La Filosofía tiene dos tipos de ramas, la teórica y la práctica. El saber práctico se fundamenta en el teórico, es la aplicación del mismo. Y ramas prácticas de la Filosofía son la Ética y la Política. Pues bien, estas dos ramas beben de la filosofía teórica, pero sobre todo de la Antropología. Partimos del conocimiento del hombre para deducir cómo debe o no debe obrar, según su naturaleza[1].

La antropología, que es el estudio del hombre, puede enfocarse de muy diversas maneras: como anatomía, estudiando su fisionomía; como psicología, estudiando su alma; y como sociología, estudiando al hombre en sociedad. Personalmente creo que la clave está en enfocarla psicológicamente, es decir, desde el análisis del alma, que es la forma substancial que se une a la materia prima para dar lugar al hombre corpóreo tal y como lo conocemos. Y creo que es la clave, porque ahí radica el fundamento de la Ética y la Política, incluso de la sociología. Esto es lo que Aristóteles y Santo Tomás entienden por antropología, una psicología filosófica. Veamos cómo se desarrolla su doctrina sobre el hombre.

Son cuatro las potencias en que se divide el alma humana. El hombre tiene una facultad cognoscitiva y una facultad apetitiva, es decir, puede conocer y querer. Ahora bien, mientras que los animales sólo pueden hacerlo de una forma, esto es, de manera sensible (conocer por los sentidos y tener deseos), el hombre, además, tiene la capacidad de hacerlo de forma intelectual (conocer por la inteligencia y querer con la voluntad). Por eso, en base a estos cuatro parámetros se formulan cuatro potencias fundamentales en el hombre, a saber: conocimiento sensible, apetito sensible, conocimiento intelectual y apetito intelectual. Dicho de otro modo, el hombre tiene sentidos, pasiones, inteligencia y voluntad. Hoy veremos sólo los dos primeros, y dejaremos los dos últimos para el día siguiente.

Hay un axioma que tenemos que tener claro antes de empezar: no se apetece nada que no se conozca primero. De ahí el refrán «ojo que no ve, corazón que no siente». Por eso trataremos primero el conocimiento sensible, y luego el apetito sensible, que sigue al anterior.

En el apetito y el conocimiento hay tres elementos en juego: el sujeto, el objeto y la acción (apetecer o conocer). Pues bien, hay que entender que en el conocimiento el objeto va al sujeto al modo del sujeto. Por ejemplo, si veo a un elefante, no me meto al elefante en el ojo, sino que la figura del elefante es captada por mi retina al modo en que mi retina capta las cosas, que es diferente al modo en que lo hace mi oído o mi gusto. Y en el caso del apetito, el sujeto va al objeto al modo del objeto. Por ejemplo, si quiero un helado, lo que quiero es al helado real, no a una imagen o sonido del helado, sino al helado mismo, tal y como es. Quedando claro esto, veamos en qué consiste eso del conocimiento sensible.

Se le llama conocimiento sensible por hacer referencia al ‘sensus’ o sentido, que es por donde el hombre conoce primero las cosas. Hay varios sentidos, más de los cinco que estudiamos en biología. En concreto, la filosofía realista los agrupa en nueve, de dos tipos: los sentidos externos y los internos.

Los sentidos externos vendrían a ser los cinco que todos conocemos: vista, tacto, gusto, olfato y oído. Cada sentido se sitúa en un órgano corporal, así la vista en los ojos, el gusto en el paladar y la lengua, el olfato en la nariz, el oído en la oreja y el tacto en todo el cuerpo. Es importante ver que los sentidos están muy anclados a lo material, pues si por los sentidos conocemos la materia, no puede ser más que por un órgano material. Tiene que haber igualdad de condición entre la potencia que conoce y lo que conoce (o el modo de conocer). Si quiero oír, no lo podré hacer por los ojos, ni ver por la nariz, ni oler por la oreja, ni entender por la lengua. Y esta igualdad entre la potencia que conoce y la cosa conocida se tiene que dar porque, de ser distintos, no habría potencia de conocer, no se podría llegar al acto de conocer porque no habría tal potencialidad. Igual que una piedra no puede volar, mi nariz no puede ver, ni mis orejas entender. A cada potencia su acto.

