Hoy, cuando los vínculos entre europeos tan sólo se galvanizan con maquiavélicos tratados económicos o por un corpus legislativo que a la postre deslió los lazos que verdaderamente nos unían, esplende con fulgor coruscante el Camino de Santiago, que, como una suerte de carótida, nutrió de Cristianismo los terrenos que asendereaba, hermanándolos en un afán común. Así me lo ha recordado, al menos, la lectura de «Los misterios del Camino de Santiago», que José María Blanco Corredoira viene de publicar en Almuzara; una brillante colección de leyendas y de historias con que a lo largo de los siglos se ha ido perlando la ruta jacobea.

Con una prosa de la que prenden muy jugosos ornamentos literarios, Blanco Corredoira, nos descubre buena parte de las leyendas en que se cimienta la historia del Camino, algunos de los más destacables milagros que por intercesión del Apóstol se han producido, o los hitos con que se ha ido forjando el culto jacobeo a lo largo de los siglos. Y todo ello lo hace, o así se me antoja, permeado de un amor indisimulable por el Camino, que parece habérsele colado en los adentros e incrustado en ellos para siempre.

Como un juglar redivivo, Blanco Corredoira se anuda las sandalias, toma el bordón y la calabaza y se interna en esas trochas angostas y descoyuntadas por las que discurre la ruta, donde un polícromo dosel de castaños, abedules y carballos cabezones sirve de arco de proscenio a viles escaramuzas de bandidos, que se emboscan tras los matojos a la espera del incauto; o a gallardas justas caballerescas, como aquella que prestigió a Hospital de Órbigo cuando, allá por 1434, un caballero llamado Suárez de Quiñones solicitó la licencia del Rey para sostener un mes de justas, mandobles y porrazos. Y bajo ese arco de proscenio Blanco Corredoira nos va cantando sus historias, acechadas por espectros parlanchines, que acompañan al conchero y le entretienen la caminata; por muchachas casaderas que se engolosinan con algún mozo apuesto y elaboran extraños filtros para ceñirle los grilletes de su capricho; o por lobos que, rampantes y en manada, persiguen a quienes la noche se les ha echado encima.

Hoy, cuando en Literatura impera una narrativa mazorral y amputada de belleza, este «Misterios…» que ahora gloso viene a ser un pozo de agua fresca en el que calmar nuestra sed de buenas letras; o una luz que, desafiante y corajuda, consigue remeterse por entre la abigarrada niebla de zafiedad que nos ofusca o enceguece, para así acercarnos la alborada de la belleza.  Pero no por ello es esta obra, estimado lector, un conjunto de barrocos requilorios o de excesos estilísticos, como ciertas narraciones en las que el estilo opaca lo narrado, sino, más bien, el relato casi férvido de la historia póstuma del Apóstol, bajo cuya égida medró España hasta hacerse el más grande imperio que vieron los siglos. La belleza de la prosa de este autor madrileño parece haberse matrimoniado, además, con el ánimo de exhaustividad y, así, Blanco Corredoira también detiene su escrutinio en hechos históricos que muchos, por desdén de lo cristiano o por tocar la gaita con infundios nigrolegendarios, han pretendido falsos o apócrifos; Hechos tales, por ejemplo, como el saqueo de las campanas catedralicias que aquél bribón de Almanzor perpetró en 997; la desaparición de los restos del Apóstol en 1589, cuando el obispo Sanclemente, por miedo a que el pirata Drake cumpliera su amenaza de destruir el sepulcro, los ocultó para casi siempre; o la batalla de Clavijo, entre otros, cuando un Santiago cabalgante se hizo carne frente al Moro. E incluso se detiene en el famoso robo del Códice Calixtino, que aún se mantiene vivo en nuestro recuerdo. Una obra, en suma, que, amén de interés general,  se me hace imprescindible para todos aquellos que entendemos el Camino y al Apóstol como lo que en realidad han supuesto para España: la amalgama espiritual de todo un pueblo, salvíficamente amasada por aquél al que el Beato de Liébano llamó «aurea cabeza refulgente de España».

 

Gervasio López.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like

Nunc coepi – Visita del abad de Clear Creek

“Y dijo Yahvé a Gedeón: Por medio de estos trescientos hombres, os…

Entrevista al P. Javier Olivera

El P. Javier Olivera es un sacerdote argentino, graduado en la Facultad…

El Arte. Posible nueva víctima del hombre moderno

El pasado mes de enero de 2018 se retiró una de las…