Poder blando.

En torno a 1990, Joseph Nye introducía en su obra Bound to lead el famoso concepto de Poder Blando –Soft Power-, para referirse a <<la capacidad de un actor político para incidir en las acciones o intereses de otros actores valiéndose de medios culturales e ideológicos>>; o lo que es lo mismo, <<obtener lo que quieres a través de la atracción antes que a través de la coerción>>. Pocos años después, comenzarían a surgir planteamientos aparentemente innovadores, siendo el Identitarismo Vs Mundialismo uno de los debates sobre el cual se pretenderá desarrollar, en parte, el posicionamiento político nacional e internacional.

Las víctimas del imperialismo cultural ejercido a través de este soft power lo son (¿lo somos?) igualmente de un concepto en estrecha relación con el mismo, la Determinación de la agenda. Según esta, debates, actores o planteamientos ideológicos que de hecho son inexistentes pasan a ocupar artificialmente las primeras planas y titulares de los grandes medios de comunicación, reclamadas a posteriori por las masas y logrando así el marchamo democrático.

¿Hasta qué punto este poder blando ha penetrado y viciado el carácter hispánico?  ¿Son las nuevas y extrañas corrientes ideológicas simples cortinas de humo que impiden ver la verdadera crisis y raíz del problema que afecta a la comunidad?

De las muchas determinaciones a las que se ve sometido el hombre ultramoderno, una que podríamos destacar es que asistimos pasiva (y en muchos casos activamente) a un suicidio colectivo; a la destrucción de las realidades que permiten al hombre desarrollar su dimensión social y comunitaria.

Ante esta agonía, <<se multiplican casi con urgencia los ensayos de comprensión de las nuevas epidemias de desesperación[1]>>.Una desesperación que aboca al hombre a aceptar servil e incondicionalmente <<nuevas>> y <<espontáneas>> corrientes que, o bien se presentan como garantes del comunitarismo para luego profundizar en su agonía, o bien aspiran a la <<reproducción a mayor escala de las instituciones democráticas del Estado nacional, pero que no pasan en verdad de resultar mera apariencia[2]>>.

La comunidad agonizante.

Es aquí, en la parábola que forman las coordenadas de la desaparición comunitaria; la desesperación y el miedo como rectores de la actividad política; y las ideologías continuadoras de la dialéctica <<ellos/nosotros>> el eje en el que se inscriben las presentes reflexiones.

Entre los peligros que acechan hoy a la comunidad, destaca una disolución total de la identidad que la define en todos sus aspectos. Globalización o Mundialismo para unos, Internacionalismo para otros, con estos términos se hace referencia a lo que algunos pensadores han sintetizado como verdugos de la comunidad, coincidiendo desde diversas posiciones: <<Debilitamiento y casi desaparición de los vínculos nacionales>> (Ayuso); <<estandarización alimenticia, mediática, pseudocultural y consumista>> (Barraycoa); <<una sociedad desestructurada con valores relativizados, que no se resista a perder la soberanía de su país, que no defienda la patria, que no defienda la familia>> (Bárcena); incluso Alexander Dugin; aún con coordenadas ideológicas diferentes (en muchos casos opuestas) a los citados: <<Establecimiento del capitalismo a escala global y la máxima mezcla nacional, étnica y cultural de los pueblos>>.

¿Mundialismo Vs Identitarismo?

Pero no faltan quienes, alejados de estos elaborados planteamientos, absolutizan tanto el diagnóstico como el tratamiento genéricos impulsados por modas extrañas, acabando por asumir principios de base que un día pretendieron combatir. Que el actual contexto político internacional oscile, en parte, entre la globalización y la defensa de la soberanía-identidad no implica que esto sea lo óptimo y deseable. Tampoco que aceptemos esta pugna como el nuevo modelo de las dos Europas, las hijas de izquierdas y derechas, como si fuese el único escenario ideológico a contemplar.

