Vivimos en una época donde los grandes medios de comunicación de masas envían mensajes contradictorios. Por un lado, se nos dice que nunca en la Historia de la Humanidad habíamos disfrutado de un periodo tan largo de paz y con un nivel de vida tan sofisticado… al menos en Occidente. Por otra parte, a diario somos bombardeados con noticias sobre tensiones geopolíticas, guerras frías comerciales y un inminente apocalipsis medioambiental. Entre medias pasan inadvertidos detalles que bien podrían servirnos para comprender cuál es la mentalidad de la sociedad que nos ha tocado vivir. No, lector, no me refiero a la esperpéntica propaganda homosexualista que ni siquiera deja en paz a los niños bajo las excusas de la diversidad, la tolerancia y la libertad. Hay síntomas de la decadencia de nuestro mundo que, no siendo ruidosos y pasando totalmente inadvertidos, son igual de preocupantes.

Hace poco se hacía público que Washington será el primer estado de los Estados Unidos en permitir el empleo del «compost humano»[1], definido como un «proceso acelerado que convierte los cuerpos humanos en tierra fértil en un mes». Esta decisión se ha justificado en necesidades medioambientales, apelando sus defensores que «supondrá un avance para el medio ambiente, ya que los cuerpos no ocuparían espacio, no se filtrarían sustancias químicas al suelo como ocurre con el entierro tradicional y se reduciría el proceso de liberación de dióxido de carbono en el aire durante la cremación». Como era de esperar, no han faltado los argumentos del beneficio económico: «La denominada reducción orgánica natural tiene un coste más bajo, con un promedio de 5.500 dólares frente a los 7.000 dólares de un entierro tradicional en los EE.UU, según datos del 2017 de la Asociación Nacional de Funerarias». La fecha clave será el 1 de mayo de 2020, momento a partir del cual los residentes en Washington tendrán las opciones de elegir entre ser enterrados en un ataúd, la incineración o convertirse en abono.

Hace tiempo que las novelas distópicas se convirtieron en la realidad que vivimos. Son más que conocidas las frecuentes alusiones a la neolengua de la novela de 1984 de George Orwell o a los esclavos felices a base de promiscuidad sexual y drogas descritos por Aldous Huxley en Un mundo feliz. También podríamos recordar Farenheit 541, de Ray Bradbury, y como peor que destruir los libros es no leerlos a causa de las distracciones televisivas, al margen de los postureos en la Feria del Libro de turno. Pero en este caso deberíamos acudir a una novela escrita hace más de dos décadas por el reputado periodista José Javier Esparza, quien en «El final de los tiempos» ya planteaba que Occidente caminaría a una sociedad donde, entre otras cosas, los seres humanos serían material de reciclaje en virtud de las necesidades comunes y el medio ambiente. Juzgue cada cual tras leer tanto las noticias oficiales sobre la iniciativa de Washington como lo narrado en la novela de Esparza.

 

«La procesadora de residuos humanos de Bio-Ciclo se hallaba en el Sector 15, hacia el extremo oeste de Cosmópolis (…) El Presidente nunca había entrado allí. Tampoco había sentido nunca la necesidad, ni siquiera la curiosidad de saber cómo sería el recinto sagrado de Bio-Ciclo, el cerebro de la gran máquina limpiadora de Cosmópolis. Para su Potencia, Bio-Ciclo no era más que el nombre de un servicio público gestionado por manos privadas –unas manos que, con frecuencia regular, derramaban generosas remesas de fondos sobre las arcas del Movimiento del Progreso, de la Pirámide y del propio tesoro presidencial. No le costaba ningún esfuerzo suponer que detrás de Bio-Ciclo hubiera alguna irregularidad financiera, quizás incluso algún crimen. Tampoco le inspiraba demasiada simpatía esa gente que había construido su fortuna sobre el reciclaje de todos los residuos orgánicos de la Ciudad, incluidos los restos humanos (…) En el Año 13 de la Era de la Reforma Global se produjo una ola de mortandad insólita: miles de ciudadanos murieron al mismo tiempo, en el espacio de pocas semanas, como consecuencia de enfermedades contraídas durante las guerras de la Mutación. No era posible aprovechar sus órganos, enfermos y deteriorados. Pero, ¿por qué no aprovechar lo demás? (…) Así, finalmente, se aprobó la Ley de Optimización Civil de los Recursos Energéticos, cuyo capítulo 6 otorgaba expresamente a Fénix la potestad sobre los cadáveres de los cosmopolitanos para transformarlos en «bienes de uso ciudadano». (…) Hombre ejecutivo, el Profesor reorganizó Fénix en cinco divisiones con el objetivo expreso de que ni una sola víscera, ni un solo tejido, ni un solo hueso de Cosmópolis, fuera humano o animal, sano o enfermo, nato o nonato, quedara desperdiciado (…) La primera división seguía atendiendo el viejo negocio de los trasplantes: todo cadáver cosmopolitano debía pasar en primer lugar por la planta de extracción y conservación, donde, previa inspección sanitaria, era desprovisto de aquellos órganos que pudieran ser reutilizados (…) La segunda división trabajaba específicamente para reciclar embriones, extremadamente numerosos en Cosmópolis: los desechos de las fecundaciones artificiales del prestigioso consorcio Ars Genética eran concienzudamente revisados y clasificados para, finalmente, proveer de materia a la experimentación. Los restos de ambas divisiones pasaban entonces a la tercera planta, denominada de «transformación», y cuya finalidad era segregar los materiales en función de sus aptitudes prácticas: la piel humana había demostrado que, con un adecuado curtido, podía embellecer los más finos trabajos de marroquinería (…) Y así aquellas materias, que para otros hubieran sido simple escoria, para Fénix eran el surtidor de un nuevo manantial: la cuarta división, denominada «Gástrica», seleccionaba los restos más ricos en nutrientes, los elaboraba según patrones homologados –hidratos, proteínas, grasas- y los empaquetaba al vacío para que Tecnonutrición, el poderoso comercio alimentario de Cosmópolis, aderezara con ellos su rica gama de productos. La quinta división, «Extinción», cerraba el ciclo: en su planta se almacenaba el detritus final del proceso, aquello que no podía ser utilizado ni para los trasplantes, ni para la experimentación, ni para la elaboración de objetos ni para la alimentación, pero que sí podía ser empleado como combustible. De esta quinta planta salían cada día sucesivas cargas con destino a Combustibles Fósiles Guano, el consorcio que junto con su eterno rival, Combustibles Fósiles Óleo, aseguraba la provisión de energía en los hogares cosmopolitanos.

