El filósofo esloveno Slavoj Žižek proclama en Sopa de Wuhan que el coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill y que puede suponer una reinvención del comunismo. No es una advertencia, Žižek piensa que un revival del comunismo podría ser algo beneficioso. No se trata del viejo comunismo (¡atención!, la trampa de siempre), sino de algún tipo de organización global que pueda “controlar y regular” la economía y “limitar” la soberanía de los Estados-nación. Quis custodiet ipsos custodes?

“El coronavirus también nos obligará a reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia”. Todas las experiencias basadas en la revisión de esta doctrina han fracasado, ocasionando muerte, pobreza, corrupción y represión. Pero los intelectuales marxistas son contumaces y se sacuden sus frustrados anhelos argumentando que aquello no era ‘socialismo real’. El comunismo siempre se acompaña de muerte. Hoy tampoco iba a ser diferente, se levantará sobre los cadáveres del coronavirus.

La OMS es para Žižek un ejemplo de coordinación global que debe ostentar poder ejecutivo. Lo fundamental es la coordinación global, es buena per se, porque es coordinación y es global. Poco importa ante quien rendirá cuentas Tedros Adhanom cuando apenas vislumbramos la sofisticada máquina de control con la que sueñan algunos. Global, multilateralismo, cooperación… son palabras talismán, no requieren de argumentación alguna para demostrar su eficacia.

También le parece a Žižek un efecto secundario de la pandemia “potencialmente beneficioso” que la industria del automóvil se vea afectada. El coche ha sido siempre un símbolo de libertad. Ahí está el sueño americano. Algunos se vanagloriaban de la pureza del aire en las ciudades durante el confinamiento por la ausencia de tráfico, obviando el drama social que se esconde detrás. Mientras el intelectual de izquierdas (profesor de universidad, alto funcionario o debutante tertuliano) sueña con reinventar la vida, el humilde obrero sufre las consecuencias de los sueños de la razón. La rueda vuelve a aplastarlo. El progreso fáustico avanza.

Refuto ese optimismo de beaterio mindfullness, sectario, según el cual vamos a extraer algo bueno del coronavirus. No se puede pretender extraer del dolor virtud sin pasar por el Calvario y por Pablo de Tarso. Es falso que aprenderemos a vivir de otra forma, mejor. En todo caso nos obligarán a cambiar nuestro modelo de vida, con más ideología que otra cosa. Esa es la nueva normalidad.

Entre los intelectuales como Žižek y la gente corriente se abre una sima cada vez más profunda. Este mismo abismo separa ya a las ciudades y a las naciones. La élite de los que podrán adaptar sus empleos al teletrabajo, prescindiendo de sus contaminantes vehículos, confortables en espaciosas zonas residenciales donde mantener la distancia de seguridad. Mientras, otros pierden su empleo y subsisten a través de planes asistenciales que los despojan de libertad. Nerón toca el arpa, Roma es consumida por las llamas.

Así se diseñaran nuestras vidas. La cartilla de racionamiento es la renta básica; los bulos se combaten remitiendo toda la información a fuentes oficiales; nadie morirá por coronavirus, sino con coronavirus. La generación más preparada de la historia ronronea entre las piernas de su amo. Aplaudiendo. Mientras muere la otra generación, a la que le debemos todo. Cruel este virus hasta para vencerlo, cuando toda nuestra heroicidad se reduce a quedarnos en casa, regodeándonos en nuestra molicie.

Reinventar el comunismo basado en la confianza en las personas y en la ciencia, nos decía Žižek. Las comparecencias sabatinas de Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, nos lo confirman. El aleteo de la mariposa es ya huracán en Moncloa. La técnica ha alcanzado por fin a la política, estamos dirigidos por un comité de expertos del que no conocemos ni los nombres. La ciencia no se discute porque es dogmática. Las mascarillas serán obligatorias, igual que la venda para los ojos.

En nuestra particular transición hacia la nueva normalidad Pedro Sánchez es el custodes libertatis hobbesiano. El monarca de la excepcionalidad al que hemos entregado todos los poderes para que nos proteja. Karl Schmitt lo afina bien, Pablo Iglesias lo conoce mejor.

El lenguaje es siempre el primer represaliado, la primera señal. La kulturkampf no cesa en mitad de la pandemia, se recrudece. La vieja ambición de un mundo uniforme y tecnificado resurge. Nueva normalidad y viejo comunismo. Nueva normalidad, viejas mentiras.

 

Alejandro Muñoz González (politólogo)

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