«Madrid ya no engendra héroes. Se ha convertido en una ciudad cobarde». Fue el pensamiento que secuestró mi mente al salir de casa en una otoñal tarde de martes. Influido emocionalmente por las novelas que hacía pocos minutos había estado leyendo y siendo consciente de ello, me encuentro paseando por calles madrileñas rodeado de jóvenes víctimas de la posmodernidad. Cubiertos sus cuerpos con atuendos, y custodiadas sus cabezas por peinados que pareciera competir ambos por lograr el premio al culmen del mal gusto y de la extravagancia, se revela el profundo vacío del alma que reina en sus vidas. Se entretienen en conversaciones dignas de relatar por ser la perfecta expresión de la levedad de un ser humano, al tiempo que el barrio se inunda de personas de movimientos nerviosos y atolondrados carentes de cualquier atisbo de virilidad o elegancia. No queda heroísmo en esta ciudad, repite irreductible mi mente.

A lo lejos, impactan en mis oídos gritos procedentes de la plaza de Sol. Decido acelerar el paso para alcanzar a ver el espectáculo que allí estaba teniendo lugar. A mitad de camino, alzo la vista a un majestuoso símbolo de la civilización que preservan estas calles, un bello crucifijo de piedra. Corpus Domini Nostri Jesu Christi custodiat animam nostram in vitam aeternam, digo para mis adentros y prosigo la marcha. A pocas decenas de metros de aquel céntrico lugar madrileño, como una afilada daga atraviesa mi corazón un sentimiento de rabia. Hondean al viento cientos de trapos separatistas destilando hedor de alta traición e infamia. La situación se agrava al percatarme de que esos símbolos de odio y supremacismo protestantoide no son portados por los hijos de las instituciones secuestradas por la secesión, sino por desleales compatriotas madrileños.

Una vez desaparecida la rabia que de mí se había apoderado, el presenciar tan repulsivo esperpento sin respuesta alguna revuelve mis entrañas con tristeza. Salpica de nuevo mi ser la lúgubre idea de que no hay ni rastro de valentía en esta ciudad. ¿Es que ha muerto para siempre nuestra sangre?, me pregunto. La necesidad de actuación comienza a aflorar en mis venas como rosas en la primavera. Prontamente, reclamo el apoyo de dos camaradas, que acuden prestos a cumplir con nuestro deber. Subiendo al coche de uno de ellos, nos disponemos a aportar un pequeño grano de arena a la contrarrevolución que nos corresponde y que ha de ser obra nuestra. Con almas vibrantes nos apresuramos a recoger exultantes nuestras banderas de sangre y oro.

Ya de vuelta en la plaza, salimos del coche con la sangre desbordada. Una vitalidad inusual recorre nuestros tres cuerpos en medio de un océano de podredumbre. Es la dulce caricia de la amorosa madre Patria que agradece a aquellos hijos suyos que se disponen a defenderla. Con la seguridad que brota del saber que se hace lo correcto, alzamos nuestras banderas e, introduciéndonos contundentemente en el tumulto enemigo, comenzamos a gritar hermanados y a una sola voz: ¡viva Cataluña española! Los cuerpos de seguridad acuden inmediatamente, nos sacan de allí y nos obligan a marcharnos. ¡Madrid no engendra héroes! ¡Detesta el heroísmo! La rabia es seguida por una terrible impotencia. Es entonces, cuando toda esperanza parece desvanecerse, el momento en que algo más de quince camaradas aparecen altivos y audaces. Combativos y decididos, se disponen a presentar batalla a las hordas separatistas que se habían hecho con la plaza. El prodigioso David contra Goliat de nuestros días. Esta vez sin victoria, pero con la firme resolución de entregar la vida si fuese necesario por una causa que trasciende a nuestro propio yo. En pie por nuestra amada España. Terminan todos ellos apaleados por la multitud y apartados por los responsables del orden público. Se ven obligados a dispersarse. Vencidos, esta vez, sí. Pero, con su humilde y valeroso gesto han arrancado de nosotros la impotencia que padecíamos. Se han convertido en el vivo ejemplo a seguir de todo aquel joven que quiera considerarse digno heredero de la sangre hispana. Se ha prendido una llama que ha hecho que vuelvan a arder nuestras almas, para ya no sofocarse nunca.

Con los corazones encendidos, nos dirigimos entonces a una iglesia próxima para encontrar la paz que solo el más alto Señor nos puede conceder. A medida que nos acercamos, cruzan nuestras miradas la de un viejo sacerdote por todos nosotros conocido y, sin ser él consciente de ello, infinitamente apreciado. Ahí, silencioso y humilde, va otro héroe. De elegante y sacra sotana negra tanto más vieja que él, Rosario en mano y un paso cansado fruto de algo más de ochenta años de existencia. Pasa hoy sus días solo, sentado en un confesionario soportando nuestras miserias y cerrando para nosotros las puertas de la gehena que irresponsablemente decidimos abrir de manera recurrente. Ignorado por el mundo, por esa calle camina un hombre que encarna esplendorosamente la virtud de la abnegación más absoluta, del esforzado sacrifico y de la entrega a Cristo hasta el último instante que el Señor le conceda. Un hombre que lleva forjándose en el heroísmo todos y cada uno de los días de su vida. Ahora, deteriorado físicamente y con las capacidades intelectuales algo más mermadas que en los gloriosos años de su juventud, sigue saliendo cada mañana a la calle con su símbolo de consagrado. Sin titubeos y sin importarle sesenta años de insultos, miradas de desprecio y escupitajos de una generación de esclavos nihilistas, sigue abrazando su cruz valerosamente, cuando hace ya tiempo que muchos de sus hermanos desfallecieron.

Presenciados en esta romántica tarde, el fuego propio y digno de la juventud junto a la hermosa perseverancia en el amor de aquel santo anciano, entendí que me equivocaba. Me equivocaba profundamente. Entendí que el heroísmo sigue presente en nosotros y que la bandera sigue alzada entre las llamas. Entendí que, como todo lo bueno, escasea, pero que esto siempre fue así. Entendí que, aunque pocos, a veces derrotados y perpetuamente maldecidos, a la civilización siempre la salvan un puñado de valientes que tienen el coraje de ir contracorriente.

 

Emilio EH López de Sagredo.

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