No faltaron obstáculos en el camino de Fénix. El principal de ellos fue la irracional resistencia de ciertos sectores sociales que, por prejuicios religiosos, se mostraban renuentes a dejarse reciclar (…) pervivían contumaces cultos que seguían recomendando la inhumación o la cremación, con el consiguiente desperdicio de energía»[2].

 

Como recuerda el autor en el prólogo de la edición más reciente, «las preguntas que dieron lugar a esta narración no han variado y, aún más, determinados aspectos que hace veinte años aparecían como meramente intuitivos han terminado manifestándose como certidumbres evidentes: la instalación de una cultura de la muerte, la esterilidad como mayor problema de Occidente, la destrucción de cualquier dimensión religiosa, la deformación del pasado, el imperio de la técnica; también la creciente alienación de las multitudes, la putrefacción de la democracia y la sumisión de lo político al poder económico. El tránsito del siglo XX al XXI ha visto la confirmación de todas estas cosas. En cierto modo, el paso de los años ha hecho que El final de los tiempos deje de ser una novela futurista para convertirse en crónica alegórica de nuestra actualidad»[3]. Pero que cualquier parecido con la realidad sea una mera coincidencia no lo hace menos siniestro, sino incluso más preocupante. Teniendo en cuenta que la expresión mercado de trabajo es utilizada de manera habitual por los mismos empleados a los que no parece un problema verse a sí mismos como mercancía dentro del engranaje capitalista, ¿cómo no iba el utilitarismo extremo de nuestros tiempos a exigir que los seres humanos sean reciclados a su muerte para así poder exprimir su existencia terrenal incluso más allá de la vida?

Hubo un tiempo en que los mismos pueblos occidentales responsabilizados hoy de la contaminación vivían de un modo que hoy se define como sostenible. Tal vez, además de concienciar a los consumidores en el reciclaje, los grandes imperios mediáticos deberían asumir la responsabilidad del modelo de producción capitalista en la destrucción del planeta. El problema es que nunca veremos a los poderosos tirar piedras contra su tejado, por ello les resulta tan fácil presentar una idea tan repugnante moralmente como la del abono humano como si se tratara de una genialidad a la altura de la rueda, el barco de vapor y el teléfono. Pero en una sociedad donde la palabra moral equivale a las arcaicas ruinas que exploraba Harrison Ford en las películas de Indiana Jones es comprensible, lo cual no significa que no sea condenable, que abonar frutas y verduras con los cadáveres de los familiares sea un síntoma de progresismo ejemplar.

 

Gabriel García Hernández

 

[1] «Por qué EEUU acaba de legalizar el uso de cadáveres humanos como abono», El Confidencial, 22/05/2019: https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2019-05-22/compost-humano-washington-restos-cadaveres_2017562/

[2] Esparza, J.J.; «El final de los tiempos», págs. 510-516, Editorial Sekotia, 2018, Madrid.

[3] Esparza, J.J.; op.cit., pág. 9.

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