[Entrevistamos a Tomás Vallejo Pemán, uno de nuestros habituales articulistas, sobre la Universidad]

 

¿Qué piensa usted sobre la Universidad?

Pienso muchas cosas, ¿pero a qué se refiere en concreto?

Me refiero al estado actual de la Universidad, a sus causas…

Ah… Entiendo. Pues considero que las universidades se encuentran en profunda decadencia. Se han convertido no ya en un lugar en el que no se piense, sino en un lugar en el que se enseña a no pensar. Se ha desvirtuado completamente su naturaleza.

Si antaño surgieron como un bastión para la defensa dialéctica de la verdad, hoy se han convertido en el horno donde se cuecen todas las pioneras ideologías, listas para ser inoculadas al resto de la sociedad.

¿Las causas? Probablemente sea por haber renegado de la vaca y las lechugas, de la tierra y el ganado. Cuando nos alejamos de la tierra, no vamos al cielo, sino al infierno.

¿Y eso qué tiene que ver con la Universidad?

¡Tiene muchísimo que ver! Es causa casi-eficiente de que la universidad esté como esté. Es muy sencillo. El hecho de haber despreciado la vida rural (y esto comenzó con la Industrialización), y el hecho de haber desarrollado técnicas y profesiones tan específicas, han obligado al común de los mortales a acceder a la Universidad como medio para ganarse el pan de cada día, aunque sin sudor propiamente. Y uno se pregunta, ¿no puede la gente trabajar en el campo? Sí, pero a costa de su nivel confortable de vida. Y hoy todos estamos dispuestos a sacrificar incluso nuestra alma pero, por favor, que no nos toquen el confort.

Es más, podría decirse que, porque el Estado capitalista necesita más operarios, más profesionales cada vez más ramificados, ha disminuido la exigencia intelectual de la Universidad para poder permitir la entrada a las masas, y para que las masas se especialicen.

Consecuencia de todo esto: las universidades están a rebosar.

Pero, eso es bueno, ¿no?

¿Cómo va a ser bueno? ¡Por favor! Parece mentira. ¡Es terrible! ¿Usted cree que todos tienen vocación intelectual? Por supuesto que no. Se nos obliga a pasar por la universidad a todos, cuando quizá uno quiere pastorear ovejas, o plantar coles, o ser carpintero.

Uno puede pensar: «Bueno, las sociedades apuestan por el desarrollo intelectual». ¿Alguien realmente piensa que un país se puede gobernar bien siendo todos intelectuales? Sería un desastre total. No sé qué pensaría Platón, pero creo que ni él estaría de acuerdo. Aun así, basta con acercarse de oyente a una clase universitaria para ver que la sociedad definitivamente no está apostando por el desarrollo intelectual.

¿Entonces a qué apuestan?

Creo que están apostando precisamente por lo contrario. Bajo el lema de educación para todos, buscan lo contrario. Si… está bien… nos enseñan a leer, ya no somos analfabetos; pero ¿qué nos enseñan a leer? Ahora somos tipos que saben leer, y leemos de maravilla los panfletos marxistas, la propaganda feminista y los tuits del influencer de turno.

¿Volviendo al tema de la Universidad, qué piensa de los católicos universitarios?

Esa es una buena pregunta. Considero que si algo bueno tiene la Universidad hoy es que sirve para sacar a la luz el tipo de católicos que somos realmente. Allí se ve si uno va o no a misa diaria, si es de los que defienden su fe públicamente, o si intenta pasar camuflado. También se ve si a uno le preocupa o no el bien común que constituye su clase, su facultad, sus compañeros. Y también se ve si uno tiene las cosas claras respecto de sus obligaciones.

¿Y cuál es la obligación primordial de un estudiante católico?

Estudiar, por supuesto. Y hacerlo muy bien. Hacerlo excelentemente. Es su deber de estado, y sirve como barómetro para evaluar si se está obrando bien.