Los cuatro sentidos internos, por otro lado, son menos conocidos como tal. Aquí Aristóteles sitúa la imaginación, la memoria, la cogitativa/estimativa y el sensorio común. Todos estos sentidos internos, se tienden a situar en el cerebro, y no es descabellado. Veamos uno por uno:

Imaginación: Es aquel sentido por el que nos representamos sensiblemente un objeto conocido por los sentidos externos. Posibilita que conozcamos sensiblemente sin meternos los objetos, sino sólo por representación.

Memoria: Es aquel sentido por el que nos representamos sensiblemente un objeto conocido por los sentidos externos en el pasado, sabiendo situarlo espacial y temporalmente. Es la evocación de imágenes pasadas, pero evocando también las circunstancias en que esas imágenes fueron percibidas.[2]

Estimativa/Cogitativa: Es aquel sentido por el que somos capaces de estimar el beneficio o perjuicio que puede tener un objeto sobre nosotros. En un animal se da de forma irracional (estimativa), y en el hombre, bañada de inteligencia (cogitativa). V.gr: Una oveja que huye al ver un lobo.

Sensorio Común: Es aquel sentido por el que somos conscientes de que estamos sintiendo con los demás sentidos, y el que recopila, compara y unifica la información recibida. V.gr: Si alguien golpea la puerta ahora mismo, dice: «soy yo», y luego entra, mi sensorio común unifica el golpe a la puerta, la voz, y la persona que veo e identifica que son lo mismo.

Bien, hasta aquí los sentidos o el conocimiento sensible.

El apetito sensible, por otro lado, no es ya, como dijimos, que el objeto vaya al sujeto al modo del sujeto, sino que el sujeto vaya al objeto al modo del objeto. El apetito sensible tiende a las cosas que placen a los sentidos: la blandura para el tacto, la dulzura al gusto, la fragancia al olfato…

El apetito sensible incluye dentro de sí al apetito concupiscible y al apetito irascible. El primero es el deseo de las cosas en sí mismas, por el placer que me reportan (un colchón blando). El segundo es el deseo de las cosas  placenteras difíciles o arduas de conseguir (contemplar el paisaje desde la cumbre de la montaña). El apetito irascible está ordenado al concupiscible. Es decir, si deseamos un bien placentero arduo, lo deseamos primero porque es un bien placentero, no deseamos lo arduo, simplemente pasa que estamos separados por un obstáculo de ese bien placentero, y queremos superarlo, eso es lo arduo. Para el caso, hablaremos en vez de apetitos sensibles, de pasiones.

Hay que tener claro un principio más, llegado este punto, y es que hay una relación directamente proporcional entre el amor que se tiene al bien y el odio que se tiene al mal. Cuanto más ame lo bueno, más odiaré lo malo. Por ello es un indicio de que un joven anda mal si se lo ve coquetear demasiado con lo malo, con cosas perniciosas para su alma, si se ve que no las rechaza frontalmente sino que es condescendiente con ellas. Entonces hay que estar casi seguros de que ese joven no ama tanto al bien, o dicho en católico, que no ama tanto a Dios.

Las pasiones son cualquier movimiento del apetito sensitivo. Las pasiones se generan por reacción al bien placentero, que genera distintas disposiciones afectivas. O por reacción al mal. Veamos ahora las distintas pasiones generadas en el apetito concupiscible e irascible respectivamente (once pasiones).

En el apetito concupiscible, la relación que tenemos con un bien en sí es amor. Si ese bien no lo poseemos habrá deseo; si lo poseemos habrá goce o delectación. Ahora bien, la relación que tenemos con un mal en sí es odio. Si ese mal está ausente habrá aversión; si presente, dolor o tristeza. Aplicar estas pasiones al caso de que el objeto sea un helado (bien placentero), o bien el fuego (mal doloroso).

En el apetito irascible, la relación que tenemos con un bien arduo, que siempre será ausente, puede ser de esperanza (si es posible conseguirlo) o de desesperación (si es imposible). Y la relación que tenemos con un mal arduo, en caso de estar presente tendremos la cólera. En caso de estar ausente, si es posible vencerlo tendremos audacia, y si es imposible tendremos temor. Aplicar estas pasiones al caso de que el objeto sea una montaña (bien arduo), o bien una serpiente (mal arduo).

Los modernos, introducen una distinción más con respecto a las clásicas pasiones, que parece muy lícita, y es la diferenciación entre pasión, sentimiento y emoción.

Sentimiento Emoción Pasión
Alegría Euforia Entusiasmo
Tristeza Depresión Abatimiento/Amargura
Timidez Pánico Miedo
Odio Rabia/Furia Ira
Fidelidad Gratitud Lealtad

Las pasiones son estados afectivos intensos y de larga duración. En ellas se producen trasmutaciones corporales, aunque menores que en las emociones. Las pasiones se caracterizan por ocupar un puesto predominante en la persona.

