Mission1986real : Roland JoffeRobert De NiroCOLLECTION CHRISTOPHEL

Desde que Epicuro formulara la paradoja que lleva su nombre, De ira Dei, en la que señalaba la dificultad de conciliar la existencia de un Dios bueno y omnipotente y la existencia de los diversos males que afligen al hombre, las mentes más grandes de la historia del pensamiento han intentado arrojar luz sobre el aparentemente irresoluble problema del mal.

De San Agustín a Santo Tomás, defensores de la teoría del libre albedrío, pasando por Hume, Leibnz, Schopenhauer o Kant hasta llegar a la actualidad, el mal se presenta como un problema innegable y angustioso para el hombre, un problema frente al cual se alzan principalmente tres soluciones, no todas ellas correctas.

La primera nos invita a suponer que el mal existe sólo en la mínima proporción indispensable para que resalte en la realidad la máxima cantidad del bien posible. Esta concepción es la del “optimismo universal” de Leibniz, el cual decía que estamos en “el mejor de los mundos posibles”, y que por eso has sido elegido por Dios en su previsión. Por lo tanto, entendemos el mal como una condición del bien, pues sólo en apariencia podrá considerarse verdaderamente mal.

La segunda solución nos empuja a admitir la realidad del mal como si se tratase de una realidad positiva, pero sin referir su origen a Dios, sino a un principio maligno en lucha permanente con Dios. Efectivamente, nos encontramos ante la doctrina del Maniqueísmo, igual de absurda que la anterior, pues ambas atentan contra la omnipotencia divina, y no se concilia ni con la infinitud ni con la unicidad de Dios.

La tercera y última solución admite la realidad del mal, pero no como una entidad positiva, sino como una entidad privativa. ¿Existe el mal? Sí, pero no como un mero elemento del bien conjunto. Su existencia no es de un modo positivo, sino de un modo privativo, es decir, como privación de la perfección debida a un ser. Por lo tanto, Dios no es la causa del mal, pues Dios sólo es causa de lo que es, no de lo que no es. Así vemos como el mal no es eficaz por sí mismo, sino por el ser del que es como “parásito”. De ahí que el mal moral sea infinitamente peor que el mal físico.

Así nos lo explica Santo Tomás, según el cual el mal no tiene naturaleza, esencia ni causa eficiente ni forma; es la carencia de bien. Dios, por su parte, es causa primera de todo bien, y toda bondad participa de la bondad divina. El mal, no podría tener por tanto su causa en Dios. Además, Santo Tomás distingue precisamente entre el mal físico, que no es más que la privación del bien, y el mal moral, que sólo se da en los actos humanos entendidos como actos libres. De este modo, los únicos causantes del mal moral somos nosotros mismos, puesto que Dios quiso dejarnos en manos de nuestro propio albedrío, tanto para el gobierno del mundo como de nuestro destino.

La respuesta moderna al problema del mal provoca en el pensamiento una mutación en la concepción de Dios, que pasaría a ser un dios creador de un orden mecánico de cuyo mecanismo se desentiende. Un dios inoperante en la historia, y también inoperante en la vida de los hombres.  A esa concepción deísta sucedería una concepción atea que entiende que la existencia del mal es prueba de la inexistencia de Dios. Si existe un Dios todopoderoso y providente que desea el bien de sus criaturas, ¿cómo es posible que permita la existencia del mal y también del sufrimiento?

Para el cristiano, Dios no es un ingeniero o arquitecto que pone en marcha el universo y a continuación se ausenta, dejando a la Creación a merced de fuerzas ciegas y fatales, ni tampoco un ser que juega caprichosamente con las debilidades humanas. Para el cristiano, Dios se revela como Padre bondadoso, sabio y omnipotente, porque es bueno y desea el bien de todo lo creado y muy especialmente el bien del hombre, a quien ama tanto que ha entregado a su propio Hijo para que salvarlo. Porque es infinitamente sabio conoce los medios para alcanzar su designio de bondad infinita, y porque es omnipotente realiza cuanto quiere y es razonable.

Además, el cristiano cree que Dios actúa en nuestras vidas a través de la gracia para que alcancemos con mayor facilidad el bien. Pero tal gracia no es coactiva. Dios nos ha de libertad y deja en sus manos la posibilidad de acoger o rechazar la gracia. Ni siquiera los efectos del Pecado Original que han herido profundamente a nuestra naturaleza nos ha privado de la capacidad para elegir el bien y rechazar el mal, y Dios que es providente, gobierna conduce la Creación y la historia hacia el bien, prestándonos una ayuda sobrenatural para que conozcamos nuestro propio bien y lo realicemos, salvaguardando eso sí, nuestra libertad. A este gobierno de la Creación y de la historia hacia el bien es lo que llamamos providencia.

Por la providencia sabemos que el hombre no ha sido arrojado a un mundo regido por fuerzas oscuras y abocado a la nada. La historia no es un devenir regido por el azar, sino que tiende a un fin que es Dios mismo, y en la consecución de ese fin, se produce una acción directa de Dios en la historia que ordena las cosas según un plan inteligente. A la vez, Dios nos ha hecho partícipes de bienes a través de su propia providencia, nos ayuda a través de la gracia y nos ha comunicado la ley eterna y natural para que, desde nuestro libre albedrío, podamos participar de la bondad del orden divino.

