Pretendo en estas breves líneas esbozar por encima los conceptos de inteligencia y voluntad o, mejor dicho, conocimiento intelectual y apetito intelectual, sendas facultades que nos unen a lo divino y nos diferencian del resto de criaturas materiales. Sépase que usaré como sinónimos, aunque impropiamente, ‘entendimiento’ e ‘inteligencia’, y quizá se me escape algún ‘razón’. Hechas estas aclaraciones, comencemos por abordar rápidamente cuál es el objeto de estas dos potencias intelectuales.

El objeto de la inteligencia y de la voluntad es universal, abstracto e inmaterial, a diferencia de los sentidos y pasiones que es singular, concreto y material. El modo en que conocemos con la inteligencia entes singulares, es predicándole muchos conceptos universales, de tal forma que solo convengan a uno sólo. V.gr: Sócrates fue un filósofo con barba de siglo V a.C., maestro de Platón, que refutó a los sofistas y que murió condenado a la cicuta.

Inteligencia

¿Qué es el conocimiento? El conocimiento es una relación entre sujeto y objeto, ambos términos son igualmente necesarios. No hay conocimiento sin sujeto que conozca, y tampoco sin objeto cognoscible. El conocimiento es una unión entre sujeto y objeto en la que cada uno sigue conservando su esencia.

En el conocimiento es el objeto el que va al sujeto, pero no de forma física, sino gracias a la species impressa (es algo parecido a la imagen) presente en el sujeto por acción del objeto. Luego, en el conocimiento, el objeto va al sujeto a modo del sujeto. No se conoce la species impressa, sino el objeto real; la species señala al objeto, conocemos al objeto por medio de la species. Esta species por la cual conocemos al objeto es, por un lado, objetiva, pues depende de la acción del objeto, y la acción del objeto depende de su ser, según el principio: «operari sequitur esse»[1]; pero, por otro lado, también es subjetiva pues depende de la naturaleza y disposiciones del sujeto según el principio: «quidquid recipitur, ad modum recipientis recipitur»[2]. Así, Verneaux[3] sostiene esta relatividad en el conocimiento, esta doble relatividad, oponiéndose al relativismo que solo tiene en cuenta la parte subjetiva del conocimiento. Con esto se sostiene que nunca se conoce al objeto en su totalidad, sino siempre bajo un aspecto, bien sea sensorial o intelectual, en el caso sensorial estaremos más motivados a conocerlo cuanto mayor sea el deseo que tengamos del objeto; en el caso intelectual estaremos más motivados  conocer más al objeto según el amor que tengamos al objeto. V.gr: Así un adicto a la droga la conoce mejor, tiene más interés en ello que una persona que no es adicta. O también un marido o una mujer conocen mejor a su cónyuge que un tercero, y es por el interés que tienen en conocerlo, porque se aman.

Por último para conocer se han de dar dos condiciones: la inmaterialidad y la capacidad de recibir otras formas del sujeto. La inmaterialidad porque el intelecto es inmaterial, y esto supone que su objeto lo sea igualmente, pues lo material no produce lo inmaterial. V.gr: Las cosas tienen que estar en sintonía para conectar. Del mismo modo en que una planta no puede percibir la realidad que le rodea porque no tiene órganos sensoriales para captarla pero un animal sí; un animal no puede conocer la esencia de las cosas porque no tiene un intelecto inmaterial, pero el hombre sí. Por tanto se requiere una forma inmaterial en el sujeto y una forma inmaterial en el objeto, es lo que se conoce como forma substancial. Pero no sólo eso, sino que la segunda condición es que la forma substancial del sujeto no esté lo demasiado «ligada» a la materia como para no ser capaz de conocer, esto es lo que caracteriza a los entes dotados de conocimiento racional. V.gr: Haciendo una analogía que no es válida, sino que es sólo para que se entienda, si el ojo en vez de tener la potencia de recibir todos los colores, sólo pudiese recibir el azul, no podría ver cómo las cosas son en verdad. Lo mismo la inteligencia, si tuviera una forma concreta, no podría recibir las otras formas (substanciales), por eso debe tenerlas todas en potencia, para que cada vez que conozca, se actualicen las potencias. El intelecto es, en definitiva, una ‘forma informe’, capaz de recibir todas las formas.

