He tardado en decidir si escribir o no este artículo. Me veo tan violentado internamente por la aberración a la que puede llegar el hombre… La mayoría pone como ejemplo de la atrocidad a la que podemos llegar, las bombas atómicas. Yo pongo como ejemplo esto sobre lo que hablaré.

Ayer llegó a mí la noticia de que una mujer de Nebraska (EEUU), alumbró a una niña. Hasta ahí todo normal. Pero resulta que la mujer tiene sesenta y un años. Asombroso milagro, pensará el lector. No es así. Fue realizada la concepción mediante fecundación in vitro. Lo cierto, es que, pese a la gravedad de la fecundación in vitro condenada ya por Pablo VI en su encíclica Humanae Vitae, estamos ya acostumbrados a ello.

Es algo digno de ser revisado el acostumbramiento en el hombre. Puede jugarnos las mayores malas pasadas en el ámbito moral. La historia del pueblo de Dios se puede esquematizar en que el Señor derramaba gracias y hacía milagros con su pueblo elegido, pero Israel se olvidaba. Constantemente. Y con Israel me refiero al sentido bíblico de la palabra (desde Adán, pasando por el Éxodo, David, Salomón, los fariseos, los arrianos, protestantes y llegando a nuestros días). La Iglesia también se olvida de Dios o, mejor dicho, los eclesiásticos. Sobre esto último no hacen falta pruebas, sólo hay que abrir los ojos. La receta contra el acomodamiento espiritual la daba la madre de San Bernardo al definir la santidad así: «Es sobrenaturalizar lo natural y naturalizar lo sobrenatural». Y, un consejo de mis mayores, al mal hay que llamarlo como tal, despreciarlo y denostarlo. Para así seguir siendo conscientes de que es malo. El amor al bien es directamente proporcional al odio al mal. Si nos acostumbramos al mal y no lo vemos como tal, tampoco veremos como tal al bien.

Pero no quería quedarme sólo en la fecundación in vitro, algo sobre lo cual el lector estará suficientemente formado. Resulta que, para mayor gravedad del asunto, esta mujer fue fecundada in vitro, pero no con óvulos suyos. Es decir, que su vientre fue arrendado para gestar la criatura de otras dos personas. Vuelta a lo mismo, pese a la gravedad del alquiler de vientres, no es novedad para nosotros, lamentablemente.

Seguí leyendo la noticia, y parecía que la soberbia del hombre para moldear la realidad contranaturalmente es inagotable. Al parecer, un hijo de Cecile, mujer que dio a luz a una niña, es sodomita. Su nombre es Mathew, y el del varón con que tiene relaciones, Eliot. Ambos decidieron tener un hijo. Es curioso el hedonismo que lleva a las parejas homosexuales a tener relaciones por placer, pero a la vez el racionalismo con que deciden tener una criatura, aunque la realidad se lo impida.

Pues bien, Cecile, la madre de Mathew se ofreció a gestar al bebé. Y la hermana de Eliot se ofreció a aportar el óvulo. El esperma lo aportó Mathew. De forma tal que la genealogía quedaría así: Cecile es madre de su nieta; la hermana de Eliot es madre de su concuñada; Mathew es padre de su hermana. El único que no pinta nada en esta intrincada relación es el pobre Eliot.

Los medios ponderan y alaban el altruismo de Cecile al ofrecerse para gestar a la criatura, sin cobrar por el alquiler.

Yo ya ni sé qué decir. Bueno, sí, que no nos acostumbremos.

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