Ya desde hacía tiempo me había estado preguntando qué es lo que me rechinaba del Arte Moderno. Había algo en él que me desagradaba, ciertamente. A partir de las Vanguardias, o quizá más anteriormente, desde el Romanticismo, el Arte había tomado otra perspectiva que no me satisfacía… Pero al comenzar la universidad, y al dar la asignatura de Fundamentos Filosóficos para la Lengua y la Literatura, comprendí muchas cosas que se me escapaban.

Lo más importante: en la sociedad moderna hemos perdido el norte, hemos perdido la dirección hacia lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello (consideraciones que Platón y Aristóteles ya habían intuido), y eso, por supuesto, se trasmite al arte. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Principalmente porque negamos o bien que haya un orden natural en el mundo creado, o bien que éste sea imposible de conocer para el hombre. Esta teoría la desarrolló Kant en la «Crítica a la razón pura», obra en la que afirmaba que el noúmeno o cosa incognoscible es imposible de conocer para el hombre, el mundo es un caos que el hombre ordena en su mente en categorías a priori. Esto es falso hasta la médula, la realidad es que el orden no está solamente en la mente del ser humano sino en la propia realidad, de ahí que podamos percibir la belleza del mundo creado. El mundo es bello porque está ordenado por una Inteligencia Mayor y nosotros lo vemos así porque Dios nos ha dotado con su Inteligencia precisamente para eso. De ahí que digamos que afirmar que existe naturaleza, es ya afirmar que existe Dios.

El problema se agravó aún más al llegar al Romanticismo, especialmente fue Nietzsche el que lo echó todo a perder. Con su «Dios ha muerto» no solamente rompía con la idea platónica de Bien absoluto, sino también con la obtención de conocimiento a través de los sentidos (la captación de la belleza en la naturaleza) propiamente aristotélica, por lo que hemos explicado antes. Además, afirma que este Dios es un límite al hombre para crear su propia realidad, para crear originariamente sus nuevos valores. Es necesaria la muerte de Dios para que el hombre sea realmente creativo. De aquí nos viene la concepción de Arte de la actualidad, que se basa en la originalidad, en contra de la mímesis o copia de un modelo tal y como la entendían los antiguos.

El hombre necesita un modelo de perfección de Belleza, Verdad y Bondad porque él mismo ha sido creado; antes bien, el hombre creará mejor, será «subcreador» en orden a la naturaleza del mundo. Es curioso que a partir del Romanticismo los movimientos del Arte se haya caracterizado bien por la rotura de las reglas artísticas, bien por la pérdida del propio fondo o sentido (recordemos «Como realizar un poema dadaísta» de Tristan Tzara o «Esperando a Godot» de Samuel Beckett).

Me acuerdo de una de las clases en la que ocurrió algo muy representativo. El profesor solía dibujar en la pizarra un triángulo relleno de cuadraditos para simbolizar el orden natural de la realidad. El profesor decía en ese momento: «[…] Y nosotros, al crear en la postmodernidad, hacemos así, rompemos por allá, mezclamos todo…», mientras dibujaba con la tiza y se cargaba los cuadraditos de dentro del triángulo. Yo quedé un poco impactada por la simbología del acto: «¡Se está cargando el orden natural de la realidad!» pensé. Y debí poner una cara rara porque el profesor me preguntó: «Perdone, ¿tiene alguna pregunta?» Yo musité una excusa y continuó la clase.

Porque, ¿qué clase de realidad, de valores o de arte tendremos si han roto completamente con el orden de la naturaleza? Será una realidad deconstruida, unos valores pervertidos y un arte vacío de belleza. Ellos creerán que están creando, pero en realidad estarán destruyendo, destruyendo todo aquello que conocemos como lo Bello, lo Bueno, y lo Verdadero; aquello que tenga un poco de valor en este mundo hermoso que Dios ha creado.

 

Belén Gómez Carmena.

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