Ya hemos hablado de ello pero, ¿cuál es el objeto del intelecto? Las cosas inmateriales, sí, pero vamos a especificar. El objeto directo del intelecto en general es el ser o la verdad «ens et verum convertuntur»[4]. Pero más propiamente, dentro de todas las cosas que son o existen, el intelecto tiene como objeto la ‘quidditas’ o esencia de las cosas. Pero la inteligencia no sólo conoce de modo directo, sino que tiene también un objeto indirecto, es decir, que conoce indirectamente ciertas cosas. Este conocimiento indirecto lo realiza por reflexión, gracias a lo cual se conoce la inteligencia a sí misma y a la cosa singular. V.gr: Conozco la esencia de un árbol, pero por reflexión me doy cuenta de que estoy conociendo, me doy cuenta de que es la inteligencia la que conoce, y de que es ese árbol concreto el que es objeto de mi conocimiento, y quien tiene la esencia de árbol. Es decir, que por reflexión conocemos la acción, el sujeto y el objeto singular.

Es también por reflexión que adquirimos conciencia de nuestro ser y actuar. Aquí entramos al tema de la conciencia. ¿Qué es la conciencia? ¿Una voz interior? ¿Algo que tenemos dentro que nos dice lo que está bien o mal? La conciencia es un verbo, no un sustantivo. Es una acción que realizamos con la inteligencia, gracias a la reflexión, por la que somos conscientes de varias cosas: en primer lugar, de que conocemos la naturaleza de las cosas; en segundo lugar, de que obramos; y, entonces, en tercer lugar, compara si obramos según la naturaleza de las cosas que hemos conocido.

Por eso, el mejor modo de formar la conciencia es estudiando la realidad de las cosas, y por eso la filosofía es fundamental, y la doctrina católica mucho más. Es importante conocer las verdades reveladas y no-reveladas, para conocer lo que las cosas son y obrar en consecuencia, y para que, si no obramos así, seamos conscientes de ellos. Hay un principio famoso en ética, que es el principio de unidad de conciencia: «obra según piensas o acabarás pensando según obras». Por eso decimos que la conciencia se puede ‘dormir’.

Entonces, no es la conciencia ninguna voz interior ni mía, ni de Dios. Se dice que es Dios, pero sólo en tanto que creador de las cosas, y que las creó con una naturaleza y un orden, y es un orden querido por Él, y eso es lo que nosotros conocemos y de lo que somos conscientes.

Voluntad

¿Qué es el apetito intelectual o voluntad? El apetito intelectual también es una relación entre sujeto y objeto, también ambos términos son necesarios, no puede darse el sujeto apetente sin el objeto apetecible. En el apetito es el sujeto el que va al objeto al modo del objeto, va al objeto tal cual es. Las  nociones de apetito y bien son correlativas, que si se apetece algo es en tanto en cuanto supone un bien para el sujeto. V.gr: Es decir, el objeto de la voluntad es el bien, igual que el objeto de la inteligencia es el ser o la verdad.

Grados de ser, de perfección, de bondad

Algo es bueno en función de sus perfecciones; una perfección es un acto; el ser es lo que actualiza las cosas; luego, algo es más o menos bueno en función del grado de ser que posea. Entonces, parece lógico que, si en Dios su esencia se identifica con el acto de ser, su esencia es ser acto, su esencia es ser perfecto, su esencia es ser Bien y por tanto es lo máximamente apetecible. En el apetito, no como en el conocimiento, el sujeto alcanza el objeto en sí mismo.

