La pornografía es ontológicamente un problema antropológico, dado que cualquier tipo de pornografía es incompatible con la dignidad humana. Tanto la revolución sexual que reivindica “derechos de bragueta” como la concepción materialista de la persona humana, unidas ambas en la era de la evolución tecnológica del capitalismo, constituyen los componentes principales de un virus que representa el tejido principal de un gigantesco negocio que mueve cifras “nachovidalianas” alrededor de todo el mundo, a fin de conseguir unos objetivos que, como veremos, no son únicamente económicos.

Como todo virus, la pornografía es un agente infeccioso que sólo es capaz de multiplicarse y de habitar en el interior de otros organismos. De ahí que los precursores del mismo se hayan encargado de que el consumo de su producto se encuentre extendido en el conjunto de la sociedad (sin distinción de sexo o edad) como una auténtica epidemia que genera gran cantidad de adicciones, suponiendo una degradación de la condición del hombre, y en especial de la mujer, cuando no un maltrato psíquico e incluso físico. Sabiendo todo esto, debemos de ser conscientes de que tenemos ante nosotros un gran enemigo a combatir entre todos: la pandemia pornográfica y las consecuencias que van unidas a ella.

  1. Definición y reconocimiento de la pornografía.

En primer lugar, debemos ver qué es la pornografía y cómo reconocerla, para después poder combatirla eficazmente. La RAE define el término ‘pornografía’ como la “presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación”. Su origen etimológico lo encontramos en las palabras griegas pórnē, ‘prostituta’; gráphein, ‘escribir, ilustrar’; y el sufijo – ía, ‘estado de, propiedad de, lugar de’. Es decir, que el significado de ‘pornografía’ vendría a ser el de ‘ilustración de la prostitución’.

Entendemos pues la pornografía como una representación de escenas explícitamente sexuales con el propósito de excitar; una representación obscena e incompatible con la decencia o la buena moral. Esta representación puede ser una fotografía, un dibujo, una estatua, una película o incluso un texto.

Para reconocerla, hay que saber que la pornografía se diferencia de otras ilustraciones en que hace algo que otras representaciones no hacen. Hay representaciones que aspiran a entretener, a decir como son las cosas, a crear personajes y aventuras con los que el espectador pueda identificarse. En cambio, la pornografía hace algo completamente diferente: trata de modo deliberado de excitar sexualmente al consumidor de la misma.

Son, por lo tanto, obras pornográficas aquellas que se hacen, se comercializan y se consumen como excitantes sexuales. No es una cuestión de qué se exhibe, hasta dónde se enseña, sino que guarda relación directa con los propósitos de sus autores y de sus consumidores. Se trata de productos comerciales diseñados para producir o favorecer la excitación sexual de la audiencia encamando sus fantasías sexuales.

El pensamiento de san Juan Pablo II en su Teología del cuerpo nos ayuda a profundizar más en esta cuestión. El papa polaco explica que la pornografía “se realiza cuando se rebasa el límite de la vergüenza, o sea, de la sensibilidad personal respecto a lo que tiene conexión con el cuerpo humano, con su desnudez, cuando en la obra artística o mediante las técnicas de la reproducción audiovisual se viola el derecho a la intimidad del cuerpo en su masculinidad o feminidad, —y en último análisis— cuando se viola la profunda regularidad del don y del darse recíproco, que está inscrita en esa feminidad y masculinidad a través de toda la estructura del ser hombre”. La pornografía, en definitiva, se opone a la verdad sobre el cuerpo humano, es una parodia del amor y de ese don de Dios que es la sexualidad humana.

Efectivamente, existe una visión católica del cuerpo humano, perfeccionada especialmente en las últimas décadas a través de la Teología del cuerpo antes mencionada, y que en parte también se ha combinado con el concepto de “ecología humana” que cercanamente retomó el Papa Francisico como uno de los pilares interconectados de la ecología integral de su encíclica Laudato si. Ahora bien, la pornografía – por lo que representa, por lo que inculca y promueve a nivel individual y social, por lo que causa a espectadores y actores – contradice totalmente esta visión católica del cuerpo humano. Si la ecología humana existe, entonces la pornografía es un virus que contamina la humanidad entera, una pandemia.

