Al templo del Pilar, por el día de la Hispanidad:

Este pilar, partido en cuatro partes,
que sostiene las puntas de la tierra,
es el hogar del que por ellas erra
sin hacer distinciones ni descartes.

Sus ladrillos, sus lámparas, sus artes,
ocultos tras cien búgulas de guerra,
son corazón caliente al que se aferra
el de uno, como a propios estandartes.

El fuego en sus sagrarios cuando abrasa
y el jaspe bajo el manto que te absorbe
con un beso lanzado a su misterio

se hacen lumbre, y la lumbre lo hace casa,
la casa de cualquier mortal del orbe,
el orbe que aguantó solo un imperio.

 

A la Inmaculada Concepción:

Pañuelo tú, que con el viento leve
maculosa escisión guardas apenas,
sin importar del cielo las obscenas
nubes que impulsa su estornudo breve;

delgado tul, a quien el mundo debe
el tímido claror que hay en sus venas,
nieve como la miel de las colmenas,
dulce, sabrosa y pura miel de nieve;

la presencia en mi boca purifica
de tu sabor, como morder el cielo,
mi existencia, pues loaros melifica.

Eres como ave albar, alzado el vuelo,
que la blancura celestial duplica;
como un pañuelo tú, como un pañuelo.

 

Alejandro Alonso Pérez.

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