Decimos estar inmersos en una guerra sin precedentes, amenazados por un enemigo letal que quiere invadirnos para arrebatarnos la salud y la vida. Pero, ¿acaso podemos decir que antes íbamos viento en popa? Todos reconocemos que vivíamos sobreviviendo a las emergencias, de sobresalto en sobresalto, buscando la resolución del peligro inminente, pero llenos de miedo, porque siempre había una nueva emergencia al acecho que nos volvía a poner a prueba de nuevo.

Una vez más, la tormenta pasará. Muchos sobreviviremos con la herida de un gran golpe. Pero, ¿realmente esperamos a que pase esta pandemia para seguir viviendo como estábamos? ¿Acaso no estábamos envueltos ya en una Cultura de la Muerte al servicio de la dictadura del relativismo?

Una mirada breve hacia nuestro pasado más cercano nos hace preguntarnos varias cuestiones. ¿Acaso era defendida la vida desde la concepción hasta la muerte natural? ¿Tenían los niños un entorno para crecer sanos y felices? ¿Estaban orientados nuestros jóvenes hacia lo bueno, lo bello y lo verdadero? ¿Acaso nuestros mayores no estaban abandonados injustamente a una profunda soledad? El enemigo letal no es un microorganismo, sino la falta de sentido de toda nuestra vida.

Según Viktor Frankl, no importa tanto que la vida esté llena de placer o de sufrimiento, pues lo que importa es que esté llena de sentido. Pero buscar el sentido de la vida en una sociedad utilitarista que nos enseña a cosificar a las personas, impulsándonos a participar activamente del sin sentido imperante, es un camino entorpecido por satisfacciones inmediatas que se prueban cada día más ineficaces.

En este tiempo de pandemia, tendemos a evadirnos de mil maneras distintas e igualmente desnortadas: comprando y consumiendo compulsivamente, recurriendo a paraísos artificiales, aplaudiendo cual borrego al son de “Resistiré”, descargando nuestra violencia contra los demás por las redes sociales o practicando sexo de forma compulsiva, cuando no parodiándolo detrás de una pantalla. El abanico de posibilidades en pleno siglo XXI es amplio, y tratar de explicar nuestra época sin esta gangrena, es como tratar de explicar el invierno sin advertir que los días son fríos y las noches más largas.

Decía Leonardo Castellani que el hombre no puede caminar sin afirmarse, es decir, sin apoyarse en algo. Desesperación es el sentimiento profundo de que la vida no tiene sentido, de que es un definitivo engaño, y este sentimiento es fatal consecuencia de la creencia de que no hay otra vida. El dolor que asociamos a la falta de sentido que produce en nosotros la desesperanza se nos antoja intolerable, pero ningún padecimiento es intolerable cuando el padeciente puede afirmarse en algo, cuando cree con firmeza que un día acabará su sufrimiento y que su final será dichoso.

Lo más llamativo de esta enfermedad existencial es que, lejos de ser atacada en sus orígenes, haya sido estimulada a lo largo de la historia por sistemas de pensamiento en los que los “grandes maestros de la sospecha” la fomentan y propagan, favoreciendo la ruptura de los seres humanos con todos aquellos lazos que dan sentido de pertenencia y permanencia a su propia vida.

Combatiendo la fe religiosa, en primer lugar, y a continuación, desnaturalizando las relaciones e instituciones humanas primordiales, se imponen nuevas formas de trabajo que rompen los ritmos vitales, incomunicando a las personas y haciendo añicos la consideración del hombre como criatura. Se desestructura la vida moral, auspiciando el consumo bulímico de placeres que a la vez que embriagan los sentidos o transmiten una impresión fugaz de euforia, anestesian la sensibilidad, ofuscando la conciencia y dejando a modo de resaca un dolor que no remite nunca y que, para ser aplacado, exige dosis cada vez mayores de falsos lenitivos antes mencionados, que a la postre no hacen sino exacerbarlo.

Cuando el filósofo germano Friedrich Nietzsche se disponía a explicar qué era el nihilismo a finales del siglo XIX, nos advertía que iba a contar una historia muy larga: la historia de los dos próximos siglos. Ni el mismo Nietzsche fue consciente de cuanta certeza contenía semejante afirmación. Mientras tanto, se esmeraba con denuedo en insistir en que el cristianismo era platonismo para el pueblo que fomentaba valores propios de una moral de esclavo, tales como la humildad, la obediencia, la pobreza, el sacrificio o la compasión. Cuando Nietzsche sostuvo que Dios no creó al hombre, sino el hombre a dios, alguien le siguió. Y a ese alguien, a su vez, le siguieron muchos otros hasta que semejante pensamiento desplazó al anterior, expandiendo cual pandemia la mayor enfermedad el alma, a la que Viktor Frankl denominó vacío existencial, esto es, la pérdida del sentimiento de que la vida es significativa, y cuya consecuencia última, conduce a configurar al hombre como un ser liberado de ataduras en constante búsqueda de cosas que le llenen el corazón de hastío, y acaban instaurando una civilización de la inmanencia.

