“Vosotros me decís: «Maestro» y «Señor», y decís bien, porque lo soy” (Jn 13, 13)

Cuando Nuestro Señor increpó a sus apóstoles, tras su duro discurso sobre el Pan de Vida, si ellos también iban a abandonarlo, San Pedro contestó como si de una evidencia se tratara: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Mt 10, 9). Las Sagradas Escrituras, pero también la Historia y la Literatura, son un constante recordatorio de que el hombre busca depositar su confianza en personas a las que mira con veneración y respeto: maestros, pastores, guías, caudillos y señores, todos ellos figuras de autoridad que comparten una similitud. Sacian un deseo profundo y misterioso de dirección, actuando como señales en el camino hacia la meta de nuestras vidas.

Es ésta una verdad natural: el hombre necesita sentirse guiado. Esto nos habla muy profundamente de nuestra naturaleza social: nuestra necesidad de aprender lo que nos rodea de la mano de un desvelador apunta claramente a que somos seres sociales, seres jerárquicos, en quienes el aprendizaje es, como diría Sócrates, una mayéutica: llegamos al conocimiento, ya sea de lo inmediato como de lo trascendente, a través de “matronas” que nos asisten en el “parto” de nuestras decisiones y descubrimientos.

Esta necesidad de figuras de autoridad permea todas las realidades humanas: las familias, los pueblos, naciones, y culturas. Las figuras del maestro y el discípulo perviven desde la filosofía griega hasta las universidades de nuestros días, y no nos es ajena la figura del pastor como imagen de nuestros líderes religiosos. Por alguna misteriosa razón, Dios creó al hombre necesitado de esta transmisión de padres a hijos del conocimiento y la cultura, la autoridad, las normas y las costumbres, una transmisión que fraguada con el pasar de los siglos llamamos Tradición.

Sin embargo, este artículo quiere denunciar una realidad que pasa desapercibida, habida cuenta de tantos y graves problemas que sufrimos en nuestros días, pero que considero que es causa primerísima de que la Iglesia, primero, y el resto de nuestras instituciones, improvisen burdamente a la hora de diagnosticar nuestros problemas y plantear soluciones: el mundo ya no tiene maestros.

Primero, la figura de la autoridad política en los pueblos se diluyó y despersonalizó en el artificioso Estado, y con ello se minaron las que habían siempre sido las autoridades sociales, rurales. Este descabezamiento culmina con el guillotinar de la sociedad primera y fundamental, la familia. La crisis de paternidad que sufren nuestros días proviene, en gran medida, de haber expulsado de nuestras familias la figura del cabeza de familia.

Cuando se destruye la figura del cabeza de familia, hundiendo al varón en una criminalización de su masculinidad, cae naturalmente la última figura de autoridad que quedaba en pie: el pastor. “Yo soy el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas” (Juan 10, 11). Las autoridades eclesiásticas tenían encomendado el cuidado de la grey del Maestro, y con sus cayados nos defendían de los lobos, nos guiaban a abundantes pastos, y nos corregían cuando errábamos el camino. Su paternidad espiritual bebía de una paternidad natural que se observa en cada hombre, aprendida desde la infancia, que es reflejo de una Paternidad Divina. Caídos los padres, no saben serlo los pastores, pues de nadie lo han aprendido.

“Así, nos encontramos hoy con que el mundo muere de sed, y nadie hay que nos guíe hacia fuentes tranquilas, a reparar nuestras fuerzas (Salmo 23).”

Agostado y seco, el panorama social podría no ser muy diferente al de otros siglos, pero antes al menos había líderes naturales a quienes mirar para guiarnos en la batalla contra los avatares de cada tiempo. ¿A quién miramos ahora? Hoy día, frente a otros problemas que son continuos en la historia de la Iglesia, el primer mal de los cristianos podría ser este: somos verdaderamente ovejas sin pastor.

Es esta una llamada de auxilio a quienes debieran estar guiándonos. La Tradición, como su propio nombre indica, es tradere, transmisión, pero se marchita y muere cuando no hay quien la pase de mano en mano. Cuando nuestros pastores no nos conducen a las verdes praderas de la Verdad, las ovejas rara vez las encuentran solas. Cuando nuestros pastores no nos defienden de los lobos de nuestra era, rara vez hay carneros valientes que les embistan, y la lana no es buena defensa contra sus garras y dientes. Su omisión es gravemente culposa, pues a veces parece que pensaran que su ausencia no va a ser notada, que su inacción no tiene mayor efecto, que su falta de guía y pastoreo será automáticamente suplida por otras figuras.

Y en efecto, lo es. Sin embargo, son sustituidos por falsos maestros que, aprovechándose de esta necesidad humana, utilizan a los hombres en beneficio propio. Ya advierte san Pedro contra los falsos maestros, diciendo que “muchos imitarán su desenfreno” (2 Ped, 2, 2), y el mismo Señor nos avisó que muchos vendrían en Su nombre, diciendo “Yo soy el Cristo”, engañando a muchos (Mt 10, 9). Tantas veces preferimos creer en la veracidad poco fundada de quien nos guía, mientras nos otorgue una sensación de seguridad.

