“Y dijo Yahvé a Gedeón: Por medio de estos trescientos hombres, os salvaré y entregaré a Madián en tus manos. Toda la demás gente vuélvase cada cual a su lugar.” (Jue 7, 7)

 

Qué importante es reconocer en toda obra buena la mano eficiente del Señor. Así fue que Dios no permitió a Gedeón vencer a los madianitas por la sola fuerza humana, sino que al reducir las tropas israelitas a un número imposible dejó clara su victoria providente, su triunfo milagroso. No escogió a los trescientos más fuertes, a los más sabios o a los más valientes, como diciendo: “Que sean los que laman el agua, y quede así claro que Yo soy el Señor, y Mía es la victoria”.

El pasado domingo 19 de mayo tuvo lugar en la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos un acontecimiento singular, si no histórico. Trescientos jóvenes de toda España, y muchos otros junto a ellos, se reunieron allí para recibir al abad benedictino dom Philip Anderson, venido de lejos, desde la abadía de Nuestra Señora de Clear Creek en Oklahoma, para visitar a sus hermanos benedictinos del Valle y compartir la historia de su conversión y de su vocación monástica de la mano del difunto profesor John Senior.

A las cinco y media comenzaba en la basílica la Santa Misa. Celebrada según la forma extraordinaria del rito romano, entró el abad en procesión, precedido de acólitos, sacerdotes y frailes venidos de toda España. Para quienes no conocían la Misa tradicional, verla solemnemente celebrada no fue un mero espectáculo, fue una profundísima enseñanza. Una dura lección que no dejó a nadie indiferente.

Al igual que Nuestro Señor instruía en parábolas que no todos entendían, más de uno pudo sentirse confuso ante el latín, del que a veces sólo se captaba un inaudible murmullo. Quizás alguno echó de menos una música más animada frente a la monótona belleza del gregoriano. Puede incluso que a alguien se le escapara alguna mirada al reloj.

Sin embargo, la profunda sacramentalidad del rito muy pronto sacó a todos de su letargo. La Tradición católica es una catequesis litúrgica frente a la cual no basta prestar el oído: no sólo se escuchan las enseñanzas del sacerdote, sino que todos los sentidos se ponen en juego. Las volutas del incienso nublan la vista haciendo crecer el misterio; su ascendencia al Cielo señala el camino de nuestras oraciones, y su olor resuena a adoración. Las velas palpitantes, los ornamentos resplandecientes, los movimientos armoniosos, todo es un regalo a la vista. La música, sobria en el propio, rica en mil voces distintas cuando se incorpora el coro, es un recuerdo de algo que nunca oímos antes, pero que nos evoca el Cielo y a sus ángeles.

Toda esta explosión de los sentidos confluye en un solo momento. Se apagan las luces, se hace profundo el silencio, y a la trémula luz de las velas se alza el Cordero degollado, el Cordero inocente. Su blancura se confunde con el Cristo doliente que, iluminado por un haz de luz, nos recuerda que esta Santa Misa y todo lo que la rodea es la acción sacrificial más grande de la Historia, la única que, una y otra vez renovada, quita el pecado del mundo.

¿Cómo quedarse callados ante esta maravilla? La lección del abad de Clear Creek no fue solo la apasionante conferencia que pronunció después, sobre la historia de su conversión, ante un abarrotado auditorio. No vino únicamente a contar a los escépticos españoles que la conversión es posible hasta en los ambientes más insospechados y hostiles, como la Universidad de Kansas de los años 70, sumida en el ateísmo y la contracultura. O que es posible que un puñado de jóvenes hippies norteamericanos perseverasen veinticinco años como monjes en Francia hasta fundar en EEUU su ansiada abadía. No fue ni siquiera contarnos la historia de valentía y audacia de sus maestros, los profesores John Senior, Denis Quinn y Frank Nelick, o sus métodos de enseñanza, sus éxitos académicos, sus ideas más descabelladas.

La lección radical del abad Anderson fue hacer presente, bajo la Cruz más grande de la Cristiandad, a Cristo Nuestro Señor. Primero, en la Santa Misa, con la magnificencia y solemnidad que ese sacrificio merece, mostrándonos que es mentira que Dios no merezca lo mejor que podamos ofrecerle, que ese poco que podamos entregarle es sublimado y ofrecido como incienso agradable a Él. Y segundo, que Cristo es nuestra única esperanza. Volvernos a Él, a su presencia eucarística, a los sacramentos, a la doctrina perenne, y a la Tradición de siglos de santidad de la Iglesia, a esa tradición que hemos desdeñado desde nuestra moderna era, es el camino al que debemos volver.

Él es la esperanza de unos monjes benedictinos perseguidos y hostigados, pero con una misión providente de restaurar el monacato en España; la esperanza de unos jóvenes inexpertos que se enfrentan al mañana sin asideros; la esperanza de unos mayores que creían no tener a quién dejar su legado. Es la esperanza de una España que parece agonizar, pero que Él ha convocado este domingo, por boca de un abad venido de lejos, llamándola a volverse a Cristo y a Nuestra Madre, y a comenzar de nuevo el combate por la Hispanidad, por la Cristiandad española, por la salvación de las almas.

Gedeón salió a la batalla con trescientos hombres y venció a los madianitas por la mano de Dios, que los confundió. Ninguno de nosotros pretende ser Gedeón, pero en España hay más de trescientos católicos que aman a Dios, a la Iglesia y a su Tradición. Es posible que haya mil obstáculos, mucha persecución desde dentro y fuera de la Iglesia; es posible que encontremos miedo en nuestras filas. Nadie dijo que el miedo fuera malo. Sin él no existiría la virtud de la gallardía. El que no lo tiene es un temerario, pero el que no lo supera es un cobarde. El Inmaculado Corazón triunfará, y a quien está convencido de esto no hay miedo que le valga. Junto a Nuestra Madre el temor se repliega, porque sabemos que, con Dios, ya somos mayoría.

 

 

Ramón de Meer y Pablo P. Martínez.

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