Las caceroladas promovidas en diversos barrios de Madrid los últimos días de confinamiento son un episodio digno de análisis: por su espontaneidad, por la necesidad de que alguien dijese algo de una vez y que ese alguien no fuese un político, pero también por su indefinición y carencia de un corpus argumental.

Los asistentes se enfrentan pacíficamente a unos cuerpos de seguridad que ya nada tienen de autoridad natural para el mando, pero que usan cada vez más de la potestad autoritaria para la imposición. Un poder carente de sentido y racionalidad que transforma a todos aquellos azules que obedecen órdenes en meras máquinas. Pues, ¿con qué poder pueden ellos multar a viandantes por portar la bandera cuando ellos la llevan en su solapa sin caer en grave incoherencia? Es más, ¿con qué poder pueden multar a alguien por llevar la bandera, a secas?

Alguien tenía que decir algo. Y si son protestas viscerales, sí que tienen algo de profundo cuando logran vincular la epidemia con un problema nacional. Parece que esto nos ha despertado parcialmente del letargo individualista y nos ha devuelto, en mayor o menor medida, el sentimiento comunitario. Todos los asistentes expresan exteriormente este sentimiento portando banderas nacionales y concluyendo, en no pocas ocasiones, con vivas indistintos a España, al Rey, a la Constitución y a la Guardia Civil. Que no ocurriría si todo fuese más que eso, un sentimiento.

Es curioso que todos estos episodios tienen un punto en común: Mirasierra, Montecarmelo, Aravaca, Galapagar, Chamberí, Ferraz, Majadahonda… Las zonas con mayor renta per cápita de la capital, y podríamos decir que de España. Algo que tiene varias implicaciones.

Una, que ese sector de clase media-alta, tradicionalmente anclado en sus lecturas dominicales del ABC y la deposición de un sobre cada cuatro años como más elevada forma de expresión política,  ha dado un puñetazo sobre la mesa y grita basta. ¿Por qué? Unos porque consideran que la gestión de Pedro Sánchez ha sido una lacra para nuestro país, otros porque ven un buen momento para devolver el castigo de Sánchez a un Almeida confinado y desgastar socialmente al gobierno en las calles. Hay quienes se aburren de estar en sus casas y claman por el fin del confinamiento… Estos son los principales gritos de las caceroladas espontáneas: Sánchez dimisión, ¡libertad!, gobierno dimisión, viva España, viva el Rey…

Pero hay más. El próximo junio, en España se alcanzará la escandalosa cifra de los 8,5 millones de parados por la actual situación, lo que significa un 34% de la población activa. Una época de crisis sin precedentes en la historia de España. Y el problema de las épocas de crisis, es que la población se rige por factores como el miedo, el hambre, la pasión… Pero son pocos los que recuerdan, y esto debería ser papel más de los ideólogos de las caceroladas que de los asistentes (si, hay gente coordinando los «espíritus nacionales» de los balcones y manifestaciones) que más allá de estos primarios orígenes de las protestas, hay otros de corte estructural. Y es que Sánchez podrá caer. Y posiblemente lo haga. Pero las consecuencias del Covid y su gestión (estas se verán no solo con Sánchez en España, sino con Trump en los EEUU, o Macron en Francia) serán estructurales, y las sufriremos muchos.

Es aquí donde uno se pregunta: Cacerolada, cacerolada… ¿a dónde vas?

En la Alemania de los años 30′ se alcanzaron unas tasas de paro que superaron el 43% de la población activa. Antes esta cifra se soñaba distópica, pero en nuestros días nos acercamos peligrosamente a ella. En aquel entonces, Hindenburg, presidente conservador de la república de Weimar, pagó un alto precio al  descuidar a los «otros» afectados por la crisis que en ese momento vivía la república. Entonces, como hoy, los conservadores olvidaron incluir en su agenda política la cuestión social. Y otros recogieron los frutos de hacerlo. ¿Quién recogerá hoy los amargos frutos de caer en el mismo error?

Las protestas son apropiadas cuando estas responden a pésimas gestiones sanitarias, sociales o económicas… Pero adolecen de una gran carencia, que tan solo recordarán cuando la caída social sea inevitable. Y es que las caceroladas del Covid serán una chiquillada en comparación a las llamas del hambre y la miseria.

Hoy salen a las calles los del barrio de Salamanca. Y conocemos cuáles son sus premisas. Sus líderes, pese a ocultos, podemos suponerlos. Pero mañana saldrán a las calles los de los «otros» barrios. Y no serán decenas. Serán millones. Y pagaremos el precio de pedir «libertad» olvidando pedir «justicia». Porque, como en Alemania o Rusia el siglo pasado, serán otros los que ofrecerán pan y trabajo a los parados. Y estos solo verán en las banderas de España un fetiche de desahogo, cuyos portadores, de nuevo, olvidaron a los hambrientos.

¿Podremos salir con nuestra cacerola a revindicar el respeto a un Sistema que es causante y culpable de tener que gestionar la crisis sanitaria desde el prisma autonómico mediante 17 estrategias partidistas distintas y en ocasiones contrarias? ¿Podemos culpar a Sánchez sin hallar en el sistema global la causa de usar esas autonomías con un interés político matizado en la permanencia en fase 0,5? ¿Podemos reivindicar con vivas a la Guardia Civil que multa a los viandantes por portar las banderas en las caceroladas? ¿Nos acordaremos de pedir justicia cuando podamos irnos de cañas en el barrio de Salamanca mientras otros continúen confinados en sus casas por un desempleo que les mantenga en la más profunda de las miserias?

El movimiento de las cacerolas desgastará, más si cabe, a este gobierno. Lo heroico, certero y épico del mismo radicará en si cuando Sánchez o el confinamiento caigan, las cacerolas continúan tronando en las calles. Tronando por un ordenamiento territorial causante en gran parte de la mala gestión de la epidemia. Tronando por los que se han quedado sin nada, arropándolos en lugar de abandonándolos para que caigan, una vez más, en las manos de alguien que puede hacer todavía más daño que Sánchez. Y es que estos 8,5 millones de parados acudirán a sus brazos no por apego. No porque la izquierda les vaya a salvar. Sino porque será la única, una vez más, que se acordará de ellos a la hora de prometer pan hoy para exigir poder mañana.

Cuando cojas tu cacerola, recuerda que hoy sirve para protestar. Pero que tu madre la empleaba también para guisar y alimentar. Y que a base de humildes pucheros y cacerolas, desde hace siglos y décadas, fueron estos un importante pilar familiar para construir comunidad y sociedad. Coge tu cacerola, pero no por el ruido difuso y alocado que éstas pueden hacer, sino por toda la historia, profundidad, mensajes y determinaciones que deben contener como alimento de la comunidad.

 

José María Carrera.

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