Desde Revista Hispánica con el padre Santiago Martín (Madrid, 1954), fundador de los Franciscanos de María, Misioneros del Agradecimiento. Los Franciscanos de María fueron fundados en Madrid en 1988 y recibieron la primera aprobación eclesiástica en 1993, como Asociación Pública de Fieles de Derecho Diocesano. En 2012 reciben la aprobación pontificia definitiva de sus Estatutos. Los Franciscanos de María se organizan en dos niveles, el de los laicos y el de los consagrados. En este momento, los Franciscanos de María están presentes en 31 países de tres continentes y el número de laicos que asisten a las “escuelas de agradecimiento” está en torno a los diez mil.

 

1. Háblenos del carisma de los Franciscanos de María.

En una sola palabra: agradecimiento. Se trata de hacerle justicia a Dios, dándole el amor a que tiene derecho, como algo debido por el amor que Él nos tiene, y no por un favor que se le hace. El agradecimiento debería ser el motor de toda relación del hombre hacia Dios, el por qué de lo que hacemos, desplazando, aunque sin eliminar, otras motivaciones como el interés y el temor. Enseñar a agradecer ­―primero a Dios y luego al prójimo­― es enseñar a ser cristiano y un auténtico ser humano. Y es, además, ayudar a la persona que agradece a ser feliz, a ver lo positivo de la vida y no sólo lo que va mal.

2. ¿Qué son las “escuelas de agradecimiento”?

Son grupos de laicos que viven esta espiritualidad y que se esfuerzan por tener en medio de ellos la presencia del Señor, prometida a los que estaban unidos en su nombre. De este modo se crean pequeñas comunidades, a modo de las Iglesias domésticas primitivas, donde se vive la fe y se aprende formación católica. Cuando es posible porque los párrocos lo permiten, se insertan en las parroquias y se ponen a disposición de los sacerdotes para ayudarles en sus tareas pastorales o caritativas.

3. A propósito de esta pandemia que estamos sufriendo, ¿se puede dar gracias a Dios en medio de la desgracia humana?

Siempre hay motivos para dar gracias. Por lo que tuvimos, aunque ahora ya no lo tengamos ―por ejemplo, por las personas fallecidas―, por lo que aún tenemos, aunque no sea perfecto y, sobre todo, por la ayuda que Dios nos da para no hundirnos en la adversidad, recordándonos que nuestra patria es el Cielo.

4. Hay quien dice que siempre que podamos amar, aunque sea en la oscura celda de una cárcel, podemos ser felices. ¿Es posible ser feliz en medio del dolor?

Basta con ver lo que han hecho los mártires. Pienso en San Pablo, encarcelado en Roma, cuando escribe a su más querido discípulo, Timoteo. No es un desesperado, aunque sabe que le van a matar. Está lleno de paz y también de la alegría que da saber que el encuentro con el Señor estaba próximo. Aquel encuentro del que había escrito que “para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir” (Flp 1, 21). Pero no sólo han sido los mártires; pienso en José Luis Martín Descalzo, enfermo del riñón y sometido a diálisis, que poco antes de morir escribía:

Morir sólo es morir. Morir se acaba. 

Morir es una hoguera fugitiva.

Es cruzar una puerta la deriva

y encontrar lo que tanto se buscaba.

El problema no está en el dolor o en la muerte, sino en si se tiene o no se tiene fe.

5. Las restricciones legales o de la policía para acudir a los templos no se han aplicado a los supermercados, o a los estudios de televisión… Después de esta primera lección que nos deja la pandemia: ¿podemos hablar de un menoscabo de nuestra libertad de culto?

Creo que, en cierto modo, sí. Un Gobierno laicista no entiende ni puede entender que el hombre tenga más necesidades que las materiales. Con la debida prudencia que se ha impuesto para ir a los supermercados, se debería haber permitido el acceso a los templos. Es posible que no todos estén en condiciones de garantizar las medidas sanitarias ―por ejemplo, limpiar los bancos y la iglesia después de cada uso―, pero al menos debería haberse dado la oportunidad de que se celebrara la Misa con el pueblo en aquellos casos en los que esas medidas sí se cumplían.

6. Denunciaba el Papa emérito Benedicto XVI, la creación, en la sociedad actual, de un “credo laico” que “excomulga”, que margina y acosa, a todos los que no lo profesan y que se caracteriza por la aceptación del aborto y del matrimonio homosexual. ¿Cómo debe un cristiano afrontar su relación con un mundo hostil?

El Papa Benedicto habló de esas dos cosas a modo de ejemplo, pero hay muchas más. Sin embargo, no me preocupa mucho la hostilidad del mundo. Siempre ha sido así y hemos sobrevivido. Lo que me preocupa, y me angustiaría si no fuera por la confianza ciega en Dios, es que un amplio sector de la Iglesia se haya rendido al mundo y esté reclamando echar por la borda parte de la enseñanza doctrinal y moral para que el mundo nos acepte. Esto es muchísimo más grave que lo otro.

7. En un mundo que ha dado la espalda a Dios y a sus derechos, en una España en la que se asesinan más de 100.000 niños inocentes cada año en el vientre de sus madres, y en la que se está legislando para traer la eutanasia, muchos católicos piensan que era necesaria una advertencia y entienden esta crisis global como un castigo divino, para bien de las almas, que van camino de la perdición eterna. ¿Cree usted que estamos entrando en un período de tribulación? Si es así, ¿cómo encaja en la justicia amorosa de Dios el castigo?

Sinceramente, no creo que la pandemia sea un “castigo divino”. Creo que es una advertencia, y una advertencia seria. Creo que deberíamos sacar una lección. El mundo no la va a sacar, seguro, pero temo que tampoco la saque la Iglesia. La lección para nosotros tiene que ser volver a la raíz de nuestra fe. El encuentro personal y social con Dios, su primacía, la certeza de que hay vida eterna y dejar de predicar la solidaridad para hablar y practicar la caridad, que es una cosa muy distinta.

8. Dice usted que este es el tiempo adecuado para demostrar si nos fiamos o no de Dios, si la vida eterna es lo más importante para nosotros o si lo más importante son las comodidades de esta vida. ¿Cómo cree usted que ha visto el mundo la respuesta que la Iglesia ha dado a este problema global?

Hay gente que deliberadamente ha ocultado lo que la Iglesia hace, aún a sabiendas de lo que hace. ¿Quién va a la sede de los partidos políticos a pedir comida? En cambio, las parroquias distribuyen toneladas cada día. Y eso es sólo un aspecto de la ayuda que la Iglesia da, y no el más importante. Sostener al que está angustiado y consolar al que ha perdido a un ser querido es incluso más necesario que dar de comer, pues no todo el mundo necesita alimentos y en cambio todos necesitamos esperanza. Pero todo esto no lo quieren ver los que gobiernan porque va en contra de su discurso, que pretende presentar a la religión como enemiga de la paz, de la convivencia, de la democracia y, en último extremo, de la humanidad.

Hace unos días pintaron una parroquia en Madrid con este letrero: “La Iglesia que más ilumina es la que arde”, sin importarles el enorme bien, incluso económico, que esa parroquia estaba haciendo. Un concejal de un partido de izquierdas ha llegado a decir que fue una lástima que en la guerra civil no mataran a más curas y monjas, y no ha pasado nada. Ellos son creyentes y practicantes de la religión del odio, el odio es lo que les mueve; en eso creen y eso les sirve de justificación para todo; su dios está siempre sediento de sangre.

9. Lamentaba usted que la unidad en torno a Cristo, su mensaje y la interpretación de su mensaje de forma coherente a través de los siglos ―la Tradición―, no se esté cumpliendo. ¿Puede explicarnos esta idea?

Lo que está sucediendo en Alemania es una prueba de ello. Sólo cinco obispos han rechazado que sea posible aprobar reformas en las normas morales y en el dogma que van en contra de la Palabra de Dios y de la Tradición de la Iglesia. El resto considera que hay que adaptarse al mundo, con la excusa de que si no, la gente no va a acudir a la Iglesia. La Iglesia vive un cisma de hecho desde hace muchos años y la parte buena de esta gran desgracia es que ahora es visible lo que antes era real pero estaba oculto.

10. ¿Cómo ve la vida de la Iglesia en este primer cuarto del siglo XXI?

Con esperanza porque confío en Dios. Con enorme dolor al ver la apostasía masiva de los fieles y el abandono de la verdadera fe por una parte de la jerarquía.

11. ¿Qué retos se nos presentan? ¿Y qué problemas de urgente solución?

Benedicto XVI dijo, en su mensaje a los presidentes de las Conferencias Episcopales reunidos en Roma para tratar el tema de la pederastia, que el verdadero problema, la raíz de todo, era un problema de fe. Habló de los “niños” que son escandalizados en su fe, y se refería no sólo a los menores de edad. Lo más urgente, por lo tanto, es clarificar la doctrina. Todo lo demás, con esfuerzo y con la gracia de Dios, se irá resolviendo. La ambigüedad nos está matando. Un reino en guerra civil no puede subsistir, dijo el Señor.

12 Y, por último, ¿qué enseñanza para estos tiempos de prueba podemos encontrar en la Santísima Virgen María?

Ante todo, la confianza ciega en Dios, en su poder y en su misericordia. Y luego la caridad ―repito, no la solidaridad―, que nos lleva a amar a Dios en primer lugar y al prójimo por amor a Dios.

 

Muchas gracias Padre Santiago Martín por su tiempo, atención y dedicación. ¡Unidos en oración!

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