Dice el catecismo que cristiano es “aquel que esta bautizado, cree y profesa la doctrina cristiana y obedece a los legítimos pastores de la Iglesia”.

Sorprende como algo definido con tanta precisión y claridad es hoy un término que induce a tantos equívocos y disputas. Mientras unos dicen que cristiano es todo el que sigue a Cristo, independientemente del modo de hacerlo, otros consideran necesario un apellido que catalogue la pertenencia a una u otra Iglesia, como si hubiese realmente más de una: cristiano católico, cristiano anglicano, cristiano adventista…

Las comunidades heréticas, llamadas en ocasiones “hermanos separados”, han logrado con éxito ser conocidas con el nombre de “cristianas”, por lo que los fieles de la Iglesia acudimos en muchas ocasiones a la definición de católicos como elemento diferenciador. Nota que, por otra parte, ni es ni puede ser negativa, siendo San Ignacio de Antioquia (30/35-107/108 d.C) uno de los primeros que la empleó en su carta a los Esmirniotas en los comienzos del cristianismo. Pero sí que es, en las ocasiones a que nos referimos, tan redundante como hablar de un fuego cálido o de un hielo frio, sucediéndose disputas y escepticismos ante interlocutores, discursos o agrupaciones que se llaman (y son efectivamente) cristianas. ¿Es que puede acaso existir un fuego que no de calor? Del mismo modo, tampoco tiene razón de ser un cristiano no católico. No al menos según el catecismo.

El verdadero peligro de este debate reside en el planteamiento que puede surgir de algunos sectores, como el representado por el prior de la comunidad de Taizé, reunida en Madrid con ocasión del encuentro europeo de jóvenes el pasado 1 de enero:

“En todas las Iglesias, la identidad confesional se ha puesto poco a poco el primer lugar: uno se define como protestante, católico u ortodoxo. ¿No ha llegado el tiempo de dar la prioridad a la identidad cristiana manifestada por el bautismo?”

Una afirmación que no solo implica el peligro, como hoy vemos, de difuminar el cristianismo con la herejía, sino también el de conceder el mismo status y derecho a la verdad y al error. Estas evocadoras y amables palabras contrastan con las dirigidas, ahora con menos concordia y cierta agresividad, a todos los que tratan de “imponer una uniformidad excluyendo al que no entre en el esquema común”. ¿Quizá San Pio X o San Pio V, simples papas, santos y autores del catecismo, no estaban capacitados para definir el cristianismo, pecando por si fuera poco de “imponer uniformidad”?

Manuel Morillo recordaba el pasado sábado 9 de Marzo en RadioYa lo idóneo de referirse a la Iglesia sin la necesidad de especificar su nota de “católica”, puesto que no es “la identidad confesional” lo que le concede el status a la Iglesia, sino que lo posee de facto por ser la Iglesia (una, santa, católica y apostólica) fundada por Cristo. Del mismo modo que al hablar del hielo o del fuego se sobreentiende lo frío o cálido de aquellos, se ha de proseguir librando esta pugna por el lenguaje. Y es que, si los bautizados creemos que hay más de una Iglesia o múltiples formas y apellidos igualmente válidos para ser “cristiano”, ¿cómo podremos afirmar lo veraz, pleno y absoluto del Credo y fe que profesamos?

Existió una vez una cosmovisión llamada Cristiandad (Christianitas), raíces, cimientos y esplendor de una civilización que hoy padece, y parece que perece. Y si esta civilización hoy padece, recuérdese a aquellos que cortaron sus raíces, pero no se les equipare a quienes la construyeron: Las ideologías, doctrinas y creencias surgidas en el ocaso del Medievo no pueden ser consideradas cristianas, mucho menos componentes u origen fundamental de la civilización cristiana. Son sus consecuencias, en todo caso, las que hoy sufrimos y sufre nuestra civilización. Si no se pueden, o no se quieren combatir, al menos no les convirtamos en arquitectos de lo que solo han destruido. No olvidemos, que fuimos, somos y seremos cristianos.

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