Con motivo del campo de verano y formación de jóvenes (Tabor) que tuvo lugar entre los días 25 de julio y 3 de agosto cerca de Estremoz (Portugal), el autor de este artículo tuvo a bien escribir unas palabras para los que no pudimos asistir.

 

No pasamos estos días en otro país, sino en otro mundo. Uno atemporal en que la belleza brilla fervientemente por su presencia. No hablo de haber vuelto circunstancialmente al pasado, ni siquiera al futuro; es un presente fresco y sano bajo el sol más limpio que jamás ha visto julio.

Aquí no hay maldad y casi parece que tampoco se la ha conocido. La Fe general desborda el alma que llegó aquí creyéndose algo y ahora tiembla de vergüenza ante el ejemplo de todo lo que aún debe alcanzar. Ellas, con dieciséis años incluso, sonríen, rezan y hablan desde una inocencia incorruptible que las hace libres; inocencia ante todo lo que es mejor no saber pero rebosantes de conocimiento absoluto hacia lo que esta humanidad parece haber olvidado. Llevan en la mirada a la Santísima Virgen María y, por eso, el miedo les teme. Ellos, incluyendo a los más jóvenes, son ya hombres de cabeza y corazón; con manos prestas al trabajo e ilusión por un combate diario que sabe hacerse realidad en la paz de la oración.

¡Y hay silencio! Música, risas, conversación o silencio… pero nunca ruido. Armonía en el cumplimiento de los deberes, amor inconfundible en cada gesto, entrega a un ideal infinito y renuncia; pero, sobre todo, hay felicidad, de ésa que nuestra generación busca continuamente en libros de autoayuda, sicólogos sacacuartos y pedagogía de «youtuber». De ésa, repito, que tantos buscan pero nadie encuentra porque no está ahí. La búsqueda de la felicidad no lleva a nada, es la búsqueda de Dios la que, «per se», garantiza tan preciado tesoro.

Después de vivir esto, el Señor nos ha ordenado, a modo de paternal y dulce toque, que espabilemos ante la somnolencia del letargo veraniego; que no sólo es falso afirmar el repetitivo «ya todo está perdido» sino que, además, sería hacerle el juego al mal. Jesucristo nos ha dejado clara la promesa que hizo al padre Bernardo de Hoyos, S. J., el 14 de mayo de 1733, mostrándole su Corazón y diciéndole: «Reinaré en España con más veneración que en otras muchas partes» y a la Madre Santa Maravillas de Jesús con «España se salvará por la Oración». ¡Todo está ganado! Cuando quepa alguna duda, debemos recordar a Nuestra Madre, llevando al Triunfador sobre el mal en su inmaculado seno, pisando con contundencia y templanza la cabeza de la serpiente a pesar de que ésta, con afilados colmillos, repulsivas fauces abiertas y lengua extendida, la amenace insistentemente.

Nuestra misión no trata ya de «mantenerse en pie sobre un mundo en ruinas», como diría Giulio Cesare Andrea Evola, sino de construir uno nuevo con la fuerza de la Oración y la coherencia rebeldemente joven de actuar en consecuencia. Un mundo de patrias libres, vida, justicia, familia, amor y Verdad. ¡Manos a la obra! «¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Romanos 8:31).

 

Juan Manuel Fernández Ibáñez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Nunc coepi – Visita del abad de Clear Creek

“Y dijo Yahvé a Gedeón: Por medio de estos trescientos hombres, os…

Entrevista al P. Javier Olivera

El P. Javier Olivera es un sacerdote argentino, graduado en la Facultad…

El Arte. Posible nueva víctima del hombre moderno

El pasado mes de enero de 2018 se retiró una de las…