La importancia de un padre

Hasta hace poco, la labor de un padre era una labor propiamente educativa. Y digo propia porque era un modelo de vida tanto de obra como de palabra. Ambas realidades tenían que estar armonizadas para lograr un sano desarrollo en la personalidad del hijo varón. Lo mismo que una planta para crecer necesita agua y luz, la responsabilidad de un padre es ganar el sustento material y brindar, ante todo, una educación moral y espiritual.

Sin embargo, hoy muchos han abandonado la segunda parte. Con enseñarles unos poquitos valores basta y sobra para que encuentren “su lugar en el mundo” dicen algunos, para que sean “fieles a sí mismos” y actúen “con libertad” sentencian los sabios 2.0. Luego viene la preocupación con la consabida pregunta: “¿Pero qué hemos hecho con nuestro hijo?”

Sin embargo, ¿qué tiene que ver una buena educación moral y espiritual con el estilo masculino, que es de lo que trata esta serie de artículos? Escuchamos las siguientes excusas: “¿Para qué enfangarse y desgastarse si no va a ser peor persona por la moda?; el estilo no es nada, para gustos los colores, eduquemos en lo importante; ¿qué más da que mi hijo vista con el color rosa, use rastas, se tatúe, lleve piercings, se ajuste los pantalones si lo que importa es que llegue al cielo?; Cristo usaba el pelo largo… ¿Qué tiene de malo?”

Tiene que ver. Y mucho.

Un poco de sabiduría medieval

Santo Tomás de Aquino nos habla en la Suma Teológica (II-IIae, c. 169) sobre la Modestia referida al ornato exterior. Me quedé asombrado de que ya en la Edad Media y, muchísimo antes, considerasen estos problemas aparentemente menores. Y (vaya sorpresa) en el artículo uno, la primera objeción dice: “El ornato externo no se nos da con la naturaleza, por lo cual varía con el tiempo y los lugares”. Es decir, al final es una moda, algo pasajero…Un argumento muy usado cuando no se quiere pensar. Santo Tomás responde a la objeción diciendo que “aunque no sea natural, pertenece a la razón natural el moderarlo”.

El santo teólogo argumenta en su Respondeo que el hombre que usa inmoderadamente las cosas externas puede cometer vicio, y este vicio o pasión desordenada puede plasmarse de tres maneras: a) Cuando se busca la vanagloria humana mediante el excesivo ornato en los vestidos y otros objetos [Vanidad]; b) Cuando el hombre busca las delicias de su cuerpo mediante el excesivo cuidado en el vestir [Amaneramiento], y c) Cuando se emplee una excesiva solicitud en el cuidado del vestido, aunque no exista ningún desorden por parte del fin [Superficialidad]. Este desorden planteado bajo tres formas son hoy la moneda corriente que aturulla al hombre y que, bajo capa de libertad, castra la identidad masculina. Les invito a que pasen y lean el artículo completo del “más santo de los doctos y el más docto de los santos”.

Virtudes

A este diagnóstico el doctor angélico acude a Andrónico, el cual nos orienta con tres virtudes para contrarrestar esa tendencia viciosa: la humildad, el contentarse con lo conveniente y la sencillez. Tres virtudes que hoy brillan por su ausencia. Y es aquí donde entra la importancia de los padres en la educación moral y espiritual. Educar en el estilo masculino es educar en estas viejas virtudes.

Habíamos concluido el primer artículo con la pregunta de si una moda puede cambiar una tendencia y esta, a su vez, una conducta. Ciertamente sí. Me explico. Poco a poco, las actuales modas que bombardean con publicidad a nuestros hijos suponen un frente bastante complicado con el que lidiar. Ni qué decir tiene que a ella sucumben los compañeritos del cole, verdaderos ‘influencers’.  Así pues, empiezan por lo superficial (3ª forma enunciada por Santo Tomás): “Papá, ¿qué tiene de malo que use estos pantalones skinny si todos lo usan?”. Se sigue por el amaneramiento (2ª forma), como por ejemplo: pasar un cuarto de hora frente al espejo, usar perfumes extravagantes, pulseras en las muñecas, en los tobillos, depilarse o ir al gimnasio para lograr el cuerpo de Cristiano Ronaldo, etc. A medida que esto se sucede la manera de hablar y actuar se debilita porque la disciplina y los principios en los cuales fue educado de niño importan ya poco en su mente. Su corazón está ganado para no ser diferente al resto, y por ello quiere estar a la última moda o no perderse las novedades estilísticas. Termina con la vanagloria (1ª forma) cuando, una vez logrado el amaneramiento, se busca la aprobación de los demás (hoy con los likes de Instagram), cuando se aconsejan entre los amigos por las formas de vestir, se valoran los precios de las diferentes marcas, se adulan y se cortan el pelo entre ellos para uniformar el estilo, etc.

Pues bien, con todo eso hay que lidiar hoy. De nada sirve mostrar un desprecio o negativa a las rastas, los piercings, los tatuajes o la estrechez de los ropajes actuales si no les ayudamos a valorar el estilo clásico, apreciarlo y reafirmarles en su identidad viril. Y esta reafirmación requiere de la intervención paterna justamente para hacer frente a esta tendencia. Tendencia, a su vez, que aglutina todas las modas actuales y cuyo denominador común es que todas son feminoides. Pocas cosas son urgentes en la actualidad como que un padre preste atención a los detalles, a lo pasajero, a que consolide la masculinidad de su hijo. Parece una cuestión menor el estilo, pero no lo es, porque aquí se cifra gran parte de la guerra cultural que vivimos. Y, ¿cómo se define al estilo masculino?

Continuará…

3 comments
  1. Te falta demostrar -y dudo que se pueda- por que el «estilo clasico» salvaguarda la virtud y evkta que eñ hombre caiga en el tro SAV. Es que no hay casos, que todos conocemos en los que uno se pasa mucho mas tiempo del normal vistiendose y arreglandose para luego salir vestido muy decente, ¿es que la superficialidad nose puede alcanzar vistintiendo bien, el amaneramiento cuidadno el bigote y la vanidad reviniendo comentarios tipo «estas hecho un guante, «eres todo un caballero» o «que bien vistes»?

    1. Víctor Manuel, yo creo que podría decirse aquello que dijo otro mucho más inteligente: que hay mucha más simplicidad en alguien que come caviar por impulso que pan como método.

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