambian. La esencia de las cosas no es más que lo que las cosas son, la esencia responde a la pregunta «¿qué es esto?». Y aquí viene lo más interesante: por lo que hemos visto de potencia y acto, las cosas tienen potencias, y lo bueno es llevar a acto esas potencias. El fin de un ente es la actualización de esas potencias. Así los entes tienen un fin que lograr, según sus potencias. Y aquí entra el concepto fundamental para la Filosofía de la Naturaleza, la Antropología, la Ética y la Política, y es el concepto de «naturaleza». La naturaleza se define como la esencia ordenada a un fin. Quiero que os quedéis con esto para las próximas ponencias, porque estudiaremos en Antropología cuál es la naturaleza del hombre. La naturaleza es importantísima, es fundamental saber lo que las cosas son y qué fin tienen. Sin el concepto de naturaliza no descubriríamos que el hombre necesita de Dios, que es capaz de Dios (ya lo veremos).

Hasta aquí por hoy, y baste esta pobre exposición para asentar ciertos conceptos que nos serán útiles para cualquier rama de la Filosofía y de la Teología.

 

Felipe Orduña Contreras.

[1] Todo fluye.

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