Siento la necesidad de dedicar un artículo al tema de la obediencia, debido a los recientes y no tan recientes sucesos dolorosos acontecidos en el ámbito eclesiástico, tanto secular como regular. Pero, este artículo no va orientado sólo a religiosos y sacerdotes, sino también a laicos.

Pretendo abordar este tema, no ya desde el punto de vista del superior (padre, abad u obispo), sino desde la mira del súbdito (hijo, monje y sacerdote). Sin pretender quitar culpa a los depravados superiores que obran con una malicia y perversión evidentes, cabría también culpar en parte a los súbditos que no saben obedecer.

En mis pocos años de vida, son muchas y variadas las veces que he oído la frase: «el que obedece un mandato malo de su superior no peca, sino que lo hace el superior». Esto es una barbaridad. Lo más grave es que esta sentencia se pone en boca de Santo Tomás. Tantas veces he oído la cita, que incluso llegué dudar del santo. Pero hoy, acudiendo a la Summa Theologicae[1] para cotejar los datos, me encontré sorpresivamente con que el Aquinate no sólo no dice esto, sino que dice exactamente lo contrario.

Dice Santo Tomás que el súbdito debe obedecer al superior en las obras externas corporales, y no en las interiores, sobre las que no tiene potestad el superior. Digámoslo de otra forma, el superior tiene potestad sobre el ámbito disciplinario del súbdito, pero no sobre sus movimientos internos de voluntad y entendimiento (ámbito en el que sólo impera Dios).

Entonces, el primer tipo lícito de desobediencia es sobre aquellas cosas sobre las que la autoridad no tiene competencia. Tal es el caso de un padre que prohíbe casarse a su hijo, o de un obispo que prohíbe a un seminarista estudiar a Santo Tomás.

El segundo tipo lícito de desobediencia, es sobre aquellas cosas en que el superior contraría un mandato de alguien por encima de él. Como puede ser un obispo respecto al Papa, o incluso del Papa respecto a Dios. Así, cita Santo Tomás una glosa que comenta el pasaje evangélico (Rom 13, 2):

«Si algo te manda el procurador, ¿deberás cumplirlo si va en contra del procónsul? Más aún: si el procónsul manda una cosa y el emperador otra, ¿puede haber alguna duda en no hacer caso de aquél y servir a éste? Luego si el emperador manda una cosa y Dios otra, se debe obedecer a éste y no hacer caso de aquél.»

Quedan esbozadas así, las grandes limitaciones que tiene el superior respecto de su inferior: en primer lugar, por una cuestión de competencia; en segundo, por una de jurisdicción. Resumiendo, la autoridad tiene potestad de coacción respecto de los actos disciplinarios (y no respecto de todos), siempre y cuando no atenten contra Dios, que expresa su voluntad a través de las Sagradas Escrituras, de la Tradición y del Magisterio perenne de la Iglesia.

Diferente es el caso monacal, hay una limitación añadida para el abad: la regla. El monje hace votos de cumplir la regla, y ningún superior puede mandar algo contrario a ella. Dice Santo Tomás que basta para la salvación del alma la obediencia del monje en las cuestiones relativas a la vida regular, presentes en la regla. Si bien, constituye un grado de perfección mayor obedecer en otras materias (siempre que no vayan contra Dios o la regla).

Añado una limitación más. Si el monje en conciencia considera que la obediencia de un mandato concreto supone pecado (aunque objetivamente no lo sea) y, a pesar de ello, obedece, incurre también en pecado. Pero esto es tema de otro artículo.

Conclusiones que me gustaría sacar de este pequeño escrito:

En primer lugar, que nadie se salva por la conciencia ajena, sino por la de uno mismo. Con lo cual tenemos el deber de formarla, para así obrar rectamente.

En segundo lugar, citando al Aquinate, «el hombre está sometido sin restricción alguna a Dios en todo, en lo interior y en lo exterior; y, por consiguiente, debe obedecerle en todo». Y sigue diciendo que a los superiores no se está sometido en todo, sino en ciertas materias, y que el superior hace de intermediario entre Dios y el súbdito. Por lo que, si se desvía del mandato divino, es lícita y debida la desobediencia.

Exhorto, pues, a las vocaciones religiosas y sacerdotales en potencia a que formen su conciencia antes de entrar a un monasterio o seminario. Y esto no es una tarea subjetiva o relativa. Basta con conocer bien las Sagradas Escrituras, y leerlas a la luz de los Padres de la Iglesia. Además, conocer bien la doctrina católica, en especial a Santo Tomás, fuente de luz para la Iglesia. Y no estaría de más tener conocimientos de Filosofía, me refiero a la verdadera, es decir, a la aristotélico-tomista. Se encontrarán con muchos casos de abuso de autoridad, y deben estar bien preparados intelectual y moralmente para saber desobedecer o no según se deba.

Para los laicos se aplica lo mismo. Muchos son los que, por influencia negativa de la devotio moderna, nublan su entendimiento con sus directores espirituales, y obedecen ciegamente sin pensar ni discernir. No quiere esto decir que no deban tener padres espirituales, lejos de mí afirmar tal cosa. Es algo muy sano para el espíritu el tener una guía en el camino de santidad. Un buen padre espiritual es aquel que no toma las decisiones de su dirigido, sino que lo orienta presentándole los elementos de juicio, para que el dirigido decida correctamente. Sin embargo, los malos directores son aquellos que buscan ser obedecidos en todos los detalles, sin argumentar, y sin buscar hacer pensar. Eso es grave. Para ilustrar la figura de un padre espiritual, recomiendo la lectura de los Apotegmas de los Padres del Desierto.

En definitiva, en estos tiempos de abuso de autoridad con fines desde sexuales hasta de poder, no solo hay culpa en los crápulas que ejercen una posición de superioridad, sino también en los inocentes súbditos, que entienden por obediencia una ceguera intelectual y moral.

[1] II-II; q. 104, a. 5

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