Origen y conceptualización de la Cultura de la Muerte

 

En 1995 San Juan Pablo II acuñaba en su encíclica Evengelium Vitae una expresión que hoy está más presente que nunca. En dicha encíclica, y a lo largo de este artículo, vamos a entender por “Cultura de la Muerte” todos los atentados contra la dignidad del ser humano.  Del aborto a la eutanasia, pasando por el anti-natalismo o la manipulación de embriones, favorecidos por un clima cultural que justifica tales atentados en nombre de la libertad individual con la pretensión, no sólo se que queden impunes, sino de que sean autorizados y promovidos por el Estado y organismos internacionales, y facilitados por sus estructuras sanitarias. Esa libertad perversa, dice el santo Papa polaco, “exalta de modo absoluto al individuo”, involucrándolo en una rebelión fundamental que atraviesa la historia y que se encuentra envuelta en una mentira de fondo que desnaturaliza la vida, separándola de su infinito valor sacro.

Podríamos decir que el “Siglo de las Luces” fue el momento en que esta mentira de fondo adquiere carta de naturaleza política mediante una doctrina liberal que se construye a través de la autonomía de la voluntad y una libertad de conciencia desarraigada de un orden moral objetivo. Consecuencia de esta libertad perversa es la pérdida del sentido de la inviolabilidad de la vida humana, que se considera supeditada a ese bien absoluto de la libertad individual. Y cuando el bien supremo de la vida es supeditado a la libertad individual, es inevitable que se imponga una consideración meramente funcional, utilitaria y acomodada de la vida, quedando así despojada de su dignidad. Y todavía más si esa vida humana es gestante o si avanza hacia sus postrimerías (muerte, juicio, Cielo o Infierno).

Por la cultura de la muerte que rige nuestra sociedad hemos llegado a un punto en el que cada vida humana deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en un medio o instrumento para beneficio de otros. Y así la verdadera ética de la “dignidad” de la vida humana es suplantada por una falsa ética de la “calidad” de la vida humana. Una calidad que es medida por criterios de utilidad y comodidad. Sólo si una vida es útil y cómoda, si es deseada por otros en razón de su utilidad y su comodidad, esa vida tiene valor. De lo contrario, podemos disponer de ella a nuestro antojo. Esta ética aberrante es la base sobre la cual se funda la denominada cultura de la muerte.

Las acciones moralmente erróneas pueden parecernos útiles y legítimas en un principio, pues nos reporten supuestos beneficios inmediatos, pero al final acaban arrastrándonos inexorablemente a la ruina moral. Cuando la cultura de la muerte se impone como una conquista de la libertad, nuestra propia condición humana se debilita hasta perecer. Y así los hombres, sobornados por un poder manipulador que nos concede una libertad perversa que nubla nuestra conciencia moral, acaban convirtiéndonos en esclavos de ese poder. Por supuesto, no cabe dudar que la sofística contemporánea emplee coartadas emotivas y pretendidamente altruistas para facilitar este eclipse de nuestra conciencia moral, de tal modo que las aberraciones más inhumanas e impías nos aparezcan como muestras de piadoso humanitarismo. Así se nos convence de que el aborto y la eutanasia evitan el sufrimiento de aquellas vidas que se han decretado inútiles o sin valor.

Así se justifica, por ejemplo, la experimentación con embriones pregonando que permite sanar enfermedades incurables. Y los medios de adoctrinamiento de masas, leales mamporreros en este cometido, presentan a quienes osan pronunciarse contra esta cultura de la muerte como gente desalmada contraria a los avances de la ciencia y del progreso, enemigos de la solidaridad humana.

Esta coartada consistente en disfrazar las aberraciones con prodigios engañosos y seducciones de iniquidad sirve al mismo amo que un día nos hizo aquella promesa de “seréis como dioses”. Es por ello que la cultura de la muerte no es otra cosa que una estructura de pecado.

 

Álvaro Chillarón de la Fuente.

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