Encarnizados y candentes han sido estos días de azote socialdemócrata. Y, ante todo, acordes al espíritu conciliador del nuevo gobierno rojo. Lo cual amerita cumplir con la palabra dada por las fuerzas vivas del consenso: a cada cual lo suyo. Todo sea dicho. Si la política es dialogo, a él se aplican los empeños de nuestras castas políticas. Si la política es diálogo, por él y hacia él avanzan las legiones de la prensa. Y si la política es diálogo, dialóguese: al menos mientras el resultado del mentado diálogo plazca a quienes, ufanos, hayan decidido que se dialogue.

En los foros del bendito espacio público, decíamos, en alardes del diálogo, se han batido, espadas en alto, dos ideas: el pin parental y las potestades del Estado en la educación de los púberes. Todo ello en los terrenos de unas charlas extracurriculares que la Gestapo de género del Estado ha procurado servir, so capa de igualdad y tolerancia, para la depredación[1] afectiva y sexual de los menores.

Contra las barbaridades que uno y otro contendiente se han arrojado, queremos sentenciar unas cuantas cosas, a saber:

1. El pin parental es, como medio de acción política, hijo del liberalismo; es liberalismo puro y duro. Pero no un liberalismo cualquiera, como fuera el liberalismo europeo de izquierdas, invasivo y agresor, hoy caduco y en trance de muerte; sino un liberalismo sibilino, de apariencia inofensiva pero aún más lesivo en sus fundamentos (y en sus actos), hoy predicado en gloria por el mundo: el americanismo[2].

El americanismo es la doctrina política y religiosa oficial de los Estados Unidos de América.  Es la actitud, el ambiente cultural, el modo de vida americano. La auténtica tradición yankee.

Los Estados Unidos de América fueron la solución política, en un contexto de lucha de religiones, que las sectas protestantes se procuraron frente al poder político del anglicanismo. Y como tal, el americanismo recoge la solución lógica en que las intolerancias sectarias protestantes hubieron en desembocar: frente a la aniquilación, el indiferentismo a priori religioso, a fortiori moral.

En sí el americanismo consiste en un doble movimiento: 1º Neutralidad estatal frente a las actitudes y creencias individuales (indiferentismo); bajo condición ineludible, o a cambio de 2º Idolación de la Libertad.

En el orden religioso, no habrá religión verdadera; en el orden político, no habrá régimen bueno; en el orden moral, no habrá bien (ni verdad de bien); en el orden social, no habrá pueblo. Esto es, en el orden religioso habrá creencias diversas, todas ellas válidas; en el orden político, el régimen bueno será el menos malo; en el orden moral, no habrá bien; en el orden social, habrá pluralismo, o sea, átomos sectarios. La única razón de rectitud será la Libertad, es decir, la religión civil según la cual los ciudadanos dejarán hacerse a cada cual según su voluntad.

En el americanismo no hay bienes: hay opciones, todas válidas por igual. Siempre y cuando se respete la constitución formal de la sociedad, esto es, el poder elegir individualmente de entre las opciones posibles (o sea, la Libertad gnóstica, sin criterio), cualquiera será válida. El americanismo es la doctrina de la libertad americana, de la indiferencia hacia el bien, hacia el otro: es la libertad de la disociedad.

2. El pin parental es quad nos individualista, quad se estatalista. O sea, para los ciudadanos, protector de la familia; para el Estado, procurador de su despotismo. Pues como dice Espinosa en su tratado teológico-político, es en la pluralidad de creencias donde el Estado afirma verdaderamente su autoridad. Allí donde la verdad no es una sino muchas, es donde el Estado afirmará la verdad de su poder.

3. El pin parental es antipolítico. Pues en la línea del americanismo, de nuevo, rehúye la consideración (y el enjuiciamiento ético) del bien. Como acción política no busca el bien común, sino el bien de parte. Que es tanto como decir que aboga por la privatización de la verdad.

El pin parental responde a la creación virtual de un orden jurídico-político modular[3], en que cada grupo, cuando no cada individuo, reclamará del Estado su propia parcela, su propio módulo particular de libertades y derechos. Es la objeción de conciencia aplicada a la educación de los hijos: un espacio de acomodo en la ley, un lugar de “no-intromisión”.

