Recuerdo de niño cuando mi abuelo comenzó a llevarme a los toros, él era entendido en la materia y prudente en el comentario, era todo un sabio; yo, en cambio, era un niño inocente al que le llamaba la atención ese bailecillo curioso que hacía con un toro un hombre vestido de oro.

Recuerdo también la primera vez que le dije que me gustaba mucho El Cordobés por el salto de la rana y él no contestó más que con una sonrisa picarona. Mi madre, que estaba atenta a la conversación, le dijo a mi abuelo: papá, no te preocupes, es pequeño, poquito a poco. Ahora que ya soy adulto, interpreto y entiendo perfectamente esa sonrisa de mi abuelo…

Un día, con esas habituales preguntas incasables que un niño hace a sus mayores, le pregunté a mi madre cuál era el torero preferido del abuelo y ella me dijo: Curro Romero. Ese nombre entró en mis oídos retumbando en todas sus paredes, Curro RomeroCurro Romero.

Con el tiempo fui creciendo y conociendo más de nuestra fiesta, muy influenciado por ese nombre que sonaba como una voz interior en mi cabeza cada vez que entraba en materia taurina.  Curro Romero, un silencio largo como sus muletazos debiera hacerse al pronunciar este nombre. Curro Romero.

Fue por mi abuelo, y por cómo ensancha mi alma la imagen que encabeza este escrito, por lo que me vi hace unos días inspirado y obligado a escribir sobre la verónica de Curro Romero.

Observando la imagen, un amante de la fiesta como es el que escribe, primero se paraliza ante tanta grandeza, luego la saborea y después la analiza. Las sensaciones son similares a las que tiene un amante de la poesía al recitar Amor constante más allá de la muerte de Quevedo o un pintor al admirar Paseo a orillas del mar de Sorolla, el que en buena tierra nació.

Centrándonos en la imagen, la técnica de Curro se puede apreciar completamente, tanto es así que se estima el movimiento del conjunto toro-torero, yo personalmente ya estoy viendo como remata enroscándoselo en la cintura, con las manos por alto y como dejándose caer en el lomo del toro.

Con el compás bien abierto, muy común en sus inicios, carga la suerte mandando la embestida del toro, es decir, marcando con su posición por donde debe pasar el burel, tal y como mandan los cánones del toreo más puro y antiguo, muy lejos de las trampas modernas.

La cintura templada, aquí es donde radica el toreo de El Faraón de Camas. Curro ha sido de los toreros que más lento ha toreado y eso ha sido gracias a su cintura. A diferencia de los que hoy sacan los brazos y los mueven para que el toro pase por ahí, Curro citaba con el capote, enganchaba con los vuelos al inicio de la suerte y luego se lo acercaba a su cuerpo, y era justo en ese preciso instante cuando surgía el misterio. Con los brazos en su sitio y aguantando el capote, sólo movía la cintura, ralentizando el segundo que duraba ese instante, haciéndolo parecer una eternidad. De este modo, al son de la cintura iba su pecho, siempre dándoselo al toro con entrega máxima (¿Quién le llamaba temeroso?) y, después del mágico instante del temple, cuando la cintura no daba más de sí, sacaba los brazos, pero no en la línea recta, sino enroscándolos lo máximo posible, obligando así al animal.

De este modo, podía pegarle verónica tras verónica sin inmutarse y siempre cogiendo el trapo muy corto, muy cerca de la esclavina, sacando al animal de las querenciosas tablas hasta el centro del redondel, como aquella ocasión de las diez y ocho verónicas de Curro.

Esa tarde es digna de ser recordada. Era un 16 de junio de 1960, se celebraba el Corpus en Sevilla (cómo no, su Sevilla). El cartel lo formaba Manolo González, Jaime Ostos y Curro Romero, y la ganadería era de Clemente Tassara. La tarde no destacó en nada especialmente. Curro, tras el sexto toro, segundo suyo y último del festejo, pidió el sobrero, lo curioso es que al picar el último toro los picadores ya recogen los avíos y demás chismes por cuestión de tiempo, por lo que no había ningún caballo listo para picar el sobrero del maestro. Y cuando salió el cornúpeta, Tomatero de nombre, Curro sin ser consciente del asunto del picador, comenzó a torearlo por verónicas y, al percatarse de la situación, para no aburrir al respetable y seguir disfrutando, continuó lanceándolo hasta llegar a las diez y ocho categóricas verónicas.

Realmente, tanto en la pintura, como en la música, en la poesía o el toreo, analizar la técnica es la parte más aburrida. Lo que nos eleva el alma, lo que nos hace admirar la creación y la belleza sin igual es la contemplación. Y ahí no caben palabras, simplemente hay que dejarse empapar y vivirlo intensamente siendo espectador de la obra.

Decía el maestro Rafael de Paula cuando le preguntaban por los toreros de arte, que eso venía de arriba, que un día Dios cogió como unas bolitas de pintura y las dejó caer y a quien le tocó, le tocó.

Por eso mismo concluyo que cada uno tiene una misión en la vida, y la de los artistas es la de transmitir belleza y armonía. Entonces, el resto de mortales dejémosles obrar tal cual saben, sin envidias ni presiones porque, en un instante cualquiera, un Curro Romero se saca diez y ocho verónicas, sin saber ni él mismo cómo ocurrió, y así nos deja suspendidos en lo Bello, y con el resuene interior de las palabras «Curro Romero»…

 

Ignacio Giner Ruiz

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