<<La Contrarrevolución no será una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de la Revolución. Es decir, el restablecimiento integral del Orden Cristiano>>

De Maistré

De este modo, se hacen cada vez más abundantes los tendenciosos eslóganes y titulares no carentes de épica al estilo de <<Mundialismo Vs Identitarismo, la batalla de nuestro tiempo>>. Una dialéctica con un peligro que reside en que aquellos, pretendiendo hacer frente a la crisis comunitaria, no están sino cayendo en la divinización identitaria, situando la preservación de la identidad como fin absoluto, y concediendo así a lo material <<más valor que el de un simple medio para realzar el valor supremo de la persona>>[3].

La preservación de la tradición e identidad, ¿es un fin o la consecuencia de unos principios comúnmente profesados? El cristiano, ¿Puede contemplar su Credo no como fin sino como un elemento más de la mezcolanza anti mundialista? ¿Se puede afirmar que toda identidad debe ser siempre salvaguardada? ¿Puede una comunidad subsistir cuando es tiranizada por la ideología –cualquiera-? ¿No es esta una visión reduccionista de la solución que requiere una crisis global? ¿Encaja la dialéctica Mundialismo Vs Identitarismo con el sentido y caracter hispánico? ¿Estaremos así reconociéndonos víctimas del poder blando, esa <<capacidad de un actor político para incidir en las acciones de otros actores” -(los propiamente hispánicos)” -valiéndose de medios culturales e ideológicos>>?

Uno de los principales peligros que se corren al asumir estos planteamientos y dialécticas como rectores de la comunidad pasa por profundizar en las consecuencias de la ideología, la mentira, el enfrentamiento y la oposición, como ya nos ha mostrado la historia en no pocas ocasiones.  Lejos de ello, las soluciones propuestas deben (o deberían) atender a un rigor moral y universal, no ideológico y parcial.

<<La fuente primaria de los males que hoy afligen a la sociedad moderna brota del rechazo de una norma universal de rectitud moral>>

Pío XII, Summi Pontificatus

Vtraque Vnum

En sentido contrario, una de las mayores hazañas comunitarias de la historia pasó por construir civilización dónde solo había barbarie, mediante lo que desde el siglo XVI sería el alma y espíritu hispánico acuñado posteriormente en la numismática imperial de 8 reales: Vtraque Vnum. Una máxima que representaría esa <<Christianitas minor>>, donde la Verdad y universalidad eran planteadas como fin y el hermanamiento del mestizaje como medio, como contrapunto de nuestros días: Mundialismo e ideología como medio, igualitarismo como fin.

Si entendemos la identidad como los elementos que delimitan la pertenencia a una comunidad, es más que evidente su agonía, y la necesidad de preservarla siempre que esta conlleve el bien común. El peligro, especialmente para lo propiamente hispánico, viene cuando el identitarismo como ideología se subordina como articulación de toda acción política en torno a esta pugna, olvidando el principio rector de la comunidad política a lo largo de toda nuestra historia. Reducir o centrar la crisis global de la nación a la dialéctica Mundialismo-Identitarismo puede implicar, en muchos casos, una errónea comprensión e interpretación de la historia de España, que en su cénit se cifró en la máxima citada del Ambos son uno.

Haciendo propias las palabras de Blas Piñar, lejos de snobismos o modas ideológicas, <<Nuestra postura la debemos adoptar desde la Teología de la historia, como fondo, y desde la asunción teológica del quehacer política, como protagonistas. En estos términos que acabamos de exponer, la labor metapolítica y social no es una carrera ni una coyuntura oportunista, sino una vocación a lo divino urgida por la caridad[4]>>.

[1]Fuentes, J.B.; Muñoz, F. (2008).  Antropología e historia. Elementos para una crítica de la modernidad. Pensamiento. Vol. 64 (Núm. 239), pp. 27-52.

[2]Ayuso, M. (2008). Las aporías de la democracia como forma de Estado. Ius Publicum (Num. 20), pp. 29-38

[3] García Morente, M, Idea de la Hispanidad, Madrid, España, Homo Legens.

[4]Piñar, B.; ¿Cuál es la llamada vocacional española? Arbil.

 

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