Responde, en fin, a un modelo antipolítico, de administración de la cosa política, es decir, de mercadear lo político. Es el padre quien elige para su hijo consumidor qué producto probar. Siendo, al contrario, como es lo auténticamente bueno-político (para la cosa política y los polités) es la fulminación de la ideología de género del sistema educativo.

4. El pin parental tiende al sectarismo social. Porque el americanismo resulta sectario en su concreción práctica. El americanismo, según sus fundamentos, no puede sino concretarse en el pluralismo multicultural: en que cada grupo, cada secta socialmente constituida se recluya, rehuyendo de lo común, y reclame para sí la desafectación y la inmunidad, produciendo su propia verdad y normatividad social.

Lo cual conduce a este principio kantiano de no-injerencia a la heterogénesis de sus fines: la no injerencia frente al individuo se tornará en su fatal absorción en sectas sociales. Porque la vida humana es política, es en común.

Así el ambiente cultural americanista es productor de corrientes sociales tan diversas como el mundo red-neck (el alemán borracho, analfabeto y deprimido que vive y muere solo en un rancho tejano jodiéndose a su oveja), el mundo hippie (“déjenme drogarme libremente hasta reventarme”, cual si los estupefacientes liberaran en vez de someter a servidumbre) o los grupos de presión (lobbys) pedófilos (“si el niño quiso, lo hizo libremente, ¿quién es nadie para impedírselo?”).

Y acompaña, apuntamos claramente, la errática estrategia de la opción benedictina. ¿Qué otra cosa es el pin parental sino la opción benedictina de la educación?

5. El pin parental es, en tanto opción, anticristiana. Pues como recuerda el cardenal H. de Lubac: «Nadie tiene el derecho de decir como Caín: “¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”. Nadie es cristiano para sí sólo».

 

Por todo lo anterior es que queremos defender que el pin parental es un mal (menor). Es una vía de escape, un subterfugio que nos podemos conceder del Estado minotauro, aquel que devora a sus ciudadanos en su época de degeneración y corrupción total. Pero no por ello deja de ser un mal; y como tal, indeseable e impredicable.

La discusión sobre su uso práctico debe dirimirla, a nuestro juicio, el cabeza de familia. Y debe pedirse, como lícito medio de defensa, en caso de ser necesario, por las circunstancias de nuestro tiempo. Pero no debe defenderse jamás de principio.

Como medio hace bien (a nuestros hijos), pero ¿qué hay de los otros niños? ¿Qué hay de quienes, por culpa del mal hacer de unos padres indignos, sí padecerán la locura de género? Es malo (no hay bien) en que en las escuelas se enseñen depravaciones e inmoralidades. Aquello que lo permitiere, será malo. Y como tal debemos tratarlo.

Cualquier otra perspectiva supondrá alejarnos de la sustancia auténtica del problema. Porque el pin parental responde a una estrategia, a una actitud de derrota.

Que el mal no nos recubra el bien. Que el error en la idea no nos atenace a la perdición en el hacer. Que las tinieblas cerradas de nuestro tiempo no nos impidan atisbar aún los rayos de luz…

 

P.S.: el americanismo es una de las grandes herejías, uno de los grandes errores de nuestra época: que tantos hombres y repúblicas está llamado a asolar.

P.S.: la escoria política que rige los destinos de lo que queda de España ha sacudido especialmente la conciencia pública unas declaraciones de una ministrada sosteniendo lo siguiente: “Los niños no son de sus padres”.

Frente a ella, hemos de recordar que los hijos no son de nadie: el dominio en propiedad no aplica a las relaciones paterno-filiales. Es la lógica liberal juridificante (y moralizante) del derecho subjetivo la que, emponzoñando, puede llevarnos a pensar la vida en términos de propiedad sobre las personas.

Los hijos están en la familia, esto es, en una comunidad de bienes morales constituida por relaciones jerárquicas de derecho y de deber unida en razón de sangre. Y sólo en esta medida es en que los hijos son (es decir, están participados de) los padres.

[1] Nos sumamos aquí entusiastas al rigurosísimo (por el rigor de su justicia) epíteto con el que J. M. de Prada ha querido calificar a los funcionarios de la Gestapo de género del Estado, o séase depredadores.

[2]Doctrina condenada en el magisterio pontificio decimonónico, Cfr. Testem benevolentiae, carta apostólica de S.S. León XIII.

[3]Idea genial del filósofo práctico friulano Danilo Castellano.

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