Así, por esta gradación del ser, podemos afirmar con tranquilidad que el mal no existe. Hay que distinguir entre el mal ontológico, y el mal moral. El mal ontológico no existe, por la doctrina de la gradación del ser. V.gr: Si el demonio existe, tiene una mínima perfección, la de existir, por tanto tiene algún grado de bondad ontológico. Pero, sin embargo, vemos que el mal existe en el mundo. Ese es el mal moral[5], sólo fruto del pecado, tanto del ángel, como del hombre. Existe un obrar mal, así como cuando matamos a alguien, o cuando se tiene relación sexual con una persona del mismo sexo, o cuando se miente, o cuando se deshonra a un padre o una madre. Pero, ¿en base a qué decimos que alguien obra bien o mal, en base a qué decimos que alguien peca? En base a la naturaleza de las cosas, especialmente la del hombre. Cuando obramos según el fin del hombre y de las cosas, obramos bien, y cuando no, mal.

Es mediante la libertad que somos capaces de obrar bien o mal. Por eso un animal, planta o piedra no tiene la posibilidad de obrar bien o mal. La libertad, se podría definir como la capacidad de elegir lo mejor posible. Es consecuencia necesaria de la racionalidad de las criaturas (ángeles y hombres). Por ser racionales, tendemos con la voluntad hacia bienes universales e inmateriales, como se dijo antes. Pero resulta que el mundo que nos rodea es singular y particular, por lo que, para obrar en este mundo, necesitamos concretar de lo universal a lo particular, y para eso hay que elegir. V.gr: Concibo racionalmente que es bueno estudiar filosofía, ahora bien, hay muchos filósofos, ¿qué estudio? Estudio las corrientes filosóficas y determino que hay dos posibles que son las mejores, la agustiniana y la tomista, ¿cuál elijo? Dentro de esas corrientes hay muchos autores, San Agustín, San Buenaventura, Aristóteles, Platón, Santo Tomás, ¿por cuál empiezo? Dentro de cada autor hay libros de metafísica, política, lógica, teología, ¿cuál escojo? La libertad es consecuencia necesaria de la racionalidad, porque necesitamos concretar lo que con la razón vemos como bueno, y el concretar supone elegir una cosa de entre muchas que podrían ser. No es más que eso. El regalo que nos dio Dios es la racionalidad, la libertad viene en el pack. No es posible ser racional y no ser libre.

La libertad no es una potencia o una facultad. La libertad es un adjetivo, no un sustantivo. Es una característica de ciertos actos voluntarios. Por eso es mejor hablar de libre arbitrio, o de elección libre. Hoy se tiende a substantivizar la libertad, a recalcar excesivamente su importancia. Y lo cierto es que no es tan importante. La importancia la tiene aquello que elegimos con la libertad, lo importante son las cosas buenas que podemos conseguir, no la libertad. Cuando niños, nuestros padres elegían por nosotros, y no por eso éramos peores. Si elegían bien por nosotros, ¿qué más queríamos? Nos olvidamos a menudo que lo deseable es el bien elegido, y no la elección en tanto que elección.[6]

 

Antonio Romero Guzmán.

[1] «El obrar sigue al ser»; o bien, «el ser es seguido por el obrar».

[2] «Aquello que se recibe, se recibe al modo del recipiente».

[3] Verneaux, Roger, «Filosofía del Hombre», España, Herder, 10ª ed., 2009.

[4] «El ser y la verdad confluyen»

[5] Sobre el mal ontológico, moral  físico me comprometo a redactar un escrito más adelante.

[6] Sobre la libertad, su naturaleza y perversión actual, escribiré un artículo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Vox: ¿votarlo o no votarlo? Esa es la cuestión.

Leí varios artículos días atrás sobre Vox y su problemática para un…

Campos de Estrellas

Reseña crítica del Libro: «La restauración de la cultura cristiana» Autor: John…