Dejamos a nuestros lectores el interesante testimonio de Ana Catalina Emmerick sobre los sucesos que tuvieron lugar con la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

 

LVI

Temblor de tierra. Aparición de los muertos en Jerusalén

Cuando murió Jesús, yo vi su alma semejante a una forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz, y con una multitud brillante de ángeles, entre los cuales estaba Gabriel. Esos ángeles echaban de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió muchas almas del limbo a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él.

El temblor de tierra que abrió la roca del Calvario causó muchos estragos, sobre todo en Jerusalén y la Palestina. Apenas habían recobrado el ánimo en la ciudad y en el templo al volver la luz, cuando el temblor que agitaba la tierra y el ruido de los edificios que se hundían causaron otro más grande. Este terror fue todavía mayor cuando las gentes que huían llorando encontraban en el camino a los muertos resucitados que los avisaban y los amenazaban.

En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso, interrumpido por gritos lamentables. Pero había tanto orden por todas partes, el templo estaba tan lleno, las idas y venidas tan bien ordenadas, las filas de los sacerdotes que sacrificaban, el ruido de los cánticos y de las trompetas preocupaban tanto los ojos y los oídos, que el miedo no produjo desorden ni turbación general. Los sacrificios se continuaron tranquilamente en algunas partes; en otras los esfuerzos de los sacerdotes calmaban el terror. Pero a la aparición de los muertos que se presentaron en el templo, todo se dispersó, y el altar del sacrificio se quedo sólo, como si el templo hubiese sido manchado.

Sin embargo, esto aconteció sucesivamente; y mientras que una parte de los que estaban presentes bajaban los escalones del templo, otros estaban contenidos por los sacerdotes, o no estaban todavía penetrados del pánico universal. Se puede formar una idea de lo que ocurría, representándose un hormiguero en el cual han echado una piedra, o que han meneado con un palo. Mientras la confusión reina en un punto, el trabajo continua en otro, y aun el sitio agitado vuelve a recobrar el orden.

El sumo sacerdote Caifás y los suyos conservaron su presencia de animo; gracias a su endurecimiento diabólico y a la tranquilidad aparente que tenían, impidieron que hubiese una confusión general, haciendo de modo que el pueblo no tomara esos terribles avisos como fiel testimonio de la inocencia de Jesús. La guarnición romana de la fortaleza Antonia hizo también grandes esfuerzos para mantener el orden, de suerte que la fiesta se interrumpió sin que hubiese tumulto popular. Todo se convirtió en la agitación y la inquietud que cada uno llevo a su casa, y que la habilidad de los fariseos reprimió en la mayor parte.

 

He aquí los hechos particulares de que me acuerdo. Las dos grandes columnas situadas a la entrada del santuario en el templo, y entre las cuales estaba colgada una magnífica cortina, se separaron la una de la otra; el techo que sostenían se hundió, la cortina se rasgó con ruido en toda su extensión, y el santuario se quedó abierto a todos los ojos. Cerca de la celda adonde oraba habitualmente el viejo Simeón cayó una gruesa piedra, y la bóveda se hundió.

Se vio aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre el templo y el altar; pronunció palabras amenazadoras, y habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote y Simón el Justo, se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron también de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar de ellas bajo pena severa. Pero se oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: «Salgamos de aquí».

Entonces vi alejarse los ángeles. Nicodemo, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos resucitados se veían todavía que andaban por el pueblo. A la voz de los ángeles entraron en sus sepulcros. Anás, uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba casi loco de terror; huía de un rincón al otro en los cuartos más retirados del templo. Caifás quiso animarlo, pero fue en vano; la aparición de los muertos lo había consternado. Caifás, aunque lleno de terror, estaba tan poseído del demonio del orgullo y de la obstinación, que no dejaba ver nada de lo que sentía, y oponía una frente de hierro a los signos amenazadores de la ira divina. No pudiendo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar las ceremonias, dio orden de no revelar todos los prodigios y todas las apariciones que el pueblo no había visto. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que estos signos de la ira del cielo habían sido ocasionados por los partidarios del Galileo, que se habían presentado en el templo manchados; que muchas cosas provenían de los sortilegios de ese Hombre, que en su muerte, como en su vida, había agitado el reposo del templo.

Mientras todo esto pasaba en el templo, el mismo espanto reinaba en muchos sitios de Jerusalén. Un poco después de las tres muchos sepulcros se hundieron, sobre todo en los jardines situados al Noroeste; en ellos vi muertos amortajados; en algunos no había más que restos de vestidos y de huesos. Los escalones del tribunal de Caifás, donde Jesús había sido ultrajado, y una parte del hogar donde Pedro había negado tres veces a su Maestro, se hundieron.

Se vio aparecer al sumo sacerdote Simón el Justo, abuelo de Simeón, que había profetizado en la presentación de Jesús al templo. Pronunció palabras terribles contra la sentencia inicua dada en aquel sitio. Muchos miembros del Sanedrín se habían juntado. Los criados que la víspera habían hecho entrar a Pedro y a Juan, se convirtieron y se fueron con los discípulos. Cerca del palacio de Pilatos, la piedra se partió en el sitio donde Jesús fue presentado al pueblo; todo el edificio se resintió, y el patio del tribunal vecino se hundió en el paraje donde los inocentes degollados por Herodes fueron enterrados. En muchas partes las murallas de la ciudad se derribaron; sin embargo, ningún edificio se destruyó enteramente. El supersticioso Pilatos estaba lleno de terror e incapaz de dar ninguna orden. Su palacio se movía, el suelo temblaba debajo de sus pies, y él huía de una habitación a la otra. Los muertos se aparecían en el patio interior y le reprochaban su juicio inicuo. Creyó que eran los dioses del Galileo, y se refugió en el rincón más retirado de su casa, donde hizo votos a sus ídolos para que viniesen a su socorro. Herodes estaba en su palacio temblando, y lo había cerrado todo.

Hubo un centenar de muertos de todas las épocas, que se aparecieron en Jerusalén y en los alrededores. Todos los cadáveres que se aparecieron cuando se abrieron los sepulcros, no resucitaron. Los muertos cuyas almas fueron enviadas por Jesús desde el limbo, se levantaron, descubrieron su cara y anduvieron errantes por las calles como si no tocasen a la tierra. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. Yo los veía ir por las calles, la mayor parte de dos en dos: no veía el movimiento de sus pies, que volaban a flor de tierra. Estaban pálidos o amarillos; tenían barba larga; su voz tenía un sonido extraño e inaudito. Estaban amortajados según el uso del tiempo en que vivían. En los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue proclamada antes de ponerse en marcha para el Calvario, se pararon un momento y gritaron: «¡Gloria a Jesús, y maldición a sus verdugos!» Todo el mundo temblaba y huía: el terror era grande en toda la ciudad, y cada uno se escondía en lo último de su casa. Los muertos entraron en sus sepulcros a las cuatro. El sacrificio fue interrumpido, la confusión reinaba por todas partes, y pocas personas comieron por la noche el cordero pascual.

 

Ana Catalina Emmerick – La amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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