Cierta noche, Jacinto tuvo un sueño muy particular que lo dejó atónito. Soñó que estaba en una casa extraña y desordenada en medio de una gran ciudad. Colgada del cinturón, poseía una vaina en la cual descansaba una espada de doble filo. Allí dentro, había objetos que le resultaban muy familiares, aunque no se detuvo a pensar en esto. Aquel lugar estaba repleto de gente que iba y venía. Todos hablaban gritando, como si estuvieran exaltados por algún acontecimiento. Aturdido por la situación, buscó una salida y no la encontró; solo había una pequeña ventana. Al mirar por ella, contempló una ciudad sumergida en un gran caos.

Había música, sonidos de autos, vendedores chillones, llantos y un sinfín de ruidos. Volvió a mirar dentro de la casa. Esta vez descubrió que en el centro del salón principal, había una pequeña mesita que tenía sobre ella un libro cerrado y una maceta con tierra, sin planta alguna. Casi por impulso caminó hasta el centro y abrió el libro. Esto le produjo una turbación inesperada; el libro estaba escrito en un idioma ininteligible, y apenas se lograba divisar la tinta. Al detenerse sobre el texto, notó con pesar que la ciudad entera, y más aún la gente dentro de la casa, gritaba con más fuerza y el caos aumentaba. Sin embargo, percibía que una voz profunda trataba de hablarle, mas no lograba oírla bien. No sabía si estaba imaginando o de veras la sentía. Enojado, volvió a tratar de interpretar el libro pero, en ese mismo instante, dos alterados hombres de la casa lo derribaron de un empujón. Esto fue motivo suficiente para entender que aquella gentuza no quería que hojeara el misterioso libro. Una vez más lo volvió a intentar pero, esta vez atento, había visto venir a un hombre con un puñal y, en el momento que lo quiso apuñalar, Jacinto, con un rápido movimiento de espada lo derribó.

Tras caer al suelo, la ciudad entera gritó con ira, como en señal de guerra. Así se las tuvo que ver el muchacho con la gente de la casa, hombres y mujeres arremetían contra él y éste los derribaba al filo de la espada. Tras un largo combate, logró  que la gente le tome miedo, y se apartaron de él, mirándolo despectivamente. Por fin, cansado, vio que reinó un gran silencio en la ciudad. Luego de descansar un poco, y pasada la agitación, sintió deseo de volver a observar el libro, ahora con tranquilidad. Sin embargo, seguía sin entender. Comenzaba a pensar que no tenía sentido, cuando sintió de nuevo esa voz que quería hablarle, pero descubrió que aún era sofocada por otros ruidos a los que no había prestado atención anteriormente.

Allí quedó en silencio, tratando de descifrar de dónde venía aquel alboroto, hasta que pudo descubrirlo. No venía ni de afuera ni de adentro, mas bien, bajo la casa. Buscó pues la puerta que lo guiara al sótano. No le fue difícil encontrarla; en una pequeña puerta de un rincón, descendía una escalera de madera en espiral que se perdía en las penumbras.

Antes de bajar, tomó un palo, y enrolló sobre el mismo un trozo de tela empapado en aceite y encendió una antorcha. Ahora sí, estaba listo para descender.

Si antes había bullicio, inexplicable es el griterío que habitaba en aquel cuarto oscuro. Apenas si su antorcha iluminaba medio metro y la oscuridad era como un humo espeso. Aquellas voces y ruidos, si bien eran más fuertes, poseían una realidad distinta. Provenían como del más allá. Con asombro notó que reconocía casi todas las voces. Escuchó la de familiares, amigos, enemigos y ruidos de situaciones donde él había estado. Allí  encontró también una ventana, y al mirar por ella vio una ciudad llena de recuerdos, y todos poseían movimientos y sonidos, como si estuvieran ocurriendo en el presente. Al volverse al interior de la casa, se turbó sobremanera al encontrar en el centro lo siguiente: Una mesita, con un libro y una maceta llena de tierra, sin planta alguna. Cómo explicar lo agobiado que comenzó a sentirse, le caían lágrimas por el miedo a no entender nuevamente aquel libro. Pero fue, y lo abrió. Casi no lograba leer, mas, una luz de esperanza le encendió el corazón. Si bien no entendía lo que el texto decía, notaba ahora que las formas de las palabras le insinuaban algo muy serio e imponente, como si fuera un secreto de mundial importancia. Cuando quiso mirar más de cerca, aquel sótano y su misteriosa ciudad, estalló en ruidos, tan fuertes, que hacían vibrar el ambiente. Y fue derribado. Su antorcha rodó por tierra, yendo a parar lejos de él. A tientas sentía Jacinto puñetazos en su rostro y en el cuerpo, hasta que, lleno de furia desenvainó su espada y comenzó a descargar terribles golpes a su alrededor. Sin ver, sentía cómo sus enemigos caían gritando de espanto y de dolor. La guerra continuaba, y pensaba hasta cuándo iban a durar sus fuerzas. Y cuando ya no daba más, gritó con una fuerza desconocida; y como si el mismo trueno tuviera voz, hizo callar aquel misterioso mundo. De este modo, quedó todo en silencio.

