Por increíble que parezca dada su buena reputación, hasta ahora no había visto ningún episodio de la serie Black Mirror. Por lo que a mí respecta, el capítulo 1 de la temporada 3 titulado Nosedive (1) no sólo no es exagerado en cuanto a si nuestra sociedad avanza hacia un mundo como el expuesto ahí, sino que además ya vivimos en una sociedad que nos obliga a vivir del modo que se refleja en dicho episodio de la serie. La obsesión por aparentar una vida maravillosa en las redes sociales, el clasismo, el control social mediante lo políticamente correcto, el coaching, el aprovecharse de otros, es algo que vivimos (o más bien sufrimos) en nuestro día a día.

El principio del episodio introduce muy bien los aspectos mencionados planteando una sociedad donde las personas se evalúan constantemente por medio de dispositivos tecnológicos, lo que posiciona a los evaluados en una concreta clase social en función de su puntuación (siendo 5 el máximo status). La protagonista Lacy (Bryce Dallas Howard) es una mujer que sigue el guión de lo políticamente correcto, siendo amable con todo su entorno y dando excelentes valoraciones a todo aquel con quien se cruza. A pesar de su excelente reputación (4,2), comparte con su hermano Ryan (James Norton) un hogar donde el salón y el dormitorio están en el mismo espacio; hogar que, todo sea dicho, tampoco es de su propiedad. El sueño de Lacy es mudarse a un barrio sólo accesible a personas de reputación superior a la suya, deseo que comparte con un ligero desdén hacia su hermano y su inferior reputación.

Es evidente que Lacy no está satisfecha con su vida, a pesar de tener una posición cómoda en la escala social, y por ello recurre a una especie de coach, que (al igual que los charlatanes de nuestro mundo real) le recomienda una serie de pautas para ascender socialmente y poder mudarse a un nuevo hogar más acorde a sus deseos. Tirando de una actitud maquiavélica, Lacy consigue que su antigua amiga Naomi (Alice Eve) se fije en ella y ésta la escoja como dama de honor en su boda. Lacy lo ve como la oportunidad para ascender socialmente debido a que envidia la posición social de Naomi.

Pero todo comienza a torcerse para Lacy durante el viaje a la boda. Una serie de encontronazos con otras personas reducen su reputación y le impiden acceder a los mejores servicios de transporte reservados para personas con un 4,2, lo cual le imposibilita llegar a tiempo. Naomi, despreciando su nuevo status, le exige no asistir y, como si eso no fuera poco, reconoce haberse aprovechado de ella porque a una persona con un 4,7 de reputación le resultaba muy útil para su popularidad anunciar que su dama de dama de honor sería una mujer de 4,2. Finalmente Lacy se presenta y, con su reputación más hundida que nunca, termina en la cárcel y fuera del Sistema tras pronunciar un discurso a medio camino entre lo que había preparado y las revelaciones obtenidas durante el viaje.

En el mundo de Lacy, las aprobaciones del resto funcionan como una especie de prestigio y control social a la vez. Prestigio, porque lo que es una persona se decide por medio de las opiniones positivas de otros (por eso Lacy se muestra tan amable con una compañera del trabajo a la que, de forma más que evidente, detesta). Control social, porque las opiniones negativas aplicadas a lo que se estima como políticamente incorrecto hunden al sujeto en el escalafón social hasta dejarlo excluido y apestado por el resto (antes que la propia Lacy, uno de sus compañeros termina fuera del trabajo a causa del acoso pasivo fomentado por los demás).

Hoy en día es muy difícil encontrar personas que no tengan al menos un perfil en las principales redes sociales (Twitter, Facebook e Instagram). Los usuarios de las redes sociales se mueren por ser influencers, tuistars o simples recibidores de likes. Nosotros no vamos recibiendo valoraciones por medio de la tecnología según andamos por la calle o vamos interactuando con otras personas, pero la vida de la mayoría de las personas está en las redes sociales y, al ser lo que vemos, en demasiadas ocasiones se convierte en la vida real de esa persona. De momento, ya se habla sobre la depresión provocada por las redes sociales en la población más joven (2), lo cual es un síntoma preocupante del futuro que nos espera.

Esta depresión surge porque la vida en las redes sociales no es una vida real, sino una vida falsa. Normalmente se percibe como tóxico o, como poco, pesimista y quejica al que utiliza las redes sociales para hablar sobre lo que no le gusta o sus problemas (en este último caso, con razón nos preguntamos por qué lo airea públicamente en un lugar donde la gente puede verlo); en cambio, nunca nos planteamos cómo es posible que, en un país donde se ha arruinado el futuro de la juventud, ésta suba tantas fotos y comentarios al Instagram, Twitter o Facebook de turno hablando sobre la vida tan maravillosa que tiene. Las ansias por aparentar ser alguien feliz e importante para otros, junto con el control social y la autocensura que se nos impone en las redes sociales, las convierte en el mejor opio para la juventud que haya podido existir nunca.

Pero está claro que ningún sistema de control es perfecto, más que nada por ser una creación de una criatura tan imperfecta como el ser humano. Tal y como le explica la camionera que recoge a Lacy en su peor momento durante el viaje a la boda y le abre los ojos sobre la realidad en que vive, se es más feliz siendo auténticos y sinceros que fingiendo ser personas que no somos. Una lección similar recibe Lacy cuando, encerrada en una prisión, empieza a desahogarse con su vecino de celda mediante insultos.

Algún día, dentro de poco o de mucho tiempo y una vez las hayamos sufrido en exceso, las personas empezarán a ser más conscientes sobre los problemas que las redes sociales han añadido a nuestras precarias vidas. Por mi parte, comparto el deseo del escritor y periodista Juan Manuel de Prada: “Yo no sé adónde nos llevará esta fascinación tecnológica que nos ha convertido en criaturas pegadas a una pantalla. Sé, desde luego, adónde nos quieren llevar; pero todavía confío en la capacidad –lastimada, maltrecha, reducida a añicos- del hombre para escapar de las cárceles amenísimas que le han diseñado, las cárceles donde se debilita su humanidad, mientras el mundo se hace más y más ininteligible (3)”.

 

Gabriel García Hernández

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(1) La serie no desarrolla una trama a lo largo de varios episodios, sino que cada capítulo narra una historia independiente donde se plantea una cuestión relacionada con el efecto que la tecnología provoca en la vida de los seres humanos. Puede visionarse este episodio sin necesidad de ver las dos temporadas previas.

(2) “El abuso de las redes sociales les provoca depresión”, 04/06/2018,Atlantico.net :
http://www.atlantico.net/articulo/sociedad/abuso-juvenil-redes-sociales-provoca-
depresion/20180604004650650588.html

(3) De Pada Blanco, J.M.; Dinero, demogresca y otros podemonios, Editorial Planeta, Barcelona, 2015; pág. 179.

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