No estoy aprendiendo mucho de esta crisis sanitaria, moral, global e introspectiva a partes iguales.
Pero es que yo  llevaba todo adelantado; el confinamiento, los amores a distancia, la búsqueda de Dios y las azoteas.
Lo demás, el resto de cosas como hacer ejercicio, pizza casera y tomar suplementos que ayuden al sistema inmunológico desde que empezó este quilombo son movidas de nuevo rico, postureo pándemico.

La montaña rusa de emociones, la sensibilidad desbordada combinada con una fortaleza que viene de Arriba pero me atribuyo siempre para rellenar la casilla de “cómo molo”, y la preocupación por los míos viene de serie. Nada nuevo y nada que no sea consustancial a un ser humano que anhela cierta paz del alma.

Los compañeros de mi sobrina pequeña hicieron un vídeo  para verse unos a otros y darse ánimos. Una de las niñas decía: “Yo me quedo en casa”.
Y mi sobrina, hablando a la pantalla del móvil, reaccionó: Pues como todos.

Efectivamente. Y los que no se quedan en casa, en general, son los que están -estamos- dando la cara, y a veces la vida, por los demás. Por respeto a ellos, a su esfuerzo, a su sufrimiento y al de los que pierden a familiares deberíamos de evitar dejar en evidencia lo flojitos que somos y lo que nos raya no poder quedar con los amigos. Mírenlo por el lado bueno, el espectáculo dantesco del terraceo primaveral se pospone indefinidamente. Con un poco de suerte nos saltamos este año las camisas de manga corta, los tops palabra de honor y las cañitas fresquitas.

Estaba pensando en que sí acuso una cierta falta de concentración, pero con un poco de examen de conciencia me doy cuenta de que es de siempre y que eso va en a columna de “Razones para no elegirme”.

Así que hay muy poco nuevo. Estoy empezando a detestar a gente que antes me hacía gracia y a admirar a quién está dando la talla. La vida habría traído estás decepciones antes o después. De esto, preocúpense de tener su instinto de protección hacia los suyos en cotas máximas, de la caridad, de fortalecer su espíritu tanto como sea posible para lo que se avecina y no hagan el gilipollas más de la cuenta. Con lo del odio a Sánchez ya no me atrevo a pontificar, llévenlo como puedan. Desde la botica les recomendamos Primperán.

El montón de libros empezados y desordenados seguirá ahí meses después, la gente que no se preocupó de cómo estabas hace un mes y lo hace ahora, motivada por el Resistiré, los aplausos sanitarios o el “vamos a morir todos”, merece toda tu pereza y los que descubren ahora las azoteas, también.

Hoy he subido, pero yo ya lo hacía regularmente, acompañada de mi Ángel de la guarda, a tomar el sol, a rezar, a pasear, a pensar o a beber un vino cuando anochece. Hoy los tejados parecían una canción de Cómplices. Pelotas de niños, cámaras inmortalizando el momento, palas de pingpong e incluso deportistas con camisetas de lycra fosforitas entrenando en hierros de los tendederos. Las azoteas eran esta mañana un mercado a las 12 de un sábado. En las comunidades grandes de vecinos subían por turnos, porque está prohibido agruparse, en alguna se lanzaban el balón de edificio a edificio, en otras tardaban tres cuartos de hora en tender una colada exigüa. Por un momento me ha dado por pensar en nuestra enfermiza necesidad de socializar. Al minuto, por la necesidad que teníamos todos de estar más cerca de cielo.

 

Esperanza Ruiz.

 

Fuente: http://tiercegagnant.blogspot.com/2020/03/azoteas.html?m=1

1 comment
  1. Maravillosa esta Esperanza, como siempre. Ilusionante, apasionada, cerebral y todo corazón. Haciendo de tía pesada, te animo, casi te fuerzo, acque empieces tu Libro. Desde esta azotea que nos ha tocado estar… te esperamos.

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