¿Cuánta tierra necesita un hombre? Tolstoi debió hacerse esta misma pregunta cuando escribía este cuento desde su querida y remota Yasnaia Poliana. En el mismo nos cuenta la historia de Pajomm un labriego ruso que, tras sentirse agraviado por su cuñada, jura que si tuviera toda la tierra que quisiera, no tendría miedo ni del diablo. El diablo, por su parte, decide aceptar el reto y ver hasta donde es capaz de llegar la ambición del mujik (campesino ruso).

Pasado un tiempo, la dueña de la tierra en la que trabaja nuestro protagonista decide vender sus terrenos. Ante esta situación, y temiendo que el nuevo dueño pueda subir mucho los tributos, los campesinos deciden unirse y comprar juntos el terreno para repartírselo. Pero el Diablo siembra la discordia entre ellos haciendo que no consigan ponerse de acuerdo.  Pajom, recelando de sus vecinos, decide hacer un esfuerzo y comprar diez destinatas de tierra.

Durante un tiempo, Pajom se siente el hombre más feliz del mundo, paseando por sus campos siente que las flores y hierbas tienen algo distinto, antes le parecían todas iguales, pero ahora se le antojan especiales. Pero poco le durará la felicidad a nuestro protagonista. Pronto empieza a mirar con recelo a sus vecinos, pues cree que le tienen envidia y que su única intención es perjudicarle. Cuando siente que ya nada le ata a esa tierra, que durante un tiempo le ha hecho feliz, decide cruzar el Volga en busca de fortuna.

Cuando llega allí, tras recibir cincuenta destinatas por los cinco miembros de su familia, empieza a construir el que será su nuevo hogar. Durante un tiempo, vuelve a sentirse la persona más feliz de la tierra. Tiene todo lo que una persona puede desear: tierras fértiles que le permiten tener recursos y una familia. Pero pronto vuelve a invadirle la congoja. Siente que no tiene suficientes tierras, y eso le impide ser feliz.

Mientras le atormentan estas dudas, recibe la visita de un mercader que le habla que en la lejana Bashkiria donde la tierra es muy fácil de conseguir. Pajom, borracho de ambición, no duda en volver a dejarla todo e ir a Bashkiria en busca de fortuna. Cuando llega allí, llega a un acuerdo con los bashkirios: será suya toda la tierra que consiga rodear en el periodo de tiempo que va desde el amanecer hasta el atardecer.

Cuando empieza el día, se siente pletórico pensando en la riqueza que le brindará toda la tierra que va a conseguir, pero a medida que va avanzando el día se va sintiendo cada vez más y más cansado. Las piernas le duelen, los pies le pesan y cada vez le cuesta más mantenerse el pie. Empieza a asaltarle una terrible duda: ¿habrá sido demasiado ambicioso? ¿habrá abarcado demasiada tierra? Decide sacar fuerzas en la flaqueza y hacer un último esfuerzo.

Cuando llega finalmente a la meta donde le esperan los bashkirios, alguien se da cuenta de que no reacciona. Yace totalmente inmóvil. Ha muerto. ¿Cuánta tierra necesita un hombre? La suficiente para cubrirle cuando retorne a ella. A Pajom le bastaron tres arshines (unidad de medida rusa) de la cabeza a los pies.

Parece que este cuento escrito en 1886 no ha perdido ni un ápice de su vigencia. En el cuento, Pajom – creado a imagen y semejanza del hombre moderno – vive esclavo de la felicidad que cree que obtendrá cuando tenga toda la tierra que anhela. Esa idea de felicidad futura, que no esconde otra cosa que una profunda avaricia, lejos de brindarle felicidad le hace sentirse insatisfecho y le provoca un insoportable vacío interior que le va matando poco a poco.

Pajom pasa su vida corriendo hacia una meta que, cuando cree que va a alcanzar, se aleja más y más. Esta situación es aprovechada por el diablo, cuyo objetivo no es otro que esclavizar al mujik. Pese a tener cada vez más tierra, Pajom es cada vez más infeliz, lo que hace que vaya entrando cada vez más y más en ese círculo que acabará por destruirle.

Pero, ¿qué nos lleva a entrar en ese círculo de destrucción? Entramos en él porque no aceptamos nuestra historia, nos parece que está mal hecha y que merecemos mucho más de lo que tenemos. Pajom no acepta su situación, no le gusta ser un simple temporero que trabaja tierras ajenas. Considera que él merece mucho más y que su vida está mal hecha. El error de Pajom no es otro que creerse superior al Señor y, por tanto, juzgarle y condenarle. ¿Acaso no es este el mismo error que cometen la mayoría de los hombres hoy en día? No aceptamos nuestra historia y nos revelamos continuamente contra ella. Jugamos a ser dioses, pero al igual que le pasa nuestro ambicioso mujik, simplemente somos esclavos de nuestros pecados y, al igual que el desdichado Pajom, para cuando nos damos cuenta de nuestra propia de desnudez, suele ser demasiado tarde.

Una vez más, sin pretender caer en redundancia, cabría preguntarnos “¿Cuánta tierra necesita un hombre?” Sin ánimo de querer corregir al gran Tolstoi, igual la respuesta a esta pregunta nos la dio Santa Teresa de Jesús allá por el siglo XVI: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”.

 

Lucía Tamarit

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