El verano es la época de las crisis. ​El calor, el mismo que se utiliza de reclamo turístico y como excusa para dar vacaciones, hace exudar los conflictos que durante el año han estado madurándose. El tiempo que debería servir para descansar en familia, o para viajar con viejos y nuevos amigos, es el culpable, el reactivo que desencadena que las dificultades que han permanecido gestándose bajo la superficie, ocultas, ahora emerjan. ​​

El verano es la época del año en que menos tiempo pasamos solos, y también la época en que más esfuerzo ponemos en no estar solos. La época en que menos tiempo pasamos solos porque nos empeñamos en acompañarnos de banal ruido y ocupamos el tiempo en perderlo, mientras que quienes realmente quedan solas son las promesas baldías de creaciones y empresas elevadas. El tiempo que debería servir para descansar y asentarse, acaba siendo el de perseguir aglomeraciones y de nomadismo.

Incluso durante el verano, cuando el cielo es más claro y las estrellas más visibles, debemos alejarnos de la ciudad, donde la contaminación impide ver con claridad, para poder contemplar el firmamento; del mismo modo, para alcanzar lo más humano y, por tanto, elevado, debemos alejarnos del ruido y abrazar voluntariamente el silencio, fuente de sensibilidad ¿Cuántos compositores, pintores, escritores, compusieron, pintaron, escribieron, inmersos en el ruido?

El ruido, ese el gran signo de nuestra época, y este verano, uno de sus aliados. Vivimos en una época en donde el sistema nos promociona viajes a sitios que nadie conoce, que nadie anhela, pero a donde todo el mundo acaba yendo. Y no solo viajes de verano, ¡sino vidas! ¿Quién no ha escuchado presumir a una madre (orgullosísima) de su hija que trabaja en una multinacional en Canadá o Japón? Sumergirnos en el griterío, al final y al cabo, cortar el hilo de todo aquello que puede hacernos despertar en cualquier momento. Estimulado, claro está, por las nuevas tecnologías que nos invitan a diluirnos en la tribu y no quedarnos atrás, pasar a formar parte de «los muchos», de los desarraigados.

Me gustaría poder hablar de la tranquilidad que se respiraba en el pueblo donde nací, de los saludos diarios a los vecinos y las conversaciones ordinarias con el panadero, de las risas sanas durante el verano en el río en donde besé a la primera chica, pero me temo que poca gente de mi edad ha pasado por algo parecido. El hilo está roto y solo nos queda la nostalgia de algo que nunca hemos vivido. La realidad es que encontrar una armonía exterior se ha vuelto más complicado que nunca, dinamitados los puentes y plataformas que solucionaban los problemas de siempre, es el turno de construirlos de nuevo. Alejándonos del ruido.

Sin silencio exterior no es posible que nos hagamos las preguntas correctas, que solo con silencio interior podemos responder. La desconexión de la que hablamos no es simplemente generacional, es también una desconexión con lo más humano, y por tanto, elevado. Este hilo, que va desde lo más alto hasta nuestros antepasados, se ha roto, e impide que veamos la vida más allá de pretensiones egoístas o búsquedas de placer, una rotura que nos animaliza y nos arranca la personalidad, haciéndonos esclavos de apetitos y modas. En perjuicio, y sin lugar al que atenernos, aparece una corriente que nos arrastra al gregarismo más deshumanizador, presente en todas las distopías que han sobrevivido el paso del tiempo, y, paradójicamente, uno de los males que hacen brotar los conflictos y romper los vínculos. Bajo la sensación de socialización masiva, y alentados por el sistema y las nuevas tecnologías, perdemos el superior contacto con los pocos, y con nosotros mismos, para tener un contacto vacío con los muchos, cuando el verdadero vínculo reside en conocer a los pocos, pero conocerlos mejor. Perdemos el sentido de la tranquila comunidad, que trasciende, que toca sangre y carne, para hundirnos en la ruidosa sociedad, en el voluntarismo hueco de la mera coexistencia, en los ladridos indistinguibles. ​​

¿Cómo cuidar los vínculos, la armonía de la vida exterior, sin el enraizamiento de una vida interior? ​​

Debemos entender, como la Señorita Prim, «que la inteligencia, ese maravilloso don, crece en el silencio y no en el ruido», y ser conscientes de que no vivimos en San Ireneo, sino es un lugar que se parece demasiado a lo contrario, un lugar (mundo moderno) que en palabras de George Bernanos «para entender, hay que empezar por admitir que, ante todo, es una conspiración universal contra toda clase de vida interior».​​

No es el aislacionismo el remedio frente a las riñas y conflictos, nada hay más gregario y conflictivo, que encapsularte y creerte único, formar parte de un archipiélago de unicidades. Somos naturalmente comunitarios, y como nos advertía Aristóteles «un ser humano que vive fuera de la polis o es un animal o es un Dios. Y su destino es el mismo que el de un pie o una mano amputada». ​​
Tampoco es la soledad en sí misma la que aporta valor, es tan solo el campo abonado donde aparecen el recogimiento y la reflexión que pueden hacer fermentar nuestra vida interior, el verdadero norte que debe perseguir el ser humano. ​​

«Si se entendiera el concepto de vida interior, se podría recuperar la cordura de la civilización, y especialmente, la poesía del hogar» GKC.

 

Ignacio Albañir

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