Este 15 de abril se ha cumplido un año desde que toda Europa vio, en muchos casos en directo a través de internet, como ardía Notre Dame en París. Este edificio había resistido a la primera revolución en Europa en la que un pueblo abandonó en masa la religión, abrazando el nihilismo, hecho que supuso el inicio de la desnaturalización de la cultura europea y su desvinculación del cristianismo, que había sido hasta entonces su motor e impulsor para expandirse por el mundo entero.

Esta catedral despertó desde su construcción la admiración de cuantos la han contemplado. En cuestión de horas vimos cómo se reducía a escombros uno de los emblemas de la Cristiandad que quedaba en una tierra caracterizada por el laicismo. Esto no fue lo peor, que aún estaba por llegar. Salieron distintos proyectos de restauración que empezaban por la desacralización del templo. Los legos en arquitectura que apoyaban los proyectos se basaban, entre otras cosas, en cuál les parecía más bonito. Basaban una decisión tan importante como la desacralización de un templo en una opinión estética.

El ser humano tiene la tendencia natural de buscar la belleza; es una inquietud propia del hombre que le remite a la Belleza. El arte durante mucho tiempo estuvo enfocado a ella; ya fuera sacro o profano, siempre buscó la expresión máxima de la misma.

Desde hace varias décadas el arte ha perdido esta búsqueda y esta sed de la Belleza. Hemos perdido los grandes referentes como Miguel Ángel, Rafael, Caravaggio, u otros como Monet, Fortuny, Sorolla o movimientos de regresión como los Prerrafaelistas. La falta de belleza en el entorno ha vuelto al hombre un ser apático y adormecido, pero sigue teniendo momentos de despertar a ella al contemplar lugares como la Capilla Sixtina, la Saint Chapelle o lo que fue Notre Dame.

En su momento, el tormento de Miguel Ángel fue cumplir el encargo del papa de pintar la Capilla Sixtina consiguiendo llevar al espectador al éxtasis. Hoy el tormento sigue siendo el mismo, pero habiendo perdido los referentes.

En los años en los que el arte fue diluyendo la belleza al menos quedaban las iglesias, donde se seguía buscando mantenerla ya que caracterizaba tanto la liturgia como el edificio. Pero hubo sectores que también cayeron en su abandono introduciendo prácticas que, por intentar acercar la liturgia a los fieles, se mundanizaron apartando a algunos y relajando costumbres. También los edificios cambiaron dejando de seguir las formas tradicionales, modificando sus estructuras y homogeneizándose con el resto del paisaje urbano. Pasamos de encontrarnos en las iglesias con la Belleza, a que en algunas se nos diera lo mismo que ofrecía el mundo con escasas menciones a Dios, cuando las había. Se abandonó el éxtasis producido por la Belleza para acabar en el tormento de un mundo plano y gris.

Hoy nos toca a los jóvenes tomar la primera línea de esta batalla, en la que busquemos continuar desarrollándonos rodeados de belleza, marcar el punto de inflexión de la decadencia de Occidente. Que igual que se dice que somos la generación más preparada que seamos la generación que restauró Europa volviendo a sus raíces.

Igual que Notre Dame se reconstruirá de sus cenizas, tenemos que hacer que Europa resurja de las suyas.

Bárbara Ruiz Lucini

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