Casi arrastrándose buscó lo que quedaba de su antorcha y se acercó al libro para mirarlo otra vez. Contemplándolo largas horas, presintió que nunca lograría entenderlo. Sin embargo, en aquel momento, volvió a sentir aquella voz que le hablaba, pero nuevamente era tapada por un par de rechinares extraños, como de animales. Otra vez, el bullicio ascendía desde abajo.

Un tanto desorientado, descubrió nuevamente otra escalera, que bajaba a lo oscuro. Y allí fue. Nada de los ruidos anteriores competía con esto. Eran ruidos casi imperceptibles, pero, para el oído atento, poseían un tono tan agudo, que ensordecía el tímpano, dando la sensación de que este iba estallar. Eran emitidos como por animales voraces y malignos. Y vio otra ventana. Esta vez se observaban todos los deseos pasionales que poseía. Aquellos gritaban y se retorcían como bestias salvajes. Automáticamente volvió la vista al cuarto para ver la misma imagen, del libro y la maceta. Al abrirlo, notó lleno de temor que las letras tenían una tenue luz propia, y que esta vez sí entendía las palabras, mas no aún el significado de las frases. En ese mismo instante, sintió que unas garras le hirieron el pecho, y cayó con sangre al suelo. Las bestias aumentaron sus chillidos. Sabía el pobre Jacinto por su estado, que de esta no se salvaba, sin embargo presentó batalla. Se puso de pié y derribó unas cuantas fieras, pero cayó otra vez al suelo, al sentir unos colmillos fríos en su espalda. Todo llegaba a su fin, tomó de su bolsillo el rosario que portaba e invocó el auxilio de la Virgen Madre de Dios. Al oír la súplica, las bestias chillaron de espanto y se llenaron de odio. El muchacho desmayó, pero alcanzó a ver cómo una Dama llena de luz y esplendor, pisaba la cabeza de aquellos monstruos.

Al abrir los ojos, escuchó con sorpresa aquella voz que lo atraía. Esta vez sonaba sin estorbos. Entendió que debía bajar una vez más y así lo hizo. Al llegar, todo era tranquilo y el libro permanecía en el medio. Con temor lo abrió, y al hacerlo cayó por el suelo, invadido de un gran temor. Las letras brillaban como llamas candentes, y esta vez sí lo entendía. No tuvo que leer nada, el libro mismo le hablaba con voz de trueno y cascada.

Nunca recordó cuánto tiempo pasó en aquella situación, pero cuando todo calló, pudo observar que el libro se había cerrado. Al costado, en la maceta, había crecido un brote. Junto a la mesa, había un agujero oscuro en el suelo, sin escalera.

Poco a poco empezó a escuchar ruidos que provenían desde los cuartos de arriba y la agitación comenzaba a reanudarse lentamente.

Fue allí, donde oyó una voz hermosa que le dijo:

-Es tu decisión, o resistes con la espada en la puerta, o tomas el brote y saltas con él más abajo-.

En el momento en que Jacinto había tomado una decisión, despertó del sueño, y se encontró solo en su habitación. Al costado, en su mesa de luz, yacía la Santa Biblia.

 

MORALEJA:

“El que nunca hace silencio, jamás podrá escuchar”

 

Federico Puliafito.

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