Consecuencias de la Cultura de la Muerte.

 

La despenalización del aborto y la eutanasia no son sólo el fruto de la imposición de la cultura de la muerte, sino que son también semilla de grandes males. Por un lado, es indiscutible que adoptar la eutanasia (y el aborto) como una opción médica legítima para acabar con determinadas enfermedades o con el sufrimiento que éstas generan, frena la investigación y el avance de la medicina, pues lo que impulsa la investigación y el desarrollo de nuevas terapias son las enfermedades y los síntomas que todavía no sabemos curar o paliar satisfactoriamente.

Si optamos por eliminar tranquilamente a los enfermos que nuestra ignorancia no nos permite curar… ¿para qué intentar buscar medios que nos ofrezcan alternativas a lo que consideramos una opción lícita y de eficacia insuperable?

La eutanasia y el aborto inducen la mentalidad eugenésica, es decir, la legitimación de eliminar a las personas enfermizas, deficientes, discapacitadas o “inútiles”, previa negación de su condición de personas humanas, de su dignidad y de sus derechos. Igualmente, la generalización de la eutanasia (así como el hecho de que sea aceptada como un bien) contribuye a fortalecer la percepción de que una vida con dificultades, limitaciones y padecimientos no merece la pena ser vivida. Esto se materializa en un incremento de la eutanasia voluntaria (percepción de que la propia vida no merece la pena ser vivida) e involuntaria (convicción de que la vida mermada de determinados pacientes o parientes carece de valor).

Por otro lado, a la larga veremos un incremento de la demanda de eutanasia voluntaria que se producirá como consecuencia de la percepción de que la propia vida no merece la pena ser vivida y también como consecuencia de la presión social, que puede llevar a un enfermo crónico sumamente dependiente a sentirse culpable por no solicitar la eutanasia y aliviar de este modo a los familiares que deben hacerse cargo de él.

El incremento de la eutanasia involuntaria será también consecuencia de dos efectos. Por un lado, la vida de muchos enfermos terminales o crónicos puede ser juzgada por los familiares o los médicos como una de esas vidas “sin valor” candidatas a la eutanasia. En caso de que el enfermo no se encuentre en condiciones de manifestar su voluntad, pueden ser terceras personas las que lleguen a la conclusión de que, con toda certeza, si el paciente pudiera comunicarse, solicitaría la eutanasia.

Por otro lado, el médico que ha practicado una sola eutanasia, tiene dos opciones: o pensar que ha matado a un paciente (cosa que no suele ser nada fácil de asumir) o que ha obrado con rectitud, ya que convencerse de esto último resulta mucho más satisfactorio y, además, la presión social lo favorece en gran medida.

La vinculación de la eutanasia y el aborto a la profesión médica corrompe la relación médico-paciente, basada en el respeto y la confianza. Pretender que los médicos lleven a cabo la eutanasia o el aborto supone vulnerar el principio más fundamental de la medicina (primum non nocere) y modifica sus objetivos clásicos (curar, paliar y consolar al enfermo).

La cultura de la muerte le ha arrebatado al hombre su excelente y suprema dignidad. Y lo ha hecho precisamente en la sociedad que más alardea de garantizar el respeto a los derechos y a la dignidad de las personas. Lo más impresionante es que nadie parece haberse dado cuenta de ello o, por lo menos, nadie parece darle demasiada importancia. Parece irrelevante que, a fin de poder justificar el aborto o la eutanasia, se niegue la igualdad en dignidad y derechos de todos los seres humanos poseemos. La imposición de la cultura de la muerte, que viene marcada por la sublimación del éxito, la autonomía, la autoafirmación, la imposición continua de la propia voluntad y la satisfacción inmediata de todos los deseos conduce, a medio plazo, a la aceptación del divorcio, el aborto, la manipulación, destrucción e instrumentalización de embriones, la eutanasia, la eugenesia y el suicidio.

Como hemos visto, la cultura de la muerte fundamenta la dignidad de la vida humana en el bienestar y la calidad de vida, de modo que los seres humanos cuya vida se encuentra por debajo de un cierto nivel crítico de calidad, no son considerados personas humanas y, por lo tanto, carecen de dignidad y de derechos. La cultura de la muerte no tolera la imperfección, ni el sufrimiento, ni el dolor, ni la contrariedad, de modo que opta por erradicarlas a toda costa, incluso al precio de eliminar a las personas que sufren o nos hacen sufrir a causa de sus incurables limitaciones.

Desagraciada y lógicamente, admitir el aborto conduce a la despenalización de la eutanasia, puesto que es incomprensible que se permita acabar con la vida del propio hijo y no se permita poner fin a la propia vida.

A su vez, la eutanasia conduce al suicidio, ya que la justificación filosófica de la eutanasia es que una vida con poco grado de bienestar, no es una vida digna, de modo que no se trata de una vida propiamente humana y, por tanto, puede ser eliminada sin reparos. Otra forma de justificar la eutanasia es alegando el derecho a la autonomía y la autodeterminación (es decir, el derecho de hacer con nosotros mismos lo que nos plazca).

El aborto termina con la vida incipiente; la eutanasia, acaba con los mayores de la sociedad y con las personas más débiles y dependientes; la fecundación in vitro y la eugenesia seleccionan a los sanos y eliminan los defectuosos y el suicidio permite poner fin a la propia vida a los que constatan su imperfección o se sienten fracasados… ¿quien sobrevivirá la letal peste que difunde a sus anchas por occidente?

Es evidente que la cultura de la muerte no sólo amenaza Occidente por una cuestión demográfica. Estoy convencido de que la cultura de la muerte causará estragos en Occidente (de hecho, ya los está causando, aunque los verdugos y sus víctimas son muy silenciosos y los estremecedores crímenes pasan desapercibidos). Pero también estoy convencido de que la cultura de la muerte acabará por autodestruirse; es más, no creo que le dé tiempo a tanto, porque la cultura de la vida surge con fuerza allí donde la vida misma está más amenazada, mientras que la cultura de la muerte surge allí donde hay bienestar y calma. Después de muchos años de tranquilidad y aparente seguridad (en las que nos hemos ido olvidando de la necesidad de velar sin descanso por las vidas humanas) la vida vuelve a estar gravemente amenazada en Occidente y, aunque la amenaza es un mal (sobretodo cuando se lleva a cabo) permite recobrar la conciencia del valor de aquello que puede llegar a perderse.

Motivos para la esperanza ante la Cultura de la Muerte.

 

De ahí que no debemos caer en la desesperanza, pues a medida que la sociedad se va percatando de la gravedad de la situación, surgen instituciones, movimientos, personas y grupos de trabajo dedicados con esmero a trabajar en la defensa de la vida y la dignidad de la persona humana. Realmente hay mucho que hacer tanto en el campo de la medicina y la investigación como en el de la asistencia social, la ayuda a las familias, la difusión de información y la educación, entre otros muchos.

La seria amenaza que supone la cultura de la muerte para el conjunto de la sociedad debe preocuparnos, pero no desesperarnos, puesto que, así como la cultura de la vida persistirá eternamente, la cultura de la muerte acabará, por su propia naturaleza, destruyéndose a sí misma.

Confiemos a María, aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes, la causa de la vida. Que Ella mire el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana,
de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad.

Que Ella haga que a quienes creemos en su Hijo sepamos anunciar con firmeza y amor
a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida. Que nos alcance la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda nuestra existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir,
junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la Verdad y del Amor,
para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

 

Álvaro Chillarón de la Fuente.

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