Al negarnos a aceptar un poder superior inmutable que nos supera, hemos colmado el vacío a golpe de imperativos personales y súbitamente nuestra vida se ha vuelto espeluznante. Y esta desesperación espeluznante no hace sino agravarse en una época como la nuestra que, aún siendo posmoderna y tecnificada, ha sido golpeada por una crisis global que ha acentuado la incomunicación y la deshumanización de nuestras relaciones, desestructurado todavía más la vida moral para alcanzar lo que algunos de nuestros políticos de pacotilla ya empiezan a revelar como el Nuevo Orden Mundial.

La construcción de este nihilismo al servicio del NOM se asemeja bastante a la historia del gran Titanic, cuyo nombre viene de considerarse titánico, insumergible. Su singular lema, “ni Dios lo hunde”, nos revela que su construcción vino acompañada de delirios de grandeza y con el optimismo propio de una época en decadencia. Fue considerado un palacio flotante, el paraíso en la tierra que surcaba los mares. Lo que pocos saben, es que durante los días anteriores al naufragio se recibieron varias alertas, pero nadie hizo caso. He aquí lo impensable. Un iceberg avanzaba con gran velocidad hacia el transatlántico. El choque produjo una grieta en el lateral. El navío estaba mortalmente herido y nadie fue consciente de la gravedad hasta que empezó a hundirse. Finalmente, el Titanic se partió en dos y acabó en el fondo del mar.

Seguramente lo supervivientes de aquel desastre fueron conscientes de que cuando la sociedad elimina a Dios, acabamos magnificándonos a nosotros mismos, viviendo en la mentira de creer y hacer creer a todos que somos capaces de hacer todo sin Él, pues nos creemos todopoderosos. Cuando eliminamos a Dios de nuestro horizonte entramos en un vacío y en una desesperanza. Al eliminar a Dios, ¿somos verdaderamente más felices? ¿nos hacemos más libres? ¿somos más ricos? ¿acaso más poderosos?

El microrganismo que ha tirado por tierra todas nuestras seguridades es tan solo la punta de un iceberg. Destruida la punta, creeremos que nos hemos liberado del iceberg entero, sin saber que ésta esconde un universo oculto. En lo profundo del océano del mundo moderno hay entrañados problemas vivos y palpitantes. La única alternativa al nihilismo titánico que pretende construir un mundo sin Dios es, paradójicamente, la de un mundo que deje que Dios sea Dios, recuperando la concepción de la persona humana como criatura y restableciendo el orden de lo creado en todos y cada uno de los órdenes de la vida humana. Si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y peor, y el camino hacia el profundo abismo será ineludible. Nuestra única esperanza es una persona: Cristo resucitado.

Ojalá que aquellos cuyas vestiduras les recuerda el deber de derramar su sangre en defensa de la fe sepan que igual que los fieles podemos arriesgarnos al contagio propio y ajeno para el alimento del cuerpo (comprar comida, medicinas y hasta tabaco), ¡qué menos para la vida del alma, que se alimenta de los sacramentos de la penitencia y de la Eucaristía! En la construcción de un mundo contrario al nihilismo titánico, ¿es más importante la vida terrena o la vida eterna?

El gran poeta Joan Maragall dedicó este epitafio cuando supo del fallecimiento del filósofo germano. “Nietzsche fue un sediento de absoluto, un sediento de Dios que no quiso bajarse a beberlo en la fuente de la fe y se murió de sed”. El individuo, y por ende la sociedad, se está muriendo como Nietzsche de sed porque ya ha bebido de todo lo que se puede comprar y no ha bebido de la verdadera fuente de la vida.

Efectivamente, Dios es la fuente de la vida. Es necesario recordar esta verdad fundamental, sobre todo después de la tragedia que nos ha tocado vivir que, aunque no sea mayor que la ocasionada a día de hoy por la Cultura de la Muerte, no deja de ser una gran crisis que requiere por nuestra parte ponernos en disposición del Señor para realizar lo que Él quiera, cuando Él quiera y donde Él quiera, en unión íntima con Él por la Eucaristía, fuente y culmen de toda la vida cristiana.

 

Álvaro Chillarón de la Fuente

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