A tí señor te escribo,
a tí Corazón ardiente,
mi motor y mejor amigo,
que en la Cruz dio la vida,
no hay amor más potente.

Antes a yo renegarte
púdranse mis labios,
Que de ellos sólo diga:
Tú, Señor eres la vida.

¿Cómo puedo yo pagarte
el amor que a mí me diste?
Pues pienso yo, lo más sabio,
de Cristo ello se reviste.

Para darte he de pedirte,
si es que Señor, advertiste,
el hombre sin tí no es nada.

Para mirarte a la cara,
arrodíllese mi alma,
que por entero a ti se humille,
y ante nadie más se arrodille.

¡Ante Cristo el Dios vivo,
en la Cruz tan afligido,
sólo una cosa pido:
morir bajo su abrigo!

 

Antonio Choza

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