Si eres una de esas víctimas que engrosan la incipiente clase social de la nueva esclavitud, es muy probable que cada mañana cojas el metro para acudir a tu cantera particular en la que picar piedra para la erección de las nuevas pirámides de Giza, quienquiera que sea tu Keops del siglo XXI.

Oye, no esta tan mal. Al fin y al cabo, entre lo que coges un metro y otro, te da tiempo para desayunar 15 cl de un compuesto de lactosa y achicoria deshidratados con agua caliente que se adquieren en máquina por 20 céntimos, lo llaman café. Eso si eres un afortunado y te lo permiten los ingresos de tu coworking como rider de Uber eats o Deliveroo tras pagar la mensualidad del Coliving con tu compañero de género fluido-no binario.

Es interesante y agradable observar, cuando coges el primer metro de las 8 a.m., dos largas hileras de asientos libres, vacíos, donde poder ingerir a gusto tu dosis diaria de manipulación en prensa digital o papel durante los siguientes 30 minutos hasta la oficina.

Es a partir de este momento donde puedes cambiar algo. No, nada o casi nada de lo que acabamos de describir como un magnífico día más. Es otra cosa. Si te fijas bien, observarás que cada vez que se abren las puertas del metro, se renueva diariamente un desembarco de Normandía particular, en el que cientos de miles de neoesclavos combaten a muerte, fríos e impasibles, con la necesidad imperiosa de ocupar una nueva posición: los asientos.

Absorto, un incómodo y maloliente homeless interrumpe tus reflexiones sobre como rescatar chimpancés en peligro de extinción por la desaparición de la flora y fauna amazónicas: “A este le voy a dar yo ni la hora, para que se meta cuatro rayas… ¡Es el vigésimocuarto en 5 minutos! ¿Es que no se dan cuenta de que la recesión ha terminado? A ver si consultan el Ibex de vez en cuando…

Minutos después, observas como el homeless se levanta silenciosa, discretamente de su asiento, al percatarse de que una mujer había salido escaldada en una escaramuza contra 4 hombres, y que ya gozaban de su victoria sentados leyendo 50 sombras de Grey y el nuevo bestseller sobre escándalos del Vaticano, evitando eso si cualquier manifestación de manspreading. A lo que la mujer, María Cruz de la Esperanza, sin percibir la caballerosidad del harapiento, ocupó el asiento ahora vacío, pudiendo descansar frente a las 18 horas que llevaba limpiando casas sin descanso.

Por lo visto, si se es mujer e hispana, no es fácil ganarse la vida de otra manera. O quizá no se las deja… no han tenido la suerte de llamarse Aanisa, Halima o Mawiya y percibir 1300 euros mensuales de subvenciones públicas.

El homeless, aliviado, continuó su marcha subterránea a ver si encontraba algo de comer. No hacía más que leer en los periódicos como la crisis había terminado, pero cada día su “competencia” no hacía sino aumentar en los viajes de metro. Mejor, pensarían algunos, no es bueno que nadie ejerza el monopolio, ni si quiera sobre la caridad.

Pero, lo que realmente le alivió, fue poder continuar su marcha sin una nueva hostilidad por su acto de caballerosidad. Ya había aprendido de otras ocasiones, en las que se levantaba activamente para ceder su asiento a alguna mujer, y esta le abofeteaba por su brutal acto de machismo y paternalismo, digno del heteropatriarcado de las élites capitalistas y financieras.

Desde entonces, el homeless ocupaba los sitios, diariamente, guardándolos hasta que una mujer o ancianos que lo necesitasen más que él, entrasen al metro para comenzar una nueva y alegre jornada laboral.

Y así es como comenzó la epopeya de la Contrarrevolución de los asientos. Cada mañana, en tu metro más cercano.

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