Recapitulando lo que escribimos anteriormente decíamos que el estilo masculino sufre una gran crisis. A lo mejor sea por la pérdida de valores viriles o la dejación educativa de los padres, la cuestión es que dicho estilo se encuentra hoy en franca retirada. Ese estilo marcado, recio y firme no sólo no se manifiesta ya en la ropa sino que se difumina y confunde, previamente, con una conducta femenina. No es para menos la sorpresa, cuando lo que prolifera hoy en nuestra sociedad es una “cultura” emocionalmente sentimental.

Al final del último artículo nos preguntábamos si era posible definir a nuestro estilo. Si se trata de recuperarlo, de afirmarse en él para luchar contra estos molinos de vientos habría que definirlo. Me arriesgo a uno, aunque susceptible de ampliarse o corregirse por los amables lectores que visiten la entrada.

El estilo masculino es un estilo que responde a una conducta viril, sobria en la manifestación estética corporal, sencilla en las formas del hábito y su justa limpieza higiénica.

Vamos por partes: “Responde a una conducta viril” se refiere a no quedarse en las meras formalidades estéticas si detrás no hay una conducta que las avale. ¿Y cómo es esta? Habría que escribir otro artículo aparte, pero podemos decir algunas ideas sobre este carácter masculino.

Una conducta masculina es fuerte mentalmente, resiste a las grandes dificultades con paciencia y buen ánimo. La conducta masculina es firme tanto en sus propósitos como en sus principios, que no cede ni claudica por acomodo a un contexto beneficioso. Este carácter no manifiesta con diligencia sus sentimientos ni familiariza con prontitud ante un desconocido. El hombre viril se hace firme en su mirada, en su hablar es lacónico y, a veces, áspero cuando se trata de defender el honor de la verdad. No titubea por respetos humanos cuando tiene que hacer el bien, no usa el condicional cuando demanda algo ni muestra sumisión cuando recibe un favor. Sea. Ahora bien, esto no se improvisa, se educa desde la infancia y, aunque, podríamos decir más cosas, con este esbozo nos llevamos una idea para otro artículo.

Segunda: es sobria en la manifestación estética corporal. Es decir, no promueve ningún tipo de culto al cuerpo ya sea buscando el canon de belleza de griega o buscando el mejor ungüento a fin de retrasar, tontamente,  el paso implacable del tiempo. Se trata de medir lo que manifestamos exteriormente. Un hombre de verdad es sobrio en lo justo y necesario para presentar un aspecto limpio y saludable. Le da exactamente igual si es bello o feo puesto que dicho juicio queda reservado para las féminas.

La excesiva preocupación por el exterior conduce a todo tipo de artificios que revelan una condición floja en la actitud varonil: Pendientes, pulseras, maquillajes, manicuras, tatuajes, pelo rasta o largo, de colores, pantalones “cagaos”, pitillos, etc., etc., y etc… Podríamos listar una cantidad de modas de un tiempo a esta parte aunque todas tienen un denominador común: salirse de lo establecido o clásico para buscar la originalidad y la libertad de una identidad. Gilipolleces.

La tercera se refiere a las formas sencillas de hábito y su justa limpieza higiénica. Un varón no va preocupado si sus ropajes se ajustan o no a las modas corrientes. Puede pasar por un trance de crisis durante el periodo de la adolescencia, pero aquí es cuando los padres, con arte pedagógico, deben guiarles para reafirmar su virilidad. El problema está cuando la preocupación permanece en el tiempo. Un hombre que se precie solo quiere vestirse, solo ve utilidad en las vestimentas, un simple medio. Sencillez no quiere decir en absoluto una despreocupación de la vestimenta y como andrajoso cualquier varón pasee por la ciudad. No. Sobriedad, sencillez y más palabras mentadas en estos artículos nada tienen que ver con la despreocupación. Lo que advertimos es sobre la excesiva preocupación. Como todo en la vida, el exceso y el defecto son extremos del justo medio que, en este caso, ha de prevalecer en el hábitus de un macho. Nadie habla tampoco de retrotraerse a modas de siglos pasados por considerarlas bien masculinas. Uno puede perfectamente ser actual y vestir de forma sobria, sencilla y limpia.

Y aquí el último enunciado: justa limpieza higiénica. Quizá hoy más que nunca los seres humanos sean más limpios que lo que antiguamente acostumbraban en el uso de la higiene. Y no es que esté mal. Pero aquí hay un matiz que muchos se saltan: justa limpieza. No se puede vestir de forma viril y desparramar encima ungüentos y perfumes extravagantes, intensos y hasta agobiantes para cualquier nariz. Lo mismo que uno no se debe duchar dos o tres veces al día (salvo excepciones, claro está). Ha de prevalecer siempre el sentido común.

En la actualidad nos encontramos con un hombre preocupado más por el exterior que por el interior, por el mundo y no por su alma, por su ego y no por su alter, que vive en la mediocridad de lo que dicta la sociedad actual y no la trascendencia de lo que dicta la ley de Dios. Por ello es importante pensar y profundizar incluso estas menudencias o accidentes como es el estilo y las modas. Es de vital importancia y, lamentablemente, hoy se ha convertido para nosotros en otro campo de batalla cultural. ¿Le haremos frente?

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