Cuando mi cuñado me ofreció la posibilidad de subir al monte Chindoqui, una risa maliciosa sobrevoló mi rostro al pedirle que repitiera su nombre. La risa se esfumó enseguida cuando supe  la altitud: «1342 m.», espetó lacónicamente a mi engreída pregunta. Un amigo en común, Iñigo, cuya figura no sobresale por la de un atleta sino por otro lado, presente en aquel diálogo, me insistió en que rechazara la oferta: «Ya verás», me decía, «creerás que has llegado y aún te faltarán los ciento cincuenta metros más escarpados y empinados del monte. Quédate y vamos a tomar unas cañas a la Parte Vieja». Pero no le hice caso, para mí eran voces lejanas, porque en mi interior anhelaba volver a aquellos tiempos de adolescente cuando recorría campo a través de ríos, bosques y montañas… Esa nostalgia, esa añoranza de volver a  contemplar lo poco que somos ante la grandeza. Mi alma quería ser joven y confieso que, aun sabiendo que no estaba (estoy) en buenas condiciones físicas, sería capaz de llegar a la cumbre más alta de Guipúzcoa. «Total, será un poco de cansancio y nada más», me convencía a mí mismo.

Llegamos en coche a las 09:45 de la mañana. Un poco tarde para empezar un día de monte, sin embargo, el clima acompañaba y el aire fresco de las vascongadas apaciguaba los calores de agosto. La risa que había esbozado unos días antes se convirtió en admiración cuando comprobé su majestuosa e imponente figura. El buen ánimo y bello cuadro de fondo amenizaban los preparativos. Una mochila, crema solar, agua y unos pocos estiramientos, de postureo algunos, dieron comienzo a unos de mis mejores días del verano de 2018.

El monte Chindoqui se yergue en lo profundo de la sierra de Aralar cuyas montañas, montes y montículos se reparten entre las provincias de Navarra y Guipúzcoa. Desde lejos se aprecia su orgulloso porte y a la distancia ejerce una atracción tan poderosa que por momentos pareciera absorber el tiempo y el espacio. Una irremediable tendencia natural nos exigía subirlo. Y según caminábamos para encarar la subida veía de reojo la figura: una perfecta delineación de su orografía, una bella estampa de ensueño que me recordaba los primeros dibujos de guardería. Aquellos donde la sencillez de un paisaje se fundía con la admiración de lo profundo: un campo, una casa, un río, un árbol frondoso y una hermosa montaña de fondo. Como digo, todo estaba en perfecta sinfonía.

Sorprendentemente, y tampoco tanto, cuando subimos los primeros cien metros me dio un bajada de tensión. Mi cuñado y un primo suyo, que se unió a la aventura un día antes, no podían creerlo. De repente me había ganado el cansancio y mis fuerzas declinaron. Ni sentado podía recuperarme y me faltaba oxígeno. «¿No has desayunado?», me preguntaban, y yo, entre suspiros respondía: «Sí, sí… un café con leche, un plátano creo y dos galletas… No sé, no me esperaba esto la verdad». Unos minutos más y unas nueces hicieron que volviese el cuerpo al alma porque al revés ya estaba, o así lo creía yo. Me aligeraron la mochila hasta dejarla casi vacía y reanudamos la marcha después de este lapsus.

El ascenso duró tres horas aproximadamente por la ladera sur de la montaña. La mayor parte del tiempo fue placentero, porque su belleza crecía a cada metro que recorríamos. Bosques, pinares, ardillas, un viento que a Dios gracias se imponía ante el justiciero sol y refrescaba nuestro andar. Los mejores momentos eran las paradas (para qué voy mentir). En esos segundos que me concedían mis acompañantes, aprovechaba a respirar hondo y tendido el maravilloso paisaje guipuzcoano. La brisa suave acariciaba levemente los pastos que caían como arroyos de agua verde por la falda de la montaña. Ese verde tan puro que canta armoniosamente el azul del cielo y le pide que, juntos, embellezcan nuestra alma. Y así, me detuve a mirar y esperar en silencio que alguien rompiese mi melancolía. «Venga, arriba que no nos podemos enfriar», me dijeron del grupo. Y reanudaba la marcha.

