Ayer tuvimos la gracia de poder estar presentes en la última misa en la basílica del Valle de los Caídos antes de que se cometa la ya inminente profanación de la tumba del general don Francisco Franco Bahamonde. Podemos decir que esto ha sido una gracia del Señor, el poder haber acompañado a los monjes en este duro tránsito y al Generalísimo en estos sus últimos momentos en el que ha sido su lugar de reposo durante casi 44 años.

Es ciertamente lamentable la actitud de muchos, y no sólo la del gobierno socialista (cuya actitud es infame, cobarde y vil), sino la de los que tendrían que haber alzado su voz por esta acción injusta. Y no me refiero a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado (cuyas acciones en todo este asunto de la profanación son igualmente indignas e indecorosas con el honor del que hacen gala), sino a aquellos que dentro de la Iglesia deberían haber reaccionado.

Francisco Franco fue un hombre. Tuvo sus defectos, errores y pecados como cualquiera; de eso nadie se salva, excepto la Santísima Virgen María que fue Inmaculada. Pero Francisco Franco fue el modelo de gobernante católico en nuestro tiempo contemporáneo. Fue galardonado con la máxima condecoración que la Santa Sede puede conceder a un católico: la Orden Suprema de Cristo. Y es que salvó a la Iglesia Católica en España, en lo que se refiere a su parte humana y material. Y desde joven fue un ferviente católico. Además, como dijo el profesor García Paredes, el general Franco concedió a la Iglesia, después de la Cruzada Nacional, la tutela moral de la sociedad (y le dejó hacer su labor en paz), permitiendo su inserción en las escuelas, hospitales, Ejército, etc. Eso es algo que llevaba sin verse desde los tiempos anteriores a la revolución liberal en España, tiempos en los que se empezó a poner trabas y persecución a la Iglesia, aun a pesar de seguir siendo España un estado católico. Hoy parece que hemos vuelto a esos tiempos jacobinos.

La Iglesia siempre ha definido una doctrina social, concretada especialmente desde los dos últimos siglos, con los acontecimientos de las revoluciones liberal y marxista. Y el gobierno de la España de Franco ha sido el que más se ha aproximado a lo que propugna la DSI. No se ha visto mayor obra social desde hace siglos (sanidad, educación, trabajo, fomento de las infraestructuras, mejora en general del país), por mucho que se intente oscurecer y ennegrecer su obra.

¿Tiene la Iglesia española un deber de gratitud con el general Francisco Franco? Sin duda alguna podemos afirmarlo. Y es por ello que no entendemos (o sí) las actitudes silenciosas, calculadas, políticamente correctas, de ciertos jerarcas eclesiásticos y determinados seglares, especialmente la del silencio ignominioso en que se han instalado ante estos sucesos. La sociedad no va a dejar de odiar o vituperar a la Iglesia menos porque en este asunto se hayan puesto de perfil estas personas.

De bien nacidos es ser agradecidos. Por eso, los que reconocemos la labor del general Franco, no cejaremos en nuestro empeño de mantener, siempre fieles, su memoria, lo que hizo y significó para nuestra patria. Cada uno en sus grandes o pequeñas batallas. Pero ahora nos toca redoblar, lo primero, las oraciones por España. Y, en segundo lugar, trabajar con más denuedo por todo aquello por lo que creemos.

¡Viva Cristo Rey! ¡Arriba España!

 

Fuente: https://contramundum1793.wordpress.com/author/contramundum1793/

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