Las emociones son estados afectivos intensos y de corta duración. Necesitan de un estímulo externo para aparecer, y suelen aparecer de forma brusca. Generan cambios orgánicos. Desaparecen rápidamente si desaparece el estímulo.

Los sentimientos son estados afectivos tenues y de larga duración, suelen acompañarnos toda la vida. No necesitan un estímulo externo para aparecer, al menos no un estímulo evidente y puntual, sino que se generan por una confluencia difusa de circunstancias. No producen cambios biológicos.

En sí las pasiones, emociones y sentimientos no son ni buenos ni malos[3], son simples reacciones afectivas. Ahora bien, se tornan en buenas o malas en función de si se adecúan a lo bueno o a lo malo, de si sirven o no para la perfección del hombre, y de si se adecúan o no a la realidad (hablaremos ahora de ello). En el caso de las pasiones, cuando se introduce el componente moral, se suelen llamar pasiones bajas a aquellas que no perfeccionan o santifican a la persona, y pasiones altas a aquellas que sí la perfeccionan o santifican.

Así, las pasiones (clásicas) siguen siendo reacciones afectivas, solo que los modernos distinguen los grados de intensidad y duración de esas reacciones, y las clasifican en los tres grupos antes mentados.

¿Qué es lo malo: tener pasiones o ser pasional?

Un hombre sin pasiones no es un hombre, es un ángel, (o un demonio). Por el hecho de tener cuerpo y sentidos, tenemos deseos y pasiones. Sin deseos no podríamos nutrirnos ni reproducirnos, por poner un ejemplo. El equilibrio se ha de hallar en la subordinación de las pasiones a la razón. Y ¿por qué a la razón? Tantas veces hemos oído hablar de esa subordinación y nunca nos hemos preguntado bien por qué.

Lo veremos el próximo día más en detalle, pero la respuesta, como en muchas cosas, está en la realidad. Porque hay que adecuar  las pasiones a la realidad, y la mejor conocedora de la realidad es la inteligencia, que sabe qué son las cosas, y no solo cómo son. La inteligencia puede definir la realidad, los sentidos como mucho pueden describirla. Y ¿por qué la realidad? ¿Qué importa la realidad en el tema de las pasiones? Muchísimo. Justo antes acabamos de ver que las pasiones son reacciones ante bienes o males, reacciones afectivas, derivadas de los apetitos irascible y concupiscible. Pues bien, esa reacción puede ser desmedida si no se actúa conforme a razón, conforme a la realidad. Y así sucede que podemos tenerle un temor a una cucaracha que es infundado, porque el conocimiento racional nos dice que la cucaracha es totalmente inofensiva, que no es mala, a lo sumo fea. Y así sucede también que podemos tener audacia ante tres leones que quiero cazar yo solo, y esa audacia es también infundada, salvo que yo sea el mejor cazador de leones del mundo, pues si no lo soy, de seguro me van a comer. Y para no tener pasiones infundadas, hay que conocer la realidad, y fundar las pasiones en la razón, que conoce bien la realidad.

Esa es la diferencia entre tener pasiones y ser pasional, que el que tiene pasiones las funda en la razón, y el que es pasional las tiene infundadas.

 

Tomás Vallejo Pemán.

[1] P. Martínez, Pablo, «Sobre la Ley Natural», Revista Hispánica Nº1.

[2] La Imaginación puede evocar imágenes pasadas, pero sin situarlas espacial y temporalmente. Así, por la imaginación puedo representarme una rosa, y por la memoria, representarme la rosa blanca del jardín de mi madre.

[3] Moralmente hablando, pues ontológicamente hablando son buenas, ya sea por el simple hecho de existir que constituye ya una perfección en ellas. Sobre este tema se habla, aunque no suficientemente en el escrito «Aproximación a la inteligencia y la voluntad» de Antonio Romero Guzmán, aunque ha prometido explayarse en otro artículo sobre el tema.

1 comment
  1. Muchas gracias al autor porque con su artículo tan bien ordenado y redactado he recordado con gusto y reflexionado cosas de las que ya me había olvidado. ¡Qué perennes y útiles para mi vida de hoy ésto que escribieron otros hace tanto! Espero que el autor continúe regalándonos su saber. Un abrazo en Cristo.

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