El deber de estado es la voluntad de Dios para uno en esas circunstancias concretas en las que uno se encuentra. No falla. Si uno trabaja, debe hacer bien eso. Si estudia, lo mismo. Si es pater familiae, debe también ser excelente en ello. Todo lo que atente contra el deber de estado o impida su óptima realización, va contra la voluntad de Dios. A menos que Dios muestre manifiestamente lo contrario.

Si un estudiante hace apostolado en la universidad, organizando charlas, congresos, seminarios, grupos de formación… pero descuida sus estudios y no le va bien ahí, por más que vea frutos en su apostolado, no es lo que Dios quiere. Lo que pasa es que Dios escribe recto incluso sin renglones.

Pero nos empeñamos en pensar que nuestro modo de hacer las cosas es mejor que el modo querido por Dios. Quizá Dios tiene pensado que uno, por su excelencia académica en Filosofía sea en un futuro un referente intelectual para la Patria, pero por dispersarnos con otras cosas también buenas (pero peores y cortoplacistas), no podemos perfeccionarnos como Dios quiere, ni ser fecundos con todo nuestro potencial.

Hay que vigilar al demonio de la dispersión. Es más astuto que el demonio de la pereza, pero es su hijo al fin y al cabo.

Entonces ¿no hay que hacer actividades en las universidades?

Por supuesto que sí, pero con equilibrio. Sin caer ni en el activismo, ni en el pasotismo. Y sin descuidar el deber principal del estudiante que es estudiar.
San Ignacio escribió a sus seminaristas de Portugal aconsejándoles algo similar respecto de la piedad. Estos seminaristas, cuando tenían que estudiar sentían una fuerte tentación de rezar mucho. Y digo tentación, sí. Al final no estudiaban por los ayunos excesivos que hacían y por los ratos de oración alargados que no les dejaban tiempo para la actividad intelectual. Y esto lo vio San Ignacio claramente, y les dijo que estudiaran, que era su deber principal en esa etapa formativa que es el seminario. Vio que era el demonio de la dispersión el que estaba haciendo estragos entre sus seminaristas.

Dicho esto, el pecado del estudiante católico hoy no es éste, sino que es la cobardía. Deberían ser más valientes, dar más la cara, tener presencia. Ser astutos en el combate que se está librando allá, que es decisivo.

¿Por qué tan decisivo?

Bueno… Por dos razones. La primera es porque, mal que bien, en las universidades es el único lugar en que se intenta pensar algo. Y allí se libra un combate intelectual. Es el combate entre la realidad y la ideología. Y faltan caballeros que defiendan la realidad. Está la universidad infestada de ideologías muy nocivas, y ello es culpa, en parte, de los católicos. Pecamos de omisión. No libramos la batalla cultural en la que estamos inmersos.

La segunda razón es por una cuestión sociológica. Antes decíamos que toda la sociedad pasa por la Universidad. Eso es malo para la sociedad, sí. Pero podemos aprovechar la situación. Desde el punto de vista de la eficiencia, el mejor lugar para hacer apostolado es la Universidad. Gente de diversos lugares, de distintos colegios, clases sociales y profesiones, confluyen allí. Y luego se disipan cada uno a sus trabajos. Si la mentalidad católica cambiase, en cincuenta años se podría revertir la situación social, sólo con focalizar el apostolado en la Universidad. Pero bueno, la cobardía y el cortoplacismo impiden primero que el católico haga pública su fe, y segundo, que tenga humildad y paciencia suficientes como para empezar algo que culminará pasado medio siglo.

¿Un último consejo para los estudiantes católicos?

Sí. Sed excelentes pero humildes. Formaos mucho, en filosofía, en doctrina social, en apologética… Sed valientes y astutos. Y, sobre todo, sed normales, por favor, no seáis raros. Tolkien decía: “Si muchos de nosotros dieran más valor a la comida, la alegría y las canciones que al oro, éste sería un mundo más feliz”. Y yo añado: y dad valor también a la bebida.

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