Continuamos publicando fragmentos de la obra de Ana Catalina Emmerick, La amarga pasión de nuestro Señor Jesucristo.

 

LXVII
Terremoto y apariciones a la muerte de Jesús
Entre los muertos resucitados en Jerusalén, cuyo número llegó a ciento, no había ningún pariente de Jesús. He visto en otros lugares de la Tierra Santa otros muertos aparecer y dar testimonio de Jesús. Así vi a Sadoc, hombre muy piadoso, que había dado todo lo que poseía a los pobres y al templo, y que había fundado una comunidad de esenios, aparecerse a mucha gente en las inmediaciones de Hebrón. Este Sadoc había vivido un siglo antes de Jesús: había deseado ardientemente la venida del Mesías, y tenido sobre este muchas revelaciones. Vi otros muertos aparecerse a los discípulos del Señor que estaban escondidos, y darles avisos.

El terror y la desolación se extendieron hasta los lugares más remotos de la Palestina,y no fue sólo en Jerusalén donde hubo prodigios espantosos. En Tirza, las torres de la cárcel donde habían estado presos los cautivos que Jesús rescató, se hundieron. En Galilea, donde Jesús había viajado tanto, vi caerse muchos edificios, sobre todo las casas de los fariseos que habían perseguido al Salvador con más rencor, y que estaban todos en la fiesta: esas casas se hundieron sobre sus mujeres y sus hijos. Hubo muchos desastres en las inmediaciones del lago de Genesaret. Muchos edificios se desplomaron en Cafarnaum: el muro que estaba delante del hermoso jardín del centurión Zorobabel, se abrió. El lago inundo el valle, y llegó hasta Cafarnaum, que esta a media legua. La casa de Pedro y la habitación de la Virgen, situadas al salir del pueblo, quedaron intactas. El lago estuvo muy agitado; sus orillas se hundieron por muchas partes; su configuración se mudó totalmente, con semejanza a la que hoy tiene. Hubo, sobre todo, grandes cambios en su extremidad sudoeste, cerca de Tariqueo, porque había una calzada larga de piedra construida entre el lago y una especie de laguna, y que daba una
dirección constante al curse del Jordán, a su salida del lago. Toda la calzada se destruyó con el terremoto.

Hubo muchos desastres al Este del lago, en el sitio donde los cerdos pertenecientes a los habitantes de Gergesa se habían precipitado en el lago; también los hubo en Gergesa, en Gerasa y en todo el distrito de Corazaín. La montaña donde se hizo la segunda multiplicacion de los panes fue removida, y la piedra donde se había verificado el milagro se partió por en medio. En la Decápolis, ciudades enteras se hundieron. En Asia muchos sitios sufrieron bastante, sobre todo al Este y al Noroeste de Paneas. En la Galilea Superior muchos fariseos hallaron sus casas arruinadas al volver de la fiesta. Muchos de ellos recibieron la noticia en Jerusalén : por eso los enemigos de Jesús
emprendieron tan poco contra la comunidad cristiana en la fiesta de Pentecostés. Una parte del templo de Garizim se arruinó. Había un ídolo sobre una fuente, en un pequeño templo, cuyo techo se hundió en la fuente con el ídolo. La mitad de la sinagoga de Nazaret, de donde habían echado a Jesús, se hundió, así como la parte de la montaña de donde habían querido precipitarle. Hubo muchas perturbaciones en el curso del Jordán por causa de las conmociones, y mudó de dirección en muchos sitios. En Maqueronte y en las otras ciudades de Herodes todo estuvo tranquilo: este país estaba fuera de la penitencia y de las amenazas, semejante a aquellos hombres que no se
cayeron, y por consiguiente no se levantaron, en el Huerto de los Olivos.

En otros muchos sitios donde habitaban espíritus malos, vi a éstos desaparecer a bandadas en medio de los edificios y de los montes que se hundían. Las sacudidas de la tierra me recordaron las convulsiones de los poseídos cuando el enemigo siente que va a alejarse. En Gergesa, una parte de la montaña, desde donde los demonios se habían echado en un lago con los cerdos, rodó dentro de ese lago; y entonces vi una multitud de malos espíritus precipitarse en el abismo como nube oscura.

En Nicea, si no me equivoco, vi un acontecimiento singular, de que me acuerdo de una manera imperfecta. Había un puerto con muchos barcos, y cerca de ese puerto había una casa con una torre elevada, donde vi un pagano encargado de vigilar esos barcos. Tenía que subir con frecuencia a la torre y mirar lo que pasaba en el mar. Habiendo oído un gran ruido sobre los barcos del puerto, subió de prisa para ver qué sucedía, y vio volar sobre el puerto figures siniestras, que le gritaron con voz lastimera: «Si quieres conservar los barcos, hazlos salir de aquí, pues vamos a entrar en el abismo: el grande Pan ha muerto». Le dijeron otras cosas; le recomendaron que contara lo que le decían
en un viaje de mar que tenía que hacer pronto, y que recibiera bien a los mensajeros que vendrían a anunciar la doctrina del que acababa de morir. Así los malos espíritus estaban obligados por el poder de Dios a avisar a ese hombre y a encargarle que anunciara su derrota. Mando poner las naves en seguridad, y entonces se levantó una tempestad horrible: los demonios se precipitaron aullando en el mar, y la mitad del pueblo se hundió. Su casa subsistió en pie. Poco tiempo después hizo un gran viaje y anuncio la muerte del gran Pan, si es ese el nombre que dieron al Salvador. Después vino a Roma, donde se admiraron mucho de lo que contesto. Su nombre era como Tamus o Tramus.

 

Ana Catalina Emmerick – La amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo

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