Al cabo de dos horas comenzaba a estar extenuado. Mis compañeros y amigos de viaje, más atléticos que yo, encabezaban la pequeña caravana y charlaban distendidos. Yo, que arrastraba mi pesado cuerpo, entre jadeos y suspiros, iba a la retaguardia. Apenas podía pensar, el calor comenzaba a pesar y el cansancio ofuscaba la mente que tan ilusionada había comenzado en la partida. El sudor y el agotamiento tentaban los primeros propósitos de aventura. Y una pierna y otra pierna, y un paso y otro paso marcaban el ritmo y traqueteo de mi andar. «¡Ánimo! Que estás como una rosa», decían animándome con ironía.

Detrás de una roca, que para descanso nuestro proyectaba una agradable sombra, había un bosque, y más allá, la hermosa cumbre. «Ya estamos», pensé. «Será atravesar el bosque y llegamos, ¿verdad?», pregunté a mis amigos buscando la respuesta afirmativa. Ellos me devolvieron con una sonrisa socarrona y una simple frase: «Tú continúa que vas fenomenal». Nos adentramos en el bosque y serpenteamos un sendero estrecho embarrado, por el que resbalé varias veces y, a no ser porque estaba exhausto aunque consciente de que una tontería podía ocasionar una tragedia, tomé un palo para apoyarme y eludir cualquier posible accidente. Salimos del bosque y llegamos… pero en el momento en el que creí que todo había concluido, ciento cincuenta metros escarpados y empinados se levantaban detrás de un valle ante mis ojos. «¡Allí está la cumbre!» pregonaron entusiasmados mis compañeros de viaje. Yo fingí el mismo entusiasmo con la sonrisa más falsa que mi cuerpo podía dar en ese momento (tampoco quería reducir la moral de la tropa, ahora que estábamos cerca).

No me quedó otra que, aunque infinitivo y no gerundio, arrear mi cuerpo y emprender la marcha. ¿Qué clase de personas somos si la palabra empeñada en un principio no acaba ejecutada en un final? Así barruntaba para mis adentros con el fin de continuar, no sea que me enfriase por el gélido viento que recorría aquellas alturas. Con todo, llegamos al pie del promontorio maldito. Antes de comenzar la escalada (porque así lo veía en ese momento: como una escalada), un águila sobrevoló a mis espaldas y chilló provocando un eco en el valle de Aralar. El susto que me llevé no puedo describirlo; su vuelo y su sombra pasaron tan cerca que me quedé patitieso.  «No sé si es un buen augurio o un mal presagio», me dije, «pero este bicho quiere que continúe».

La última parte fue la más dolorosa; el monte Chindoqui reserva para sus montañistas una última prueba, que consiste en redoblar el ánimo e inclinar el cuerpo para escalar, o cuasi-escalar, con todas las extremidades la escarpada y rocosa cumbre. Cada tranco que daba suponía un gran esfuerzo acompañado de un largo jadeo. Ya no era el calor lo que atizaba al cuerpo, sino el frío. El sudor impregnaba la camiseta y era tal la humedad de la camiseta que cada ráfaga o ventisca contraían la piel y contenían la respiración, obligándome a hacer mayores esfuerzos en la «escalada». Mis zapatillas y calcetines estaban completamente embadurnados por el arrastre de la subida y las resbaladas del estrecho sendero del bosque. Mi pañuelo de tela no daba más de sí para limpiar el sudor de mi frente. Mi cabeza no tenía más fuerza que para mirar abajo los recovecos por donde atravesar mi pierna, una y otra vez. No quería levantar la mirada, tan solo se dejaba arrastrar por sus piernas. Las paradas fueron más frecuentes y los demás montañistas me adelantaban por la derecha y la izquierda, anhelantes de llegar arriba. Todos me decían lo mismo: «¡Aúpa! Que ya no queda nada». Yo, con otra de mis sonrisas, correspondía a su entusiasmo.

