Decía Chesterton que en Navidad celebramos un trastorno del Universo, una inversión de nuestras categorías mentales. Desde la noche de los tiempos adorar a Dios significaba hasta la Navidad elevar los ojos a un cielo que nos sobrecogía por su grandeza e inmensidad. A partir de la Navidad, adorar a Dios significa volver los ojos al suelo, incluso acostumbrarlos a la luz tenue de un pobre pesebre para contemplar la fragilidad de un niño que gimotea entre las pajas. Las manos que habían modelado las estrellas se convierten repentinamente en unas manitas diminutas y torpes, y la grandeza infinita de Dios se torna en la fragilidad de un niño recién nacido que se amamanta a los pechos de su Madre cuando tiene hambre y frío. Divinidad y debilidad, que hasta entonces eran conceptos antitéticos, forman en la Encarnación una unidad que desafía sin vacile las leyes físicas, subvirtiendo en nosotros nuestras categorías mentales y trastornando así el Universo entero.

Este trastorno del Universo que los pastores y los Magos descubrieron llenos de gozo, es el mismo trastorno que los cristianos venimos celebrado durante más de dos mil años. En la Navidad, reconocemos la reconciliación de Dios con nosotros. Reconocemos que nuestra humanidad frágil e indefensa se ha visto revitalizada por ese retoño del tronco de David, que quiso hacerse como uno de nosotros; que quiso que la divinidad asumiese la fragilidad de la naturaleza humana.

Y como esa unidad de Dios con nosotros debe hacerse sensible, cantamos y reímos, y montamos belenes y nos reunimos con nuestras familias, rememorando que el Niño-Dios fue acogido en una Sagrada Familia, como nosotros mismos lo fuimos. Pero esa unidad solo es posible en la Fe, la Esperanza y la Caridad, y tratar de reducirla a una fiesta sin la presencia de estas tres virtudes teologales es empeño inútil, puro sentimentalismo, porque corresponde a privarla de la fuente originaria por la que llegan al mundo todos los bienes.

Para contemplar, vivir y reconocer este misterio necesitamos en primer lugar de la Fe. No es posible celebrar la Navidad sin la Fe, es decir, desde la increencia. No tiene sentido. Sólo desde la Fe puede ser reconocido el Señor dentro de ese trastorno del Universo que se contempla en un niño pequeño y débil, envuelto en pañales, en un pesebre, sin más calor que las miradas de sus padres y el aliento de una mula y un buey. De igual manera, sin la Fe tampoco podríamos contemplar el segundo gran trastorno del Universo, que fue el ver a un Rey coronado de espinas y crucificado. Sólo desde la Fe puede ser reconocido este signo de la presencia de Dios entre nosotros.

Esta Fe nos conduce a la Esperanza, pues la divinidad ha sido injertada en lo más débil de la humanidad. Somos débiles, frágiles, limitados… y ahí es donde ha querido hacerse presente Dios. Dios se ha bajado de su trono de perfección, eternidad, trascendencia suprema y se ha hecho de nuestra carne, se nos entrega como poder en debilidad, como omnipotencia suplicante ante el hombre para que éste le acoja en su existencia. Celebramos en Navidad el gozo de la Encarnación del Señor. Dios se ha solidarizado con nosotros y nos ha abierto un futuro nuevo, un horizonte de esperanza y de sentido.

Navidad significa que nada verdaderamente humano le es ajeno a Dios. Y que la vida, la esperanza y la gloria del hombre es el Dios vivo. Por ello tantas personas, niños, jóvenes y mayores, que parecería que no tienen razones desde el punto de vista humano porque viven situaciones verdaderamente horribles, pueden pararse a decir: ¡feliz Navidad! Pueden celebrarla y alegrarse con más razón en ella. La celebran en y desde la Esperanza, esa que no defrauda: el Señor ha venido a salvarnos, el Dios-con nosotros. Y es que, en Jesús, el Señor, la Palabra de Dios se ha hecho historia y ha hablado el lenguaje del hombre colmando las aspiraciones más hondas del corazón humano. Dios nos ha dado el nuevo modelo de humanidad: Aquel en quien podemos mirarnos en nuestro camino de perfección hasta lograr la plenitud como hombres y mujeres forjados según el corazón de Dios, unidos a Él, por un mismo pálpito.

A pesar de ello, hay mucha gente que se deprime en Navidad, y no debe extrañarnos, pues la Navidad es una fiesta de la Esperanza, y nuestra época es una época desesperada. Al hombre contemporáneo la Navidad lo deprime porque después de haberle obligado a renegar del manantial del que brota la felicidad perdurable, se le exige durante estas fechas una impostación de felicidad. Nuestra época ha expulsado a Dios de su seno y lo que le pasa ahora es muy sencillo: no tiene a Dios. Y sin Dios el hombre no puede hacer cosas divinas, ni siquiera puede divertirse, pues sin Dios no hay comunión verdadera entre los hombres, y sin comunión verdadera no puede haber fiesta, sino depresión y angustia, aunque todo esto se disfrace de guasa y atracones de mazapanes y polvorones. «Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural», decía Chesterton. Pues bien, quitadle a la Navidad su principio sacro, ese trastorno del Universo que trae el Cielo a la Tierra, y no encontraréis la verdadera fiesta, sino su parodia antinatural. Cabe preguntamos hoy si la Navidad ha dejado de ser una fiesta religiosa para convertirse en mera orgía consumista aderezada con grandes dosis de humanitarismo de pacotilla.

Sin embargo, celebrar la Navidad cristiana es tener la capacidad de contemplar lo ocurrido en Belén y descubrir con los ojos de la Fe y de la Esperanza que Dios se ha hecho hombre y compañero de camino. Un camino de amor que conduce hacia la Pascua de la Navidad, que junto a la de la Resurrección, se encuentra tejida con un mismo hilo de oro: la Caridad. Por eso la Navidad llama a la Caridad en sus múltiples y variadas facetas. Ojalá Dios nos mantenga durante estas fechas navideñas firmes en la Fe, alegres por la Esperanza y diligentes en el Amor.

 

Álvaro Chillarón de la Fuente.

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