Se hace tarde y anochece emerge como un radiante faro, encendido por la iluminaria de la Verdad, en medio de la tempestad que azota a la Iglesia. Frente al oleaje relativista y al impetuoso viento pagano que arrastra las barcas de innumerables hermanos en la Fe a un aterrador naufragio, esta obra se revela como un ansiado punto de referencia que nos señala el rumbo a un plácido puerto protegido por los inquebrantables muros de la Tradición. Así son percibidas, por una porción importante de la Cristiandad, las líneas que brotan de la pluma de esta alma santa. Tras la publicación de Dios o nada y de la Fuerza del Silencio, el Cardenal Robert Sarah continúa su producción literaria con este esclarecedor ejemplar cuyo título es extraído del pasaje evangélico en el que el Señor camina junto a dos de sus discípulos hacia Emaús.

 

A lo largo de las cuatro partes en que se divide el libro, el Cardenal elabora el exacto diagnóstico de una crisis y nos propone la solución a la misma. Así, en las páginas que brotan de este corazón amante de Dios, se disecciona con la precisión de un cirujano y con la perfección de un santo la realidad actual de la Iglesia y de Occidente, abordando todos aquellos temas que amenazan despiadadamente la existencia de la civilización y que ponen en grave riesgo la vanguardia moral del viejo continente. Pero un diagnóstico sin remedio sería como una escalera a medio construir, nos permite ascender, pero no salir de agujero. Por ello, Mons. Robert Sarah propone una solución. Una solución que no tiene un programa definido pues, de tenerlo, estaríamos ante una obra humana y esta reconstrucción sólo puede ser obra de Dios. Su propuesta se puede resumir en el lema del Papa San Pío X: instaurare omnia in Christo (restaurar todo en Cristo).

 

Por desgracia, Judas Iscariote. Con estas rotundas palabras emprende el Cardenal su análisis sobre la crisis de la Iglesia. Expone la cruda realidad de una Iglesia en muchos aspectos mundanizada; de jerarcas católicos que renuevan la traición de Judas a Nuestro Señor con sus palabras y actos; un cuerpo místico de Cristo que ha dejado de regirse por la oración y los sacramentos para adoptar las lógicas de la empresa privada. Una Iglesia que ha dejado de predicar la Verdad para encubrir la Cruz -escándalo para el mundo y locura para los paganos- y para rendir pleitesía y buscar el aplauso de los poderes del mundo. Esto se manifiesta en cuestiones como la destrucción del celibato a las puertas de ser aprobado en el Sínodo de la Amazonia, la relativización de la moral sexual destructora de la naturaleza humana que persigue el camino sinodal alemán, los escándalos surgidos a raíz pecados sexuales y pedófilos de determinados clérigos, los ritos paganos indigenistas celebrados en los suelos vaticanos y el abandono de la predicación religiosa para centrarse en cuestiones sociopolíticas o ecológicas.

 

Según el Cardenal, el origen de esta situación radica en la pérdida de Fe como consecuencia del desprecio de la oración y de la vida contemplativa en pro de un activismo incesante y de la aplicación de un modus operandi político a una institución sagrada. La segunda gran causa es la destrucción de la Santa Misa; ésta se ha convertido en un lugar para desarrollar el ingenio del sacerdote, en un espectáculo que trata de divertir a la asamblea que asiste, algo efímero y emotivo. John Senior en Restauración de la Cultura Cristiana aseguraba que la Santa Misa es el centro de la Cristiandad y de Occidente. Si ella cae, cae consigo toda la Civilización. Es necesario que Dios vuelva a ser el centro de la Misa, que todos nos dirijamos a Él, también el sacerdote con su posición corporal. Es necesario recuperar la sacralidad, el sentido sobrenatural de la renovación del sacrificio de Cristo en el Calvario. Dios es Verdad, Bien y Belleza. Esto se debe reflejar en la Misa. La belleza nos recuerda que somos más que mera materia y que necesitamos encontrar el significado de la vida fuera de nosotros mismos. Es por eso por lo que la modernidad la odia. El arte contemporáneo es muy representativo, exalta la fealdad y la abstracción, y se sustituye la armonía por lo ininteligible. Cada acto de belleza es una revuelta contra el mundo moderno ateo. Decía Benedicto XVl que una verdadera renovación de la liturgia es la condición fundamental para la verdadera renovación de la Iglesia.

 

Todo proceso histórico es, en el fondo, un proceso religioso. Sin descubrir el substratum religioso no se entiende nada. La presente situación del mundo es, ni más ni menos que la última consecuencia de la Reforma, proclamaba un pensador español del s. XX. El origen de la crisis de Europa y del hombre occidental es en el fondo una crisis religiosa. Europa posee un desgarrador sentimiento de orfandad. Al haber rechazado sus raíces históricas, su idiosincrasia y la religión cristiana sobre la que se ha edificado padece una crisis de identidad adolescente y desarrolla una actitud infantiloide de reafirmación en contra de lo heredado. Actitud similar se aprecia también, a veces, en la Iglesia.

 

Esto se correlaciona con un proceso creciente de individualización en el que el hombre moderno rechaza cualquier compromiso que implique renuncia de sus propios deseos y de aquello que no haya elegido él mismo. Comienza con el rechazo de Dios pues «le ha sido impuesto», después de su identidad cultural, seguido de su patria, de la familia y la autoridad de sus padres y termina negando hasta su propia naturaleza (femenina o masculina) porque no ha podido elegirla él mismo. El hombre moderno se odia a sí mismo. Este fenómeno es consecuencia de los tres principios rectores de las élites occidentales: el dinero, el poder y el placer. Sarah la denomina civilización del caos de los deseos que conduce a la esclavitud suprema y a niveles de consumo de antidepresivos, asistencia a consultas de psicólogos y suicidio juvenil sin precedentes. Como consecuencia nace una sociedad caracterizada por el aborto, la mercantilización de los cuerpos, las derivas sexuales, el gender, la crisis del matrimonio, el transhumanismo y la eutanasia.

 

Mons. Robert Sarah condena el marxismo y el liberalismo. Ambas ideologías reducen al hombre a una visión puramente material de la existencia. Occidente protagoniza hoy los mayores índices históricos de mercantilización del ser humano mediante la prostitución y el consumo de pornografía. Detrás de ellas está el mercado, por eso los gobiernos no han sido capaces, por muy feministas que se consideren, de prohibirlas. Unido al auge de este fenómeno encontramos una crisis de masculinidad potenciada por la modernidad y por la creciente lucha de sexos marxista que ha cogido el relevo de la desfasada lucha de clases. Del mismo modo, se produce una crisis de feminidad impulsada por el feminismo. Las mujeres no se emanciparán rechazando su feminidad más esencial, sino acogiéndola como una riqueza; no serán felices asumiendo una psicología de inspiración masculina, sino descubriendo la profunda dignidad de su especificidad como mujeres. El Cardenal, reivindica la sacralidad y el papel primordial de la mujer en el plan de Dios. Por medio de la mujer se ha obrado el acontecimiento más grande de la Historia.

 

El Cardenal señala que el papel de la Iglesia en política debe ser el de purificar e iluminar la razón para alcanzar los principios y bienes objetivos que son accesibles a la razón sin necesidad de recurrir a la Revelación. A nosotros, nos previene contra el ateísmo fluido de las sociedades occidentales que sutilmente difumina las fronteras del bien y el mal, que relativiza toda la existencia y aparta a Dios de nuestras vidas. Es mucho más eficaz y peligroso que el ateísmo que imponen los movimientos totalitarios que puede combatirse de frente. Ante ello, nos exhorta a mantenernos fieles a Jesucristo y a profesar un cristianismo viril y fuerte. Un cristianismo basado en el ejercicio heroico de las virtudes de la templanza, la prudencia y la fortaleza que nacen de la Fe en Dios. Nos recuerda la vocación universal a la santidad de todo cristiano, así como la vocación martirial ante los excesos del poder. Los mártires del mundo árabe son un golpe de Verdad para los cristianos aburguesados de occidente que han pactado con la decadencia imperante. Nos llama a una defensa férrea de la Fe católica a través del amor al Catecismo y a nuestros Dogmas. Una defensa que reluce cuando libramos batalla contra el error de la herejía, la corrupción del relativismo y cuando tenemos el coraje de llamar al mal por su nombre. Nos exhorta a amar la tradición que no es la adoración de las cenizas sino la preservación del fuego. La salvación de la Civilización radica en reinstaurar todo en Cristo.

 

 

Emilio E.H. López de Sagredo.

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