Tan solo uno de esos frecuentes recesos me confortó plenamente el ánimo. Como buscando un diamante entre lo poco que había de mi mochila, tomé la botella de agua. Justo en el momento en que empiné la misma para hidratar mi triste cuerpo lacerado, todo el paisaje vasco-navarro abrió su telón de fondo. Montañas verdes, de varias tonalidades y parcelas de campo, perfectamente discriminadas constituían la inspiración perfecta a cualquier impresionista que se personase en el momento. Cinco minutos, tan solo cinco minutos de quietud y descanso sirvieron para valorar el esfuerzo. De repente, una de las águilas que merodeaban la rocosa cumbre se abalanzó como un rayo en picado. Un chillido resonó en todo el valle y todos los que por ahí ascendían detuvieron la marcha. «Ha perdido la cabeza y se va a estrellar», pensaba sin saber lo que decía en mi interior. Pero no, cuando el águila, no más arriba de donde yo estaba, aterrizó a unos salientes donde había yuyos, matas y piedras, un revuelo de aletas levantó una nube densa de polvo. Por la rapidez de los movimientos comprendimos que era una lucha encarnizada, una tremenda batalla por la supervivencia. No pasó más de un minuto y entonces vi remontar a la rapaz con su elástico trofeo: una serpiente divisada en las alturas y oculta en el camino de la cumbre. El espectáculo, corto pero intenso, nos dejó perplejos. En primer lugar, porque nadie imaginaba encontrarse una serpiente en aquellos parajes y, en segundo lugar, porque nadie cogió el móvil a tiempo para llevarse una espléndida escena y venderla al National Geographic. «Impresionante, ¡eh!», me dijo alguien que adelantaba por mi derecha. «No acaba uno de sorprenderse de la naturaleza. Si no hubiese sido por el águila, igual nos picaba aquella endemoniada víbora», concluyó. Yo bebí mi último sorbo y levanté el cuerpo como tantas veces hice aquel día. Sólo quedaba un tramo.

La cumbre del Larrunarri se extiende entre unos noventa y cien metros cuadrados aproximadamente. Entre las personas que estaban, las que iban llegando, las rocas y los peñascos, fui hallando el modo de soltar mi mochila y tumbarme bocarriba. No quería hablar, y mucho menos con el cachondeo que se traían mi cuñado y su primo de verme, por fin, arriba. Me tumbé, y por unos segundos mi mente sucumbió al silencio de aquel aire puro. En mis oídos, un incesante susurro de invisible frescor me elevaba y me elevaba por encima de aquellos cielos y aquella tierra. Esa poderosa abstracción que vi cuando las 09:45, se palpaba ahora que respiraban mis oídos sin parar. No había lugar para el pensamiento, tan solo era degustar la sensación de armonía y sosiego, de victoria y de paz.

Me incorporé al cabo de un rato y, por una vez más, observé a mi alrededor las alturas del Monte, el trayecto recorrido y las águilas que vuelan. «Toma, comete un trozo de tortilla que te lo mereces», me ordenaron amistosamente. Y luego de comer, pensé. Después de pensar, contemplé y más tarde, recordé unas palabras de  Bías de Priene, uno de los siete sabios antiguos de Grecia. Él dijo que como el mundo estaba lleno de maldades lo mejor era tener amigos que elevasen en la práctica de la virtud. Ciertamente, no hubiera llegado solo sino fuese por las palabras de ánimo que mis amigos y compañeros de viaje me daban a cada paso. Aunque, todo hay que decirlo, también el auxilio vino desde la cima. Por todo estas cosas que pensaba, me llevé dos lecciones en la subida al Monte Chindoqui: En primer lugar, que Aristóteles tenía razón. El hombre es un animal político, es decir, en su propia naturaleza radica la sociabilidad. No puede vivir solo y, por tanto, es de sabios procurarse una buena amistad que nos ayude en el crecimiento de la virtud, que nos eleve en camino de la Vida. Nunca sabremos cuándo nuestras fuerzas pueden fallar. En segundo lugar: que en la cumbre todo se entiende. Según aquello de que «la gracia supone la naturaleza, la eleva y la perfecciona», ¿serán las águilas una imagen de la misma que actúa cuando ascendemos con las virtudes humanas? Así como una de ellas, de forma inesperada y cual fulminante rayo, me quitó una serpiente del camino, así, pienso, será la Gracia que fulmina lo malo que hay en nuestra naturaleza, previamente dispuesta al ascenso. Y entonces liberada de todo bicho, piedra u obstáculo en el camino, crece y llega a las alturas…

Aquí arriba, sentado, mientras pienso y veo su autoritario y silente vuelo, exclamo: «¡Qué bello es contemplar las águilas, pero qué sublime, aún más, es permanecer donde ellas vuelan!».

 

 

Rodrigo García Blasco.

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