  1. Síntomas principales del virus pornográfico.

Los riesgos del consumo de pornografía son conocidos: facilita una adicción patológica al sexo, lleva a disfunciones o patologías médicas en el uso de la capacidad generativa, altera instintivamente el deseo, siendo uno de los desencadenantes más frecuentes de atracción sexual por el mismo sexo, está en estrecha relación con la criminalidad y la explotación de hombres, mujeres y niños. Es, además, una negación de la capacidad de responder a la sociedad o a un trascendente: una fuente de falta de responsabilidad. Crea conflictos importantes en los niños, actuando en ellos como un verdadero abuso sexual.

Con bastante fundamento médico, se la ha llamado la “nueva droga”. Actúa liberando sustancias a nivel cerebral, relacionadas con el placer y la recompensa. En concreto dopamina. Estas sustancias o neurotransmisores van dejando una huella en la estructura anatómica del cerebro. Al final, como las drogas, se produce una alteración que esclaviza. Es ilustrativo el dicho acerca de la pornografía y otras drogas: “se consuman con los sentidos y se guardan en el cerebro”.

La pornografía es un agente que produce una herida en lo profundo de la persona humana que, si al principio puede ser asintomática, a la larga dificulta el desarrollo pleno, pacífico y armonioso de la misma. Esta herida afectivo-sexual afecta inevitablemente al estilo de vida de las personas afectadas. Dichos estilos de vida dependen de la antropología, y es precisamente esto lo que es amenazado por la pornografía.

Esta adicción es en sí misma muy dolorosa, en tanto que hace sufrir las consecuencias de la superficialidad, la irresponsabilidad, lo temporal y el libertinaje como modelos de comportamiento, rechazando cualquier límite y obteniendo al instante lo que se demanda de manera inmediata.

En el comportamiento humano, los actos, en la medida que se van repitiendo libremente, generan hábitos si son buenos o vicios si son malos. Amar se opone a usar, y ver pornografía supone ver al otro no como un alguien para amar, sino como un algo para usar. Ciertamente, a medida que uno sostiene este comportamiento en el tiempo, se le hace un vicio. ¿Y cuál es el problema? Los hábitos nos van perfeccionando o corrompiendo interiormente según sean buenos o malos, y afectan a todos los ámbitos de nuestra vida. Consumir pornografía hace que se instale en la persona el vicio de tomar al otro no como un sujeto de amor, sino como un objeto de placer.

Ver pornografía enferma de miopía el corazón: acostumbra a ver sólo lo más cercano (el cuerpo) sin ser capaz de ver más allá, con más profundidad, y descubrir en el otro toda su riqueza interior. Ver pornografía, en suma, va corrompiendo interiormente a quienes la consumen, esclavizándolos, atándolos internamente, anulando progresivamente su capacidad de mirar a otros con ojos de amor. Ver pornografía aleja a su consumidor del amor, pues le hace incapaz de amar, y he aquí el motivo por el cual la adicción resulta tan dolorosa.

Así, se responde inmediatamente a un deseo, pero nunca apaciguado, lo que construye una cultura del derroche, sustentada en una búsqueda temporal y enfermiza de placeres superficiales. Esto hace que personas anónimas aparezcan para el consumidor de pornografía como un bien de consumo, teniendo valor en la medida en que sirven para el placer individual, con un interés centrado sólo en el cuerpo, convirtiéndolo en objeto de narcisismo e hipersexualización. Esto se da a menudo de forma violenta, porque la violencia, la humillación y la violación se presentan como algo “sexy” y “normal” para quien vive atrapado en este mundo.

Los componentes principales del virus pornográfico que hemos visto tienen su protagonismo en todo esto. La revolución sexual de nuestro tiempo reivindica una libertad sexual total que, paradójicamente, conduce a la esclavitud de la adicción y la dependencia, a la inmadurez, a las heridas de la inconstancia y el aislamiento. A través de la sexualidad de las pantallas y el cibersexo hay un rechazo del contacto de los cuerpos, de la Encarnación. Así, las redes sociales se convierten en una amenaza para la verdadera red de relaciones de carne y hueso, aprisionándonos en una “realidad virtual”. Esto causa verdaderas dificultades en la capacidad de establecer relaciones saludables en la “vida real”.

 

 

Álvaro Chillarón de la Fuente

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