Llevaba días queriendo escribir algo sobre la peregrinación a Fátima que tuvo lugar el fin de semana del 13 al 15 de septiembre, pero no me he decidido hasta ahora que un buen amigo al que admiro me hizo entender la utilidad de hacerlo. Sepa el lector que no soy un cronista ni pretendo serlo —como descubrirá en las líneas que vienen—, así que relataré los frutos de esta peregrinación como bien pueda y sepa, sin quizá un detalle minucioso del itinerario vivido. Me centraré sobre todo en tres puntos que querría meditar pues, si este escrito no sirve para reflexionar, más valdría prenderle fuego.

Llegaba tarde, para colmo se había retrasado el metro. Me encomendé a la Virgencita y soporté paciente la llegada del metro a Moncloa. Allí habíamos quedado para salir en bus rumbo a Lisboa. Para suerte mía, cuando fijaron las 17:00 como hora de partida, pensaban en gente como yo que llegaría tarde. Salimos a las 17:30hs. Había muchas caras nuevas y, sorprendentemente, un alto porcentaje de chicas. Eso es bueno. Mi tío el cura siempre me decía: «desconfía del grupo en que no haya chicas. Las mujeres tienen un sexto sentido para captar al vuelo si un grupo es “normal” o no y, si no lo es, no van». Así que empezábamos muy bien.

El viaje Lisboa fue largo, unas ocho horas desde Madrid, pero parando antes en Badajoz para recoger a la comitiva de Sevilla y Córdoba. Llegamos a Lisboa pasada la medianoche, y aquí viene el primer punto de reflexión:

La hospitalidad católica.

Sin duda, todos los peregrinos que íbamos desde España fuimos aleccionados y agasajados con la hospitalidad de los portugueses. Soy sincero si digo que nunca había visto manifestación tan perfecta de la hospitalidad, que es hija de la caridad. Eso me llevó a plantearme seriamente el reformar mi concepto de la caridad con el forastero.

«Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el establecimiento del mundo: Porque […] era huésped, y me hospedasteis.» (Mt. 25, 34-35)

No sólo fueron hospitalarios por esperarnos hasta las dos de la mañana con una sonrisa siempre abierta como sus puertas, con un piscolabis para mitigar el cansancio del viaje, sino también por alojarnos gratuitamente en sus casas, y por estar en todo momento pendientes de cualquier necesidad que tuviésemos. En toda la etapa de Lisboa no tuvimos que gastar ni una sola peseta porque los portugueses quisieron costearnos todo. Tuvieron también la gentileza de guiarnos por el casco antiguo de Lisboa con diligencia servicial. Verdaderamente tenemos mucho que aprender de estos jóvenes lusitanos, y dudo que estemos a la altura si algún día ellos nos visitan en España.

Al menos, cuando en el juicio final ellos pregunten al Señor cuándo fue huésped y le acogieron, allí podremos estar nosotros para dar testimonio.

El segundo punto de reflexión es un tanto delicado:

La ausencia de pietismo religioso.

Pasa a menudo en ambientes católicos que cuando se realiza un campamento, peregrinación o viaje, los organizadores tienen horror vacui. Esta psicopatía de la que he sido testigo en numerosas ocasiones, provoca una acedia o hastío espiritual en los peregrinos, al haber constantes y perpetuas visitas a iglesias, museos, excesivos actos de piedad… y cuando uno piensa ilusionado que por fin llega el momento de la recreación, Hora Santa, o plática. No tengo absolutamente nada en contra de la Hora Santa, de lo que estoy en contra es de esta psicopatía que hace que el alma no descanse y que finalmente vea una Hora Santa o una Misa como una carga y no como un momento de sosiego ante el Señor. He llegado a tener, en un viaje-peregrinación que hice con un grupo, una Hora Santa a las 00:00 porque no había dado tiempo durante el día por las visitas a iglesias y catedrales, por las pláticas y demás.

En fin, quería hacer notar que en esta peregrinación no hubo nada de esto sino que, al contrario, hubo un perfecto equilibrio entre los momentos de recreación libre y los momentos de oración o reflexión. El alma respiraba sin asfixia todo lo que se iba recibiendo. Llegamos a Fátima el sábado por la tarde, y tuvimos momento de ir por libre a tomar un café y charlar, y luego cenar. Y después de la cena nos sumamos al rezo del Rosario en la Capelinha para luego finalizar con la procesión con la Virgen de Fátima en andas alrededor del recinto del santuario. Después, un rato libre de oración personal. Al terminar, quien quisiese podía ir a dormir al hotel o podía quedarse tomando alguna cerveza entre amigos. Eso a voluntad de cada uno. Al día siguiente tuvimos el gozo de asistir a  primera hora a una Misa solemnemente celebrada, con una música realmente sacra. Qué presto está el ánimo y qué dócil el espíritu en las Misas matinales, en el momento más fresco del día. Luego hubo desayuno largo, y partimos para hacer la Via Sacra. Fue realmente edificante el Via Crucis. Después comimos y partimos vuelta a España.

Este oxígeno espiritual que respirábamos por la ausencia de asfixia pietista fomentó también que en los ratos de recreación, entre conversaciones, cantos y cervezas, y gracias al ambiente afable que había, fuese cuajando una amistad verdadera. Y con esto llego al tercer punto de reflexión y termino.

La amistad

Objetivamente un fin de semana (de dos días y medio) es un tiempo corto para conocerse pero, por influjo de la Santa Madre de Dios, nos fuimos de aquella peregrinación con una amistad fortificada. También es cierto que la verdadera amistad suple la brevedad del tiempo. Y ¿qué es la amistad? Dice Aristóteles que un alma en dos cuerpos. Que las almas de dos amigos sean una y los cuerpos dos quiere decir que hay comunión plena de ideales. Esa es la verdadera amistad. Y se puede tener certeza de ello aunque el tiempo de conocimiento sea breve. Cuando leí la novela caballeresca «Perceval», me sorprendió en aquel momento que los caballeros Perceval y Gauvain se juraran amistad perpetua cuando se conocieron. Ahora entiendo qué vieron el uno en el otro: un alma noble y pura, y una comunión de ideales. Algo similar pasó en esta peregrinación. Éramos todos conscientes de la comunión de ideales entre los que estábamos allí, y ello facilitó el surgimiento de la amistad (también es verdad que la cerveza tiene un no sé qué que ayuda).

Sea como fuere, el ambiente cálido y amistoso que se vivió en la peregrinación fue extraordinario. Pero, aún hay una amistad más perfecta que también se pudo vislumbrar en algunos casos, y es la amistad perpetua entre un varón y una mujer.

«Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gn. 2, 24)

La unidad de amistad entre varón y mujer ya no es sólo de alma, sino también de cuerpo.

Pero hay todavía una más perfecta y es la amistad entre un consagrado y Dios. Amistad por la que el primero entrega su cuerpo y alma al Señor, y ésto no por ser iguales al Señor (como sucede con los amigos) , sino con el deseo y la voluntad de que Dios los haga iguales a Él.

Es bello ver que de una peregrinación como ésta puedan surgir frutos también en ese aspecto. Cada cual según su vocación, si es fiel al Señor y se encomienda a la Virgen, verá colmado su anhelo.

Termino ya esta pseudo-crónica. Me he ido por las ramas, pero ya avisé que no soy cronista, así que quedo exculpado. Esta peregrinación a Fátima ha sido una bendición para todos nosotros. Dios quiera que nos anclemos a los pies de María para que interceda a su Hijo por nosotros, y que suba como incienso a su presencia todo el bien que podamos hacer en este grupo que se está gestando.

¡A Cristo por María!

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