Estos falsos pastores toman muy distintas formas, que describiré para concluir, como aviso a navegantes. Al leerlos, antes que apuntar con el dedo, analicemos cuántas de estas actitudes se cuelan en nuestros propios razonamientos y actuaciones, y decidámonos firmemente a luchar contra ellas. Primero, encontramos a los avestruces. Ante la situación actual, que es ciertamente dramática, meten la cabeza en la arena porque les aterroriza la verdadera magnitud de la época que vivimos, y sobre todo, de la infiltración en la propia Iglesia de los males de nuestro tiempo. Antes que reconocer los niveles de podredumbre a los que nos enfrentamos, prefieren hundir sus cabezas en dicha pila de excrementos, hasta que el olor neutraliza su capacidad de reacción. No son capaces de reconocer las raíces de nuestras crisis, pues se tambalearía el mundo en que llevan años viviendo tranquilos, y son así ciegos, guías de otros ciegos. Recemos no solo porque su andadura no los lleve a caer por un abismo, sino para que despierten antes de caer al Abismo del que ya no hay salida.

En segundo lugar, tenemos a los melosos: para estos, a diferencia de los anteriores, no hay razón para meter la cabeza en ningún sitio. Tan edulcorados están que ven la pila de podredumbre de color de rosa, hipnotizados por los beneficios materiales que nos concede esta época apóstata. Nada va mal, en el fondo, y son alarmistas y anticuados quienes así lo creen, incapaces de soltar las ataduras de su pasado y volar libres en la nueva era del progreso y el amor. Dicen las Sagradas Escrituras que el maligno se viste a veces de ángel de luz, y éstos son la perfecta encarnación de esa estrategia. Sin embargo, ya advierte Nuestro Señor que la semilla plantada en medio de los placeres de este mundo era rápidamente ahogada por los espinos (Mt 13, 22).

En tercer lugar, están los unionistas. Al ver como la unidad de la Iglesia se resquebraja, corren espantados como gallinas sin cabeza dando la voz de alarma, suplicando que no se siembre la discordia, en pos de una unidad querida por Nuestro Señor en su Última Cena (Jn 17, 21). Sin embargo, Él no quiso cualquier unión, sino la de la Verdad. Es Dios quien da y mantiene la unidad, y estos falsos pastores se aferran sin embargo a una falsa amalgama, la unión de la nada. Se agarran desesperados a un falso sentido de seguridad, que es en el fondo una huida de la vocación martirial, ya sea en la carne o en el espíritu, que tenemos todos los cristianos. Es una huida hacia adelante de la batalla, que suele terminar, como el resto, en abismo.

Por otro lado, están tres grupos que encontramos generalmente del lado de la Tradición, pero que impiden su defensa con actitudes mezquinas. Primero, tenemos a los egoístas. Mejor morir aferrado a mi terruño que soltarlo para ganar la Eternidad. Son pastores que prefieren tener su oveja bien atada y controlada, antes que levantar la cabeza y ver que no son ellos pastores sino por el Pastor, que tiene mayores planes de acción que los que nuestras cortas miras puedan revelar.

Por otro lado, similares, están los puros. Nadie sino ellos actúa sin tacha, y en todos los ojos ajenos hay una mota de polvo que señalar y despreciar. Cansado de señalar los males del mundo, se dedica a sacarle pegas a todos sus compañeros de batalla, atribuyéndoles todo tipo de errores y lacras que, en el fondo, no hacen sino resaltar más su absoluta excelencia y su expediente sin mácula. Sin embargo, desdichados, cuando todos sus supuestos adversarios hayan caído bajo su martillo de herejes, y el verdadero Enemigo asome tras sus restos, ¿quién les cubrirá las espaldas? ¿a qué aliado llamarán, si ninguno fue lo suficientemente bueno en la paz, como para serlo ahora en la guerra?

Por último, tenemos a los condescendientes. A estos acudimos las ovejas porque se asemejan a verdaderos pastores, y nos sacian la sed con algunas gotas de agua, pero en el fondo piensan que pueden colmar nuestro deseo de Belleza con migajas, como si lo nuestro fuera una nostalgia mal curada. No creen en la Tradición que transmiten, pues no la conocen, y miran por encima del hombro a los hombres que sí desean conocerla. Las consideran almas poco iluminadas, y aceptan concederles algo de lo que piden, pero sin amar lo que transmiten.

Al respecto de esto, una última reflexión. Ya decía Chesterton que tan fuerte es la Tradición que las futuras generaciones soñarían con lo que nunca vieron. Algunos pastores han querido explicar este irracional deseo como parte de una personalidad rígida y enfermizamente estricta, originada en inseguridades y posiciones defensivas. Sin embargo, la nuestra no es una batalla por una trinchera bajo asedio. Nuestra generación está sedienta de la forma de vida plenamente humana que a la Tradición acompaña. No deseamos una mera experiencia estética, o saciar una curiosidad académica. Buscamos los lazos naturales y sobrenaturales que la Modernidad cercenó, buscamos pertenecer a las comunidades para las que el hombre fue creado y que lo protegen y realizan: familias estables, municipios personalizados, trabajos de servicio, naciones fieles a Dios, y una Iglesia de culto divino. Tenemos sed de ser verdaderos hombres, y no podemos serlo sin las estructuras orgánicas que Dios pensó para nosotros como herramientas de nuestra santidad.

Es este un desahogo, un grito de socorro de una sedienta oveja descarriada. Nos acechan lobos y bandidos, y no debemos tener miedo, pues el Buen Pastor está con nosotros. Pero, ¡ay de los pastores asalariados que huyen de su llamado! Suya será la responsabilidad de muchísimas almas que fueron devoradas en nuestra época. Y más allá, suya será la responsabilidad de que miles de ovejas, sin pastos ni fuentes, muramos de sed sobrenatural. La Iglesia sigue necesariamente a su Cabeza. Gritan las ovejas, como ya lo hizo su Maestro en esta última hora, cuando colgado de un madero, con los ojos puestos en Dios nuestro Padre, gritó con voz potente:

“Tengo sed”

Ramón de Meer

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