[Éste es un artículo traducido del italiano por J. L. Alvz. de Mora, el cual es el último de una serie de interesantes escritos que se irán publicando en los días sucesivos por el mismo autor]

 

Lo que llama la atención en las reacciones a los dispositivos de excepción que se han puesto en acto en nuestro país (y no sólo en éste) es la incapacidad de observarlos más allá del contexto inmediato en que parecen operar. Pocos son quienes prueban, por el contrario, como impondría hacer un análisis político serio, a interpretarlos como síntomas y signos de un experimento más amplio, en el cual está en juego un nuevo paradigma de gobierno de los hombres y de las cosas.

Ya en un libro publicado hace siete años, que ahora vale la pena releer atentamente (Tempêtes microbiennes, Gallimard 2.013), Patrick Zylberman había descrito el proceso a través del cual la seguridad sanitaria, hasta ahora relegada a los márgenes del cálculo político, estaba convirtiéndose en parte esencial de las estrategias políticas estatales e internacionales. En cuestión no es nada más que la creación de una suerte de “terror sanitario” como instrumento para gobernar aquello que venía definido como el worst case scenario, el escenario del peor caso. Es según esta lógica de lo peor (logica del peggio) que ya en el 2.005 la Organización mundial de la Salud había anunciado “dos millones de muertos por la gripe aviar”, sugiriendo una estrategia política que entonces los Estados no estaban preparados para acoger. Zylberman muestra que el dispositivo que se sugería se articulaba en tres puntos: 1) La construcción, sobre la base de un riesgo posible, de un escenario ficticio en que los datos se presenten a modo de favorecer comportamientos que permitan gobernar una situación extrema; 2) La adopción de la lógica de lo peor como régimen de racionalidad política; 3) La organización integral del cuerpo de ciudadanos en modo tal de reforzar al máximo la adhesión a las instituciones de gobierno, produciendo una suerte de civismo superlativo en el cual las obligaciones impuestas se presenten como prueba de altruismo y el ciudadano no tenga más un derecho a la salud (health safety), pero se vuelva jurídicamente obligado a la salud (biosecurity).

Aquello que Zylberman describía en el 2.013 se ha verificado hoy puntualmente. Es evidente que, más allá de las situaciones de emergencia ligadas a un cierto virus que podrá en el futuro dejar su puesto a otro, en cuestión está el diseño de un paradigma de gobierno cuya eficacia supera por mucho aquella de todas las otras formas de gobierno que la historia política que el Occidente había conocido hasta ahora. Si ya en el decaimiento progresivo de las ideologías y de las fes políticas las razones de seguridad habían permitido hacer aceptar a los ciudadanos limitaciones de la libertad que no estaban anteriormente dispuestos a aceptar, la bioseguridad se ha demostrado capaz de presentar el cese absoluto de cada actividad política y de cada relación social como forma máxima de participación cívica. Se ha podido asistir así a la paradoja de las organizaciones de izquierda, tradicionalmente habituadas a reivindicar derechos y denunciar violaciones de la Constitución, aceptar sin reservas limitaciones a la libertad impuestas por decretos ministeriales privados de cualquier legalidad y que ni siquiera el fascismo hubo jamás soñado poder imponer.

Es evidente —y las mismas autoridades de gobierno no cesan de recordárnoslo— que el conocido como “distanciamiento social” será el modelo de la política que nos espere y que (como los representantes de una task force, cuyos miembros se encuentran en “patente conflicto de intereses” respecto de las funciones que deberían ejercitar, según han anunciado) se aprovechará este distanciamiento para sustituir aquí y allá los dispositivos tecnológicos digitales en el lugar de las relaciones humanas en su corporalidad, convertidos ellos en sospechosos de contagio (contagio político, se entiende). Las lecciones universitarias, como el Ministero dell’Istruzione* ha anunciado,  se harán el año próximo habitualmente on line; tan siquiera nos reconoceremos viéndonos los rostros, que se podrán cubrir con una mascarilla sanitaria, sino a través de dispositivos digitales que recogerán nuestros datos biológicos aportados obligatoriamente; y cualquier “aglomeración”, se haga por motivos políticos o simplemente de amistad, continuará prohibida.

Es en cuestión una concepción entera de los destinos de la sociedad humana en una perspectiva que, por muchos aspectos, parece haber asumido de las religiones, hoy en ocaso, la idea apocalíptica de un fin del mundo. Después que la política se haya sustituido por la economía, ahora también ésta, para poder gobernar, deberá integrarse con el nuevo paradigma de bioseguridad, al cual deberán sacrificarse cualesquiera otras exigencias. Es legítimo preguntarse si una tal sociedad se podrá todavía definir como humana o si la pérdida de las relaciones sensibles, del rostro, de la amistad, del amor podrán ser verdaderamente compensadas por una seguridad abstracta y presumibilemente del todo ficticia.

 

11 mayo 2.020
Giorgio Agamben

 

*N. del T.: ministerio de Educación.

 

Fuente: https://www.quodlibet.it/

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