Pero haciendo uso de nuestro libre albedrío, heridos en nuestra naturaleza, elegimos a veces el mal. Un mal que tiene consecuencias funestas para nosotros y para los otros. La situación se complica todavía más con el concepto de libertad modero, en el que el hombre ya no reconoce la existencia de una ley eterna y natural comunicada por Dios, sino que se cree capacitado para determinar por si mismo qué es el bien y qué es el mal, procurando por sí mismo un supuesto sentido y una supuesta finalidad al mundo. Por supuesto, este endiosamiento del hombre no ha hecho sino agravar las consecuencias del mal en nuestras vidas. ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿Es compatible su existencia con la de un Dios bueno? ¿Cómo explicar la enfermedad, el sufrimiento, las plagas, epidemias y catástrofes naturales que golpean al hombre si el mundo está ordenado y regido por Dios? ¿Por qué Dios permite que exista mal debido al mal uso de la libertad humana?

Inevitablemente, la contestación a estas últimas preguntas me hace recordar aquella frase que un querido profesor del colegio no paraba de decirnos cuando veía que alguno de sus alumnos sufríamos algún tipo de dolor o pena. “El dolor es nuestro amigo”, decía. Por aquel entonces no terminaba de entender el significado de aquella respuesta tan difícil de digerir, ¡sobre todo cuando el dolor lo padecía uno! Sin embargo, eso no evitó que quedara grabada en mi interior aquella compleja amistad incomprendida. ¿Cómo podía ser el dolor “nuestro amigo”?

Es ahora cuando entiendo que dicha respuesta tiene una base teológica, y es que si bien es verdad que todas las perfecciones de Dios pueden manifestarse en un mundo ideal donde no hay sufrimiento ni mal alguno, lo que no podría manifestarse es Su misericordia, pues la misericordia sólo puede manifestarse donde hay miseria. Dios permite que haya miseria, no porque Él la quiera, sino consecuencias de dejar ese posible modo de actuar a la libertad humana unida a los efectos de la materia actuando según sus leyes. Esa permisividad permite que Dios manifieste Su misericordia, incluso de la manera más asombrosamente directa, participando de nuestros males y sufrimientos, que es lo que nos dice la fe en la Encarnación redentora de la que nos hace partícipes.

Mientras que quien padece el mal lo vive como una compulsión, como una violencia ejercida desde fuera y que no tiene por qué hacerlo malo, sino que, por el contrario, puede perfeccionarlo virtuosamente; el que lo comete, por el contario, se hace malo. Lo que este profesor nos quería decir con que “el dolor es nuestro amigo” era que padecer el mal puede ser, efectivamente, motivo de heroicidad. El mal por antonomasia es el mal que uno comete por un mal uso de su libertad, que es el mal moral, no el mal físico.

Ante esta división del mal de Santo Tomás explicada más arriba, quiero hacer alusión a una vieja doctrina que se encuentra desdibujada en nuestro contexto cultural, precisamente porque invita a aprender a acoger el dolor y el sufrimiento como “un amigo”, en vez de tratar de evitarlo a toda costa, aunque eso suponga cometer un mal moral como acabar con la propia vida o la de otros (eutanasia/eugenesia). La cuestión es la siguiente. La división, después de definir el mal de la manera que se haga, entre mal moral y mal físico, puede ampliarse de tal forma que entendamos el mal moral como un “mal de culpa”, y el mal físico como un “mal de pena”. En esta ampliación vemos más claro que la culpa es el verdadero mal, es decir, la acción mala cometida con conocimiento de causa y con voluntad de adherirse a este mal. Y el “mal de pena”, que es lo que de ordinario entendemos por sufrimiento, corresponde a aquello que nos perturba, pero sin hacernos malos. Este último, no sólo no es necesariamente un mal, sino que a veces es un bien, un bien experimentado como tal por el mismo malvado.

El “mal de pena” es precisamente el tema principal de la película la Misión, en donde el personaje Rodrigo Mendoza, después de asesinar a su hermano y haber cometido diversas atrocidades a lo largo de su vida, quiere ser castigado para de esta manera librarse del mal que ha cometido; ¡se impone una pena para redimir la culpa! Hay unas propiedades benéficas en el mal que nos es infligido. Es indudable que el mal que recibimos de alguna manera, si sabemos recibirlo, nos hace mejores. El mal, como sufrimiento que se padece en el mundo, sin poder determinar en concreto a qué culpa corresponde en concreto, siempre tiene sentido de pena. He aquí una intuición profunda, que es precisamente cómo se vive la necesidad de redención, con la petición casi suplicante de un castigo que libere a la persona de algo que la consume por dentro y la destruye.

La pena puede ser en los planes misterios de Dios la medicina por la que Dios, a un hombre en singular, y a una humanidad como colectivo que se ha apartado de Él, nos vuelve a acerar a Él. Y este acercamiento, si ha sido voluntariamente consentido por las personas, aún teniendo algo de dolor, es un acercamiento al Bien y a la Vida. Dios interviene providencialmente en la historia de la humanidad siempre en sus planes de salvación y de misericordia con los hombres, jamás para causarnos un mal irreparable, sino permitiendo en nosotros un sufrimiento que es bueno, un dolor que es, en definitiva, nuestro amigo.

 

 

Álvaro Chillarón de la Fuente

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