El taller de papá es el lugar al que acudes cuando eres pequeño y se te rompe un juguete, o cuando eres mayor y tu mundo no funciona como debería.

Hoy que el papel del padre en la familia ha entrado en crisis debemos recordar que es crucial y no es un miembro más; es la autoridad natural del núcleo morfofuncional de una sociedad. Sin padre no hay familia y sin taller no hay individuo.

El taller de papá no es solo el lugar donde aprendes a medir la tensión de una pila, a utilizar el destornillador adecuado para cada tornillo o donde te corrige matemáticas. Es el entorno en el que un niño aprende a no dejarse llevar por los altibajos de la vida, a tratar a las personas en función de cómo son los demás no amoldándolas a él mismo o el valor del esfuerzo por el mero placer de hacer las cosas bien y a trabajar aunque no vaya a haber una recompensa externa.

Es donde el niño aprende a ser hombre y la niña a ser mujer, donde comprenden las diferencias entre padre y madre, hombre y mujer y donde empiezan a asumir sus respectivos puestos en la sociedad complementándose para la correcta marcha de la civilización. Aprenden el respeto y la obediencia.

Aprender de papá no es asunto solo de chicos. La eliminación de la paternidad a la que nos impulsa la sociedad actual no solo despoja a los niños de un ejemplo de masculinidad sino que priva a las niñas de un conocimiento de la psique del varón. La falta de un hombre en una casa hace que una niña no vea la diferencia entre el razonamiento masculino y femenino, no sabe las diferencias que hacen hombre al hombre y mujer a la mujer, no se le da una contraposición a la feminidad de la que tiene que participar.

De papá aprendemos a comprender que somos los engranajes de un gran reloj, que el individuo no hace nada por sus propias fuerzas, necesita apoyarse en la familia, el origen y destino del ser humano.

El taller de papá no es un lugar físico, no es una mesa cubierta con periódicos para que no se estropee, no es una habitación en la que el hombre encerrado recibe a sus hijos al margen de la familia. Son cuadernos de matemáticas llenos de explicaciones, láminas de dibujos con una segunda corrección (la del profesor y los detalles que el padre puliría de cara a la siguiente entrega), son las recomendaciones de libros que llevan años cogiendo polvo en casa de los abuelos a la espera de que otras ávidas manos infantiles los sigan desgastando… son momentos en los que recibes un consejo, una lección, un palabra, una luz… que años después siguen formando parte de uno, y cuando son necesarias se recuerdan y cuando preguntan de dónde sale esa sabiduría que no siempre es de manual, podemos sonreír, recordar y decir “lo aprendí en el taller de papá”.

Barbara Ruiz Luccini

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