Feminismo e ideología de género:

dos rebeliones de la persona humana contra su condición de criatura.

 

Cuando vemos la historia del feminismo desde sus inicios hasta la actualidad, nos damos cuenta de que las reivindicaciones feministas poseen un origen legítimo que, como el socialismo en sus comienzos, ha ido descarrilando con el paso del tiempo.

En su reacción legítima contra aquella esclavitud liberal del siglo XIX, el socialismo acabó descarrilándose totalmente cuando se radicalizó, primero, en la interpretación materialista de la vida y de la Historia; segundo, en un sentido de represalia; y tercero, en una proclamación del dogma de la lucha de clases. Y a sí como ese socialismo que vino a ser una crítica justa contra el liberalismo trajo consigo una maquinaria contraria al orden natural, al bien común y a la naturaleza humana en una interpretación materialista de la misma, el feminismo actualmente cae en el mismo error de quedarse como propio aquello que comenzó a combatir legítimamente.

Hubo un tiempo en el que los movimientos feministas defendieron la igualdad ante la ley de la mujer, reclamaron su derecho al voto y su acceso en igualdad de condiciones a la educación o al trabajo. El derecho, en definitiva, a participar en todos los ámbitos sociales sin padecer discriminaciones. Pero ese tiempo pasó, y una vez alcanzado dicho derecho, las reivindicaciones del feminismo actual son muy distintas, y la mayor parte de ellas se acogen bajo el paraguas de la llamada “ideología de género” que, como todos los totalitarismos que en el mundo han sido, aspira a completar una labor de ingeniería social.

Una ideología, como fenómeno moderno, se entiende como un sistema “omnicomprensivo” y cerrado, que nos aporta una visión completa de la persona humana, de la sociedad, de la historia y de todos los sucesos de la vida ordinaria, sobre la base de unos principios normalmente sencillos. Además, una vez aceptados sus principios, tiende a ser coherente consigo misma. Si uno admite los presupuestos de esa ideología, y se sitúa en su interior de forma radical a lo mismos, toda su construcción es lógica y coherente. Por tanto, es necesario colocarse fuera para ver sus inconsistencias.

Si uno, por ejemplo, comparte ciegamente los prejuicios de Hitler sobre la moral, la historia y el papel de los arios y judíos, es coherente matar a millones de judíos, aún tratándose de personas inocentes. De igual manera, si uno comparte la visión de la lucha de clases de Marx, se entienden los cincuenta millones de muertos del régimen soviético.

En la actualidad, a comienzos del siglo XXI, nos encontramos, sin darnos cuenta de toda su trascendencia, ante uno de los fenómenos más influyentes en toda nuestra civilización. Hablamos de la expansión e invasión de la antes mencionada “ideología de género” que, como el nazismo o el marxismo, se trata una ideología alimentada por el odio. Ya no a una raza o clase determinada, sino a aquellas relaciones humanas fundadas en la complementariedad natural y el amor. Y puesto que para el feminismo y la ideología de género la diferencia sexual es la primera alienación del ser humano, su obsesión mayor consiste en destruir en primera medida aquellas instituciones que se basan en la idea de diferencia sexual, es decir, el matrimonio y la familia.

Pero, ¿cuándo se unen feminismo e ideología de género? El origen de esta unión podemos situarlo en la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín de 1995. Allí tuvo lugar la cuarta de una serie de Conferencias Mundiales sobre la Mujer organizadas por las Naciones Unidas. En esta IV Conferencia, la conclusión más importante es la consideración de que los problemas que repercuten a las mujeres no pueden tratarse de forma aislada (con políticas específicas sobre la población femenina), sino que se trata de un problema estructural, de cómo están organizadas las sociedades, y que todo ello está interrelacionado.

La herramienta para llevar a cabo este análisis es el concepto de “género”, cuyo uso podemos decir que se institucionaliza a partir de esta IV Conferencia, y que se define como “la forma en que todas las sociedades del mundo determinan las funciones, actitudes, valores y relaciones que conciernen al hombre y a la mujer. Mientras el sexo hace referencia a los aspectos biológicos que se derivan de las diferencias sexuales, el género es una definición de las mujeres y los hombres construido culturalmente y con claras repercusiones políticas”.

El Papa San Juan Pablo II, con motivo de dicha Conferencia, llamó a través de la Carta a las Mujeres a “(…) clarificar la plena verdad sobre la mujer, (…) teniendo en cuenta no sólo a las mujeres importantes y famosas del pasado o las contemporáneas, sino también a las sencillas, que expresan su talento femenino en el servicio de los demás en lo ordinario de cada día”. En dicha carta se expresa además la pretendida contribución de la Iglesia en la “defensa de la dignidad, papel y derechos de las mujeres”, a “(…) devolver a las mujeres el pleno respeto de su dignidad y su papel” y para “(…) que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad”.

La perspectiva de género niega esa “peculiar dignidad” de las mujeres, es decir, el valor intrínseco de las mismas, fruto de su naturaleza femenina ligada íntimamente a la maternidad, y de la que deriva un llamado “genio femenino”, que consiste en el conjunto de los dones específicamente femeninos –comprensión, objetividad de juicio, compasión, etc.– que se manifiestan en su feminidad en todos los pueblos. En su Exhortación Evangelii gaudium, el Papa Francisco sostiene igualmente que “el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social y donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales”.

En apenas unos pocos años se han redefinido los conceptos de matrimonio y familia y se han aprobado leyes que reformatean y desvirtúan estas realidades básicas de la sociedad. También se han puesto en marcha nuevas leyes educativas que imponen la perspectiva de género de forma transversal, conculcando de esta manera el derecho de los padres para elegir el tipo de educación que desean para sus hijos. Para la ideología de género es prioritario el control de la educación y los medios de comunicación, de este modo se asegura el adoctrinamiento de la sociedad desde abajo, mediante una banalización del sexo, que deja de ser una expresión de la donación mutua entre hombre y mujer, para erigirse en elemento de realización personal, individual, lograda en la satisfacción del propio deseo.

En la nueva cultura impuesta por el feminismo y la ideología de género, los papeles del hombre y la mujer han de ser perfectamente intercambiables. La familia heterosexual y monógama aparece como un caso más de práctica sexual, el más obsoleto. Una familia redefinida libremente al hilo de nuestras apetencias, en la que acaban equiparándose con la familia natural diferentes formas de unión que se fundan en contratos acordados entre individuos. Contratos por supuesto rescindibles, como conviene a una nueva utopía de hedonismo que preconiza la consecución de la felicidad a través de la exaltación del deseo sexual, sin límite legal, moral o incluso corporal alguno.

Chesterton ya nos habló del triunfo de esta utopía monstruosa hace casi un siglo, cuando auguró que no tardaría en proclamarse una nueva religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad. Tal religión ya ha sido instaurada, y toda la panoplia legal desplegada en los últimos tiempos: legalización de la pornografía, reconfiguración de la institución matrimonial, aprobación del divorcio, consagración del llamado “derecho a la salud reproductiva y sexual”, Educación para la Ciudadanía (ley Celaá en la actualidad), ley de “Violencia de Género”… no tiene otro afán sino otorgar cobertura jurídica a una revolución ideológica que trata de cambiar radicalmente la sociedad, moldeando la esfera interior de las personas.

El feminismo y la ideología de género han encontrado una vía de penetración imparable a nivel internacional en las sociedades humanas a través de la actividad desplegada por la ONU y de las sucesivas conferencias internacionales que, a su amparo, como hemos visto con la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, han establecido las pautas para su implantación universal. Tales pautas han sido asumidas como propias por la socialdemocracia, que tras el fracaso del socialismo real ha incorporado a su agenda política la ideología de género como un sustitutivo idóneo de las causas que tradicionalmente había defendido. Y como era de esperar, los liberales han hecho en su discurso una versión edulcorada o diluida de esta misma ideología, temerosos de perder el tren de la modernidad.

Nos hallamos ante la ideología política más antisocial que ha creado el hombre. Una ideología que desarticula los vínculos naturales, que destruye nuestra propia humanidad y entroniza una sociedad atomizada de individuos que, en su búsqueda de satisfacción personal, se cierran a la viada y se creen dioses capaces de auto-determinarse. Así lo afirmaba Simone de Beauvoir en su ensayo El segundo sexo (1949), cuando decía aquello de que “on ne naît pas femme; on le devient” (no se nace mujer; se hace).

A través de la autonomía “nonserviana” que hemos descrito antes, el feminismo y la ideología de género constituyen en la actualidad la última rebelión de la criatura contra su condición de criatura. Así como la sociedad moderna, con el liberalismo, ha pretendido negar la existencia de una instancia exterior que le diga a la persona algo sobre la verdad de sí misma y la realidad que la rodea, sobre lo que es bueno y lo que es malo para ella; así como la sociedad moderna, con el materialismo marxista, ha intentado negar las exigencias la misma persona y su libertad, derivadas de admitir su condición de ser también espiritual; ahora, con el feminismo y la ideología de género, la sociedad moderna pretende liberarse ya hasta de las exigencias de la propia naturaleza humana.

Frente a esta rebelión perversa, demos gracias al Creador y al Redentor del mundo precisamente por el don de un bien tan grande como es el de la femineidad. Un don que, en sus múltiples expresiones, pertenece al patrimonio constitutivo de la humanidad y de la misma Iglesia, y que hoy necesita más que nunca de su defensa y promoción. Que María, Reina del amor, vele sobre las mujeres y sobre su misión al servicio de la humanidad, de la paz y de la extensión del Reino de Dios.

 

Álvaro Chillarón de la Fuente

(A.M.D.G. et Hispaniae)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Nunc coepi – Visita del abad de Clear Creek

“Y dijo Yahvé a Gedeón: Por medio de estos trescientos hombres, os…

Entrevista al P. Javier Olivera

El P. Javier Olivera es un sacerdote argentino, graduado en la Facultad…

El Arte. Posible nueva víctima del hombre moderno

El pasado mes de enero de 2018 se retiró una de las…