Buscando una orientación política en tiempos de máxima desorientación, un sacerdote me decía en cierta ocasión que nuestra constitución es el Evangelio. Obviamente se refería a los católicos, pero dado que la palabra “católico“ significa universal sería la única constitución válida para todos los hombres de todos los confines de la Tierra, la única capaz de desmontar los inventos contractualistas de las constituciones modernas. Esos artilugios jurídicos auspiciados por el afán laicista y homogeneizador de sus hacedores. Mientras que el Evangelio ha sido dado por el espíritu trinitario, la Constitución es una componenda que unos hombres (los hombres del consenso) imponen a otros so capa de ser el regalo que todos se han dado. Milagros del sufragio.

Hay sandeces oportunas de recordar para esclarecer la farsa de las constituciones. Todavía resuenan las disquisiciones de un expresidente, a la sazón profesor de derecho constitucional, cuando se le ocurrió vocear que España era una nación discutida y discutible. Siguiendo la estela, otra constitucionalista juramentada, la actual vicepresidenta del gobierno, doctora en derecho constitucional, ponía en tela de juicio la Constitución, cuyos muñidores fueron los precursores del consenso ibérico; ya saben: el cóctel relativista de virtud e inmundicia para servirlo como si fuera agua bendita, que los españoles se dieron tan alegremente hace algo mas de cuarenta años.

La palabra sociedad es justo lo contrario de comunidad. Una sociedad es una alienación de individuos y grupúsculos sin más nexo que la ciudadanía. En cambio la comunidad estriba en la unión en aras de un bien superior. Es por eso que la descomposición actual de la sociedad española no ha de escandalizar a nadie pues la disociedad es la consecuencia natural de la sociedad o aglomeración de seres humanos con oficio pero sin beneficio común, o bien con beneficio particular pero sin oficio común.

El constitucionalismo, con su carnavalesco sentido de la casa común, aún no sabe de la diferencia en términos de las palabras coexistir y convivir: los hombres y mujeres pueden coexistir sin buscar un bien común, pero no pueden convivir sin caminar juntos en la misma dirección, pueden hacer coincidir su existencia pero jamás podrán compartir sus vidas más allá de consensos, y escenitas de Estado. Es el notable doctor en Filosofía y Sociología, Fernando Muñoz, el que explicita el espíritu comunitario natural al señalar como elemento antropológico fundamental el parentesco, añadiendo que se renovó y alcanzó todo su esplendor en la comunidad medieval universal: la Cristiandad. No han conocido los tiempos una ley tan ajustada al parentesco como la hermandad de todos los hombres anunciada por el Evangelio. Don Fernando excogita también la versión opuesta al parentesco: una sociedad moderna compuesta por neuróticos y protosicópatas, hijos de la desconexión universal de la modernidad con Dios, normalizados por forzaduras legales de la calaña de la Constitución.

Que la primera plana de la política la pueblen los adalides del derecho constitucional, discutidores del concepto de nación y socavadores de las constituciones que ellos mismos se dan y se quitan en nombre de toda la ciudadanía para apañar sus negocios, nos da una idea de la fatuidad e impostura de los contratos constitutivos de la nación moderna. Si hay un elemento dañino para un país ese es el contrato firmado por los tahures del consenso: la Constitución; la norma por antonomasia capaz de pervertir un país al antojo de sus hacedores. Frente a semejante trapacería, la única constitución inmutable no es otra que el Evangelio: igual para todos los pueblos, igual para todos los hombres,inmune a enredos y defecciones, hermandad inmarcesible que llegará hasta el fin del mundo sin inmutarse, tal vez porque sus autores conocían su desenlace, huelga decir que es palabra de Dios.

